miércoles, 30 de mayo de 2007

30 de mayo. Money, money, money...

Interviú enseñó los desnudos más famosos –casi siempre femeninos–, sazonándolos con la revelación de verdades ocultas y la denuncia de los hechos más escandalosos, aliñados con la sangre de los crímenes más horribles y las firmas más polémicas. Esta táctica fue utilizada por primera vez por la revista, que muy pronto alcanzó el millón de ejemplares con el desnudo de Marisol. Una publicación que se especializó en mostrar carne fresca, condimentada con la polémica del momento. Cuanto más famosos y cotizados fueron sus desnudos, más se esmeró en conseguirlos, jugando con millones de las entonces pesetas.

Recuerdo la cara de satisfacción infantil mostrada por el propio Antonio Asensio cada vez que conseguía, orgulloso, el cuerpo desnudo de una famosa. Lo hizo con Jacqueline Kennedy (por siete millones), con Estefanía de Mónaco (por cuatro), con María Jiménez, Bárbara Rey, la duquesa de Sevilla, Sofía de Habsburgo, Sara Montiel, con Ana García Obregón (dicen que pagó hasta cuarenta millones), y con un largo etcétera, a cambio de dinero, dinero y dinero. Tenía el talonario siempre a punto y, sin ningún pudor ni escrúpulo, ofrecía millones a cambio de las más famosas en cueros.

En este panorama estuve trabajando durante años, hasta que la redacción, que denunció unos principios éticos conculcados, se vio empujada al despido por el propio Asensio, quien consideró que podía despedir a la mitad de su plantilla, la más reivindicativa, para ahorrarse disgustos y siguió gastando millones en desnudos. Una vez liberado, aproveché el momento para contarlo todo en el libro “Zeta, el imperio del zorro”, y no por venganza personal, como luego se me acusó, sino cumpliendo con el deber de contar lo que había vivido y que ya no me ataba a nada. Cosa de la que no me arrepiento, por más que los resultados hayan sido nefastos para mi vida profesional.

Ahora ya sé por propia experiencia que hay asuntos en los que los propietarios de los medios de comunicación, por muy enfrentados que estén unos con otros, se ponen enseguida de acuerdo y jamás olvidan. Entre ellos, el machacar al que denuncia sus propios tejemanejes.

lunes, 28 de mayo de 2007

28 de mayo. Promesas electorales.

Durante las dos últimas semanas, los aspirantes a concejal o a alguna de las comunidades han ofrecido promesas de todo tipo. La mayor parte de ellas fueron sobre la seguridad, la corrupción y el urbanismo salvaje. No faltaron las más variadas y variopintas: playas en el Manzanares, recuperación del tranvía, descentralización de la ciudad, potenciación de barrios, privatización de la sanidad, mejora del metro, guarderías, residencias de ancianos... Pero, curiosamente, apenas ninguna propuesta sobre la reducción del paro –un 8’5 de la población–, la peor de las plagas que hoy sufrimos, o sobre su eliminación. Es como si los futuros ayuntamientos y asambleas, resignados ante este cáncer que amenaza nuestra sociedad, no se hubieran enterado de que sigue habiendo millones de ciudadanos sin trabajo o no están dispuestos a luchar contra la esta situación.

En cambio, he oído discursos apasionados sobre la corrupción y la política antiterrorista, acusaciones mutuas de los grandes partidos, a veces sincopados por frases calculadas como esa de Rajoy: “Somos el partido del sentido común. Vamos a ganar las elecciones municipales y autonómicas y después las generales. Lo veo, lo palpo y lo siento”. Acusaciones de Zapatero sobre “el montaje y principios de hojalata” de los populares. O la de éstos que achacan al Gobierno “haber claudicado ante los terroristas”, augurando “durísimas consecuencias para la democracia y para España”. Calificaciones mutuas de “bajeza moral” y de “maniobras indignas”. Incluso reproches de un ex presidente (Aznar) al Gobierno socialista de hacer conseguido que “media España no acepte la otra media”, con la consiguiente advertencia de que “eso es lo que nos condujo a lo peor de nuestra historia hace 70 años... y cada voto que no venga al partido popular será utilizado justamente para esa política de exclusión”.

He visto en estos días polideportivos y plazas de toros abarrotadas de gente mayor que fue “invitada” a aplaudir a sus “defensores” a cambio de unos bocadillos y de un autobús gratis. Y he oído a Rajoy, satisfechos de haber llenado hasta la bandera: “Es el acto más hermoso en que he estado en mi vida política el acto más emocionante de mi vida. Aquí no se ha movido nadie y no cabe ni un alfiler. Esto es el PP”. Zapatero ha advertido a Rajoy de que “no recuperará el poder metiendo miedo... Los españoles sólo tienen miedo al pasado y la derecha es el rostro del pasado”. Y el líder de IU ha afirmado que la prueba de que la derecha está desesperada es que ha sacado “del baúl de la historia” y, con él, los “tics franquistas del PP”. Para Llamazares, “franquista es poner catastrofismo en la realidad y presentarse como la única salida patriótica frente a la antipatria que representa el resto de los españoles”.

