viernes, 30 de marzo de 2007

30 de marzo. Formoso sigue defendiendo lo que considera suyo

En mi aterrizaje en Mallorca al final de la década de los sesenta, conocí a un Cela trabajador y comunicador, tan puesto en su sencillez como en su arrogancia, con un don de palabra siempre a punto y un trabajo a piñón fijo. Me presenté en nombre de Sito Alba, un profesor, escritor y periodista que conocí en París y que me había escrito una carta de presentación que entregué personalmente al ínclito escritor. Éste me recibió en su casa de Son Armadans, leyó mis primeros poemas y me aconsejó gratuita y paternalmente. Ya entonces tenía fama de ser muy exigente. Y se decían cosas de él que me costaba creer a ojos cerrados.

Más tarde, me incorporé en la delegación de Zeta en Palma de Mallorca en la que trabajé a pleno rendimiento. Hasta que sufrí las consecuencias del cambio ocasionado tras el 23-F. Recuerdo que, en el verano del ochenta y cinco, el entonces subdirector de “Interviú”, Pedro Palacios, me pidió algo insólito: que hiciera de chófer de Cela y le acompañara en sus entrevistas a gente importante que veraneaba en la isla. El periodismo de investigación y de denuncia había cedido el paso al de laxitud y de nombres famosos. Y comprobé algunas facetas del académico, precavido y con cierto respeto por la velocidad. Cela tenía fama de ser un señor sin pelos en la lengua, al que nadie osaba contradecirle. Lo que él decía iba a misa. Aunque su decisión de no rebajarse en premios literarios en los que aseguraba no creer, fue cediendo hasta participar en alguno de los más comerciales.

Pero volvamos al tema de la novela de Carmen Formoso, “Carmen, Carmela, Carmiña”, que ya había casi olvidado. La acusación de plagio sobre “La Cruz de San Andrés”, obra de Camilo José Cela con la que ganara el Planeta en el año 1996, había llevado a sus más próximos a una defensa a capa y espada de su nombre. El consejero delegado del Grupo Planeta, José Manuel Lara, descartó la existencia del delito con estas palabras: “No se me ocurre pensar ni cómo es posible que un autor de la altura de Cela plagiara a una escritora desconocida. Sería una chapuza utilizar una de las novelas presentadas al premio para que se la apropiara otro escritor”.

Carmen Balcells hace una rotunda defensa de la Editorial Planeta: ”Como otras editoriales que tienen premio –escribió la agente literaria de Cela–, Planeta estimula a los escritores a que se presenten, y lo hace para que ganen. Es totalmente inverosímil que esta editorial tomase un manuscrito presentado al premio para entregárselo a otro autor para que lo copiara y premiarlo en la misma convocatoria. Cela no necesita, y la duda ofende, plagiar a nadie; y porfa, no juzguen a los escritores por su comunismo, su fascismo, por su hermosura o por su gordura, Aténganse al pie de la letra”. Refiriéndose a Carmen Formoso, dijo: “Se trata de una escritora de 60.000 años, inédita, sospechosa de paranoia, que registra en la Propiedad Intelectual los cuentos que escribe para sus nietos”.

Mientras tanto, Jesús Díaz Formoso, el hijo y abogado de Carmen Formoso, insistía en que estaba “absolutamente convencido” de que la editorial había pasado la novela de su madre a Cela. “No es difícil de imaginar el enorme daño que esta autora ha tenido que sufrir –escribía en Internet, “2001 Punto Crítico.es”–, viendo cómo la mayor editorial del país se apropia de su primera novela larga y organiza una trama delictiva, cuyo resultado es la publicación de una novela en la cual han sido utilizados los elementos fundamentales de su obra, o lo que es igual, sus propias vivencias personales, la historia de su propia familia, los recuerdos novelados, además del producto de tres años de recopilación de la documentación utilizada en su obra”.

En 1998, Formoso denunciaba el presunto plagio ante el juzgado de A Coruña. Éste se inhibe y la querella pasa al Juzgado de Instrucción número 2 de Barcelona que, el 28 de junio del mismo año, decide no admitirla a trámite. Díaz Formoso interpone un recurso de reforma que también es desestimado y un recurso de apelación que es, al fin, admitido y pasa a la Audiencia Provincial. Ésta ordena que el Juzgado de Instrucción abra la investigación.

El embrollo lleva cinco largos años en litigo, hasta que, a principios de julio del 2006, muerto ya Camilo José Cela, se abre un nuevo capítulo. Camen Formoso, acoge la decisión del Tribunal Constitucional a favor de la nueva revisión judicial de la querella por presunto plagio. La Sala Primera del Tribunal Constitucional otorga el amparo a Carmen Formoso y reconoce sus derechos fundamentales a la tutela judicial efectiva, de defensa y a utilizar los medios de prueba pertinentes al declarar la nulidad de varias resoluciones judiciales por no darle respuesta en sucesivos recursos.