Me pregunto quiénes son los perdedores porque, curiosamente, los dos partidos mayoritarios se enorgullecen de haber vencido. Rajoy proclamó con entusiasmo: “Hemos vencido, y el PP vuelve a ser el primer partido de España.”. Y los socialistas, que reconocen haber perdido en Madrid, se jactan de tener 755 concejales más que los populares. Zaplana , radiante, proclama: “Hemos ganado de una forma clara” Y López Garrido: “Es el PSOE quien ha ganado”

Todos se sienten ganadores y ninguno perdedor. Pero una cosa, al menos, está clara: Que la abstención alcanzó un 36’16 por ciento. Y, para mí, lo más emblemático de ese puzle político no son estas citas que demuestran el oportunismo del momento y lo alambicado del pensamiento actual, sino esta España que no quiso votar y la falta de compromiso y referencia a uno de los problemas más graves del momento: el paro de más de dos millones de españoles –frente a los 20 millones de los que trabajan– a los que no se les prometió nada, pero se les requirió seguir votando. ¿Será por eso que los índices de no votantes fueron esta vez tan bajos?

viernes, 25 de mayo de 2007

25 de mayo. La dignidad de un perro o un gato.

Tom y Merlín, mis dos canes, se pasan la primavera jugueteando, haciéndose cómplices de sus carreras y retozones y compartiendo sus miedos por los petardos y los truenos. Cada vez que hay tormenta, relampaguea y suena a estampida, se acojonan y aporrean la puerta, que es su modo de suplicarme que les deje entrar. En cambio, mis cuatro gatos holgazanean por los rincones preferidos de casa y Pluie, mi predilecta, acostumbra a hacerme compañía todo el día, mientras escribo o toco la trompeta. Es el único de los mininos que araña y garapatea la puerta de mi estudio cuando me oye. Le abro y se acomoda en un montón de libros. Por lo visto no le asusta el sonido trompetístico, y, ni da media vuelta, ni intenta salir cuando mis labios vibran contra la embocadura. Tampoco Ludwwig un felino atigrado, se inmuta ante el sonido de la trompeta, aunque la razón es que está sordo. Ignoro si de nacimiento, puesto que me quedé con él al encontrarlo abandonado. En cuanto a los otros dos, huyen en cuanto oyen el sonido potente de este instrumento que no soportan. Quién sabe si es por los sonidos que acostumbro a emitir con él...

En cambio, Pluie (Lluvia de primavera) apercibe perfectamente el sonido de este instrumento sin inmutarse lo más mínimo. Entreabre sus ojos cuando me acerco a ella y el sonido de mi instrumento parece adormecerla o calmarla, lo mismo que hacen mis perros, aunque éstos la oyen siempre de lejos. Pero, si están peleándose por alguna tontería, el sonido trompetístico, más que cualquier grito o advertencia, les calma por unos segundos y deciden olvidar sus disputas momentáneas.

Cuando muera alguno de ellos, le enterraré lo más próximo de donde vivo, para estar cerca de ellos y rememorar lo bien que supieron comprenderme y haber compartido con ellos tantos momentos. Pero, entretanto, disfrutan de su vida sin necesidad de someterse a ninguna operación para estar más bellos y atractivos, como ocurre con los humanos.

Recuerdo, por ejemplo, lo sucedido con Michel Jackson, por ejemplo, quien se sometió a numerosas operaciones de su cuerpo, gastándose miles de dólares para embellecerlo. Operaciones de nariz, de barbilla y de liposucción, diversos tratamientos para blanquear su piel, implantaciones de sus pómulos... Retocó sus ojos, sus labios, su barbilla... Todo hasta que los escándalos y juicios terminaron eclipsando su reputación y prácticamente su carrera.

Cherilynb Sarkisian, actriz de la película Hechizo de Luna, admite haber gastado millones y millones de dólares invertidos en sucesivas operaciones de cirugía estética. Tras un embarazo, se sometió a un estiramiento de la piel, le eliminaron las varices y rectificaron sus caderas. Luego se dedicó a mejorar su rostro y los cirujanos le dejaron el trasero algo respingado. Cher responde ante las críticas por estas operaciones: “Yo tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo, mi cara y mi figura”. Mientras la gente de su alrededor muere de hambre, de frío o de inactividad.

Mick Jagger, líder del grupo británico The Rolling Stones, recibió la oferta de vender en vida sus cenizas por 20 millones de libras, ofrecida por Guenther Roth, un comerciante austriaco que, a su muerte, pretende venderlas en relojes de arena a 600.000 libras por unidad. Los compradores interesados, recibirán un certificado que les facultará el reclamo de las mismas tras el fallecimiento e incineración del cantante. “Mick es el mejor símbolo de toda una generación aficionada a la música –comenta Roth– y ésta es la oportunidad de que siga siéndolo después de muerto”.

Todas estas variaciones sobre el comercio del propio cuerpo, que en muy poco se diferencia del comercio de la prostitución, han sido propuestas a varios personajes conocidos la mayoría de los cuales, tras un brevísimo intervalo, han terminado por aceptar. Sin embargo, ninguno de mis perros o mis gatos, leales hasta la muerte y desconocedores del precio del dinero, se prestaría a ello. Lo que, a mi entender, los hace tan importantes e indispensables. A veces más que los hombres.