La revisión judicial se ha alargado tanto que “ya pensaba que no me darían la razón hasta que estuviera muerta”, comenta la escritora y artista. La situación por la que atravesó “fue tan desagradable” que considera que la noticia casi no se la “podía creer”. Al contrario, Jesús, el abogado e hijo de la escritora, precisa que ya lo esperaba. Y Marina Castaño, viuda de José Cela, ¿qué ha dicho de todo esto? La viuda de José Cela se ha encerrado en su mundo y se he negado a hacer el mínimo comentario.

jueves, 29 de marzo de 2007

29 de marzo. Excepciones a parte.


Claro que el seguir ciegamente la propia vocación literaria no siempre conduce a la miseria. A veces se dan casos excepcionales, como el de Camilo José Cela, quien consiguió los más importantes premios nacionales y el Nobel de Literatura. Pero, tras acariciar los laureles del triunfo, este escritor gallego también ha cosechado ciertas críticas preocupantes por parte de lectores que dudan de su honradez profesional. Me refiero concretamente a las que hacen mención de su Premio Planeta 1994.

Ese mismo año, Carmen Formoso, maestra en la actualidad jubilada, concurría al premio con su obra “Carmen, Carmela, Carmiña” (Fluorescencias), pasando sin pena ni gloria entre un jurado que eligió, por imposición de la editorial, la obra de Cela, anunciada incluso con antelación al fallo. Un par de años después, su novela cayó en manos de Formoso quien, sorprendida por un presumible plagio, presentó una querella criminal contra el escritor por un supuesto delito de apropiación indebida y contra la propiedad intelectual. Naturalmente, Carmen había aireado su obra en un mar de tiburones. Pero había tenido el acierto de acudir primero al Registro de Propiedad Intelectual para que quedara fe de su novela escrita.

A mediados de siglo, Cela había intentado hacerse con los literatos republicanos exiliados. En mayo de 1956, el escritor sugería a Zenobia y a Juan Ramón Jiménez, exiliados en Puerto Rico, la idea de traerles a Mallorca, isla mediterránea en donde vivía. Cela deseaba que se olvidaran de su oposición a la España de Franco. “Vega usted a España, directamente a Mallorca, en un buen barco –les escribe entonces–. Aquí no hay líneas regulares, pero sí cruceros turísticos que hacen escala. Mallorca es sosegada y luminosa, templada y dulce, mediterránea y tierna. En el campo de Mallorca aspea el viejo molino y brota la blanca y rosada flor de almendro. En Mallorca, Zenobia, Juan Ramón y usted tienen un escudero. Aquí hay buenos médicos y, para verlos a ustedes, vendrían los que eligiésemos de Madrid y Barcelona”. Pero ni Juan Ramón ni Zenobia deciden dar el salto. Al contrario, se quedan en Puerto Rico hasta que, meses más tarde, les sobreviene la muerte.

Desde Palma de Mallorca, Camilo José Cela había lanzado sus “Papeles de Son Armadáns”. Hasta finales de marzo de 1978, colaboraron asiduamente en ellos personajes republicanos tales como Max Aub, Corpus Barga, María Zambrano, Francisco Ayala, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Guillén, Américo Castro, Serrano Poncela, Ramón Sender, Juan Marichal, Manuel Andújar, Manuel Altolaguirre y otros exiliados españoles quienes, pese a mantener una mentalidad totalmente opuesta a la suya, no se opusieron a la idea de escribir en los papeles del que había sido censor al servicio del régimen del general Franco.

En agosto de 1972, Cela escribe en su revista una afectuosa despedida a sus viejos amigos, Américo Castro y Max Aub: “Max Aub, el compañero que –como Américo Castro– había honrado mi casa viviendo en ella y en estas páginas escribiendo en ellas, también ha muerto. Descanse en paz en el lejano Méjico hasta donde le había barrido el mal viento de la peor circunstancia. Amén”. Camilo José le había conocido en 1933 ó 1934, cuando tenía diecisiete o dieciocho años, en la dominical tertulia en casa de María Zambrano, “en la plaza del conde de Barajas, del Madrid que a todos nos reunía y que a todos nos dispersó, y aún él me recordaba hace cosa de un mes o mes y medio en Palma de Mallorca. ¿Quién nos había de decir, él a mí, que aquel recuerdo había de ser nuestra común palabra postrera. Max era un hombre pequeño y brillante, inquieto y nervioso y bullidor, cascarrabias y afable, curiosísimo de todo lo que fuera expresable con la palabra culta y literaria y enamorado de la letra de imprenta, del papel, la tinta y el buen arte de la composición”.

Pero, a veces, la manera de pensar y de obrar de Cela chocaron bruscamente con alguno de los exiliados invitados. Tal es el caso de Ramón José Sender que, en octubre de 1976, acude a su casa de Mallorca. “Ya desde el principio –recuerda su hijo, Camilo José Cela Conde, en su libro “Cela, mi padre”– las cosas salieron torcidas. El primer día, Sender se cayó por las escaleras que bajan al comedor y hubo que enyesarle un pie, militando un poco sus movimientos”. Más tarde, en una cena con diversas personalidades invitadas en la que se habla de la Guerra Civil, Sender se enfrente a Cela, en un altercado que termina en riña abierta. Así lo cuenta Sender a la periodista y poetisa, Julia Uceda: “Lo de Cela fue un incidente idiota. Estábamos en la mesa unas quince personas. Discutíamos de política y él dijo: ‘Ojalá entren cuanto antes en Madrid los tanques rusos’. Yo le dije: ‘Entraron ya en 1936 y los recibí yo, ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco, a quien tú pediste humildemente que te nombrara delator de la Policía. De la Policía que mató a mi mujer’. Luego tiré del mantel hacia arriba y volaron los platos, floreros, cirios, hubo duchas de caldo gallego para casi todos los invitados…Cela vino hacia mí y le dije: ‘Cuidado, porque voy a romperte la cabeza y no tienes otra”.

La versión que da Cela Conde difiere de la de Sender. En una cena en la que se abrió demasiado pronto un vino excelente y de alta producción y en la que se mezcló el whisky, la conversación derivó hacia la Guerra Civil. “Sender se fue acalorando y comenzó a subir cada vez más la voz. A tal punto llegó su excitación que acabó por levantarse y, mientras daba un puñetazo sobre el plato lleno de caldo gallego, acusó a gritos a los presentes de ser culpables del asesinato de su mujer”.

miércoles, 28 de marzo de 2007

28 de marzo. Extraño modo de salir a flote.

España, uno de los países que edita más libros del mundo, cuenta, curiosamente, con uno de los índices de lecturas más bajos de Europa. Se ha dicho que un 42 por ciento de los españoles nunca lee un libro y, del 58 por ciento de lectores, un 22 por ciento lo son ocasionales o muy ocasionales. Según una encuesta de la Federación de Gremios de Editores de España, los que más leen son, curiosamente, los parados (79 %) y los estudiantes (76 %) Me pregunto si, comparativamente, serán también los parados los que más escriben, aunque mucho me temo que no. Al menos, los que publican lo que escriben.

¿Será éste el triste devenir del escritor novel hasta que se da a conocer? Sólo el reconocimiento público de lo que el escritor hace puede resarcir el tiempo pasado en la escritura. Lo malo es cuando la obra no se publica en vida del autor, sino después de que éste haya muerto. O cuando este reconocimiento no llega nunca o se hace bajo el anonimato del mismo o, lo que es aún peor, cuando un Nobel de Literatura se apodera de tu obra. Jodida ocupación ésta, sin sueldo y con el peligro de que un chacal o una ballena te engulla o te deje desnudo, apropiándose de tu nombre.

Sin embargo, enamorado de esta actividad, tanto llena de autoestima gratuita como vacía de retribución, reconozco que, una vez que se ha bebido de su fuente, no puede uno liberarse tan fácilmente de ella. En seis años de paro laboral, no he hecho otra cosa que escribir. Seis libros de ensayo llevo ya terminados, aparte de novelas y varios libros de poemas. Pero sólo tres de estos libros se han publicado sin que mi nivel de ingresos se haya modificado lo más mínimo.

Mi carrera, prácticamente gratuita, de autor de libros sigue a la par a la de periodista en paro, con lo que a veces me asaltan serias dudas sobre mi elección profesional. Y me consuelo tocando la trompeta por amor al arte, un instrumento que puede ser tan diabólico como celestial y puede convertirte en un artista aplaudido o en un pobre diablo fracasado. Reconozco que mi opción ha sido dura y suicida. Sobre todo, teniendo en cuenta los datos elaborados por esta encuesta según la cual el 42 por ciento de los españoles reconoce no leer libros nunca o casi nunca y el 30 por ciento de los hogares españoles no se compra ni uno solo el año pasado.

Una sola cosa está clara, aunque sé que no estoy dispuesto a aceptarla. Y es que, si quiero salir a flote en mi estado económico, no debo continuar con fe ciega en lo que estoy haciendo. Y debería adaptarme a lo que sea más rentable para mi desastrosa vida.