sábado, 24 de mayo de 2014

“El marqués y la esvástica” (Y III)


 Rosa Sala Rose y el periodista Plàcid García-Planas, autores del libro 
 El escritor y periodista, César González-Ruano.
 
En enero de 1942 –cuentan Sala Rose y García-Planas–, el doctor Wissmann, secretario de la legación de la embajada alemana, encargado de prensa española, escribe a Ruano una carta en la que le ruega tenga la amabilidad de ponerse en contacto con él a fin de tratar un asunto personal. Carta mecanografiada que se encuentra en el Politisches Archiv de Berlín. En ella, el doctor anota de su puño y letra lo siguiente: “Ruano es un aventurero dañino que en Berlín se hacía pasar por marqués, fue subvencionado a lo grande por el Ministerio de Propaganda y se marchó de Berlín a la estampida, dejando atrás grandes deudas. Ahora vive con un gran tren de vida, al parecer de trapicheos en el marché-noir, de proxenetismo y del tráfico de salvoconductos. He avisado al Servicio de Seguridad (SD)”. Un mes después de la llegada de ese monstruo culto y de buenas maneras –continúan Sala Rosa y García-Planas–, Ruano es detenido por la Gestapo, cuando salía de comer. Y resulta curioso que Ruano dedique un libro entero a relatar las consecuencias de su detención sin explicar por qué lo detuvieron. “Desde luego, no fue por robar relojes, ni por no pagarle la cuenta a una pediatra alemana… ¿Por qué, entonces? En sus memorias dice que lo detuvieron con un valioso diamante, un fajo de doce mil dólares y el pasaporte de una República americana con todos los sellos y formalidades que debía dar a determinada persona que, camuflada, quería salir de París”. Pero la pregunta que queda sin explicar no es por qué lo encerraron sino por qué lo liberaron, al cabo de tres meses. A estas alturas, no cabe ninguna duda: Ruano estafaba a los judíos. Y, según Haro Tecglen, los enviaba a los Pirineos con absurdas contraseñas falsas, sabiendo que allí no iban a encontrar más que deportación o la muerte”.

“Todos los interesados –escriben los autores de este magnífico libro– sabían que Ruano había sido un gran figurón y un posible sinvergüenza que no sólo trapicheó con arte en el París ocupado, sino que, ayudado por el joven pintor Viola e inspirado por él, escribió ‘Manuel de Montparnasse’. Amañó arte y engañó a los pobres judíos que buscaban un salvoconducto español; lo que les ocurriera –nada bueno– al llegar a las cercanías de Andorra, eso al señorito Ruano no le interesaba. Vivía para sí mismo, para gastar en lujo y en vicios y quedar como un señor”. “Los autores de “El marqués y la esvástica” –escribe Luis Antonio de  Villena– le han seguido de cerca en la distancia, consiguiendo un trabajo bien hecho, aunque a veces demasiado prolijo, destinado a defender la ‘corrección política’ en la vida privada de los artistas. Ruano es un muy grato escritor menor que (tras leer a sus detractores) sale beneficiado. No como persona: ya sabemos que era un sinvergüenza, como él mismo declaró ante la autoridad nazi, pero, siguiendo la regla de nuestros autores tan anti-ruanistas, no debiéramos leer ni a Céline, ni a Pound, ni quizás a Cocteau que paseó por París a Arno Brecker, el escultor mimado por Hitler. Por no hablar del desinterés bélico y la adhesión franquista de Josep Maria de Sagarra, citando a un catalán. No es esto. Ruano fue un sinvergüenza y acaso un depravado, pero sus libros tienen encanto. Y él, figura, aunque malditísima…”

En el capítulo 22 –Parfaitement dégéneré et depravé– los autores del libro citan su propia confesión: “Hay muchas cosas que uno no puede escribir ni para uno mismo”, confesó Ruano dos años antes de morir. El problema es lo que escribió. Lo que no se puede escribir ni para uno mismo. Convirtió en estética la tortura de los demás. De la pura mentira hizo arte y de la media verdad, pura seducción”. “El arte entero es una gran mentira”, afirmó cuatro años antes de morir, “y sólo por eso es arte”. ¿Qué sintió Ruano, en Madrid, al saber que París lo juzgaba por “atentar contra la seguridad exterior del Estado?” La sentencia no habla de delación a la Gestapo. Se limita a sintetizar el crimen en cuatro palabras; “inteligencia con el enemigo”, y, en esas síntesis, caben demasiadas oscuridades que Ruano practicó en París. Todos, en el gran café literario de Madrid, oían hablar del Ruano negro en el París de los alemanes, y muchos dejaron constancia del rumor en sus libros y memorias. Pero nadie ha escrito una sola línea sobre la sentencia de 1948, hecha pública por el Estado francés y desvelada antes de morir por el propio Ruano.

Lo cierto es que Ruano, según Sala Rose y García-Planas, salió como agente de información de los alemanes, con un buen sueldo, encargado de informarles sobre el movimiento monárquico en España, sirviéndose de su amistad con don Juan. Ruano encajó al milímetro con ese perfil de agente cultivado. Sin esa orden, dictada increíblemente el día de su detención, los alemanes le habrían propinado, de entrada, una paliza. Cinco años después de la caída del Tercer Reich y de que se abrieran las puertas de Auschwitz, justificaba su silencio sobre esos años. Y, al escapar, en 1943, Ruano pensó en varios lugares en los que podría diluirse, como Tánger, Estoril, Mallorca, Ibiza e incluso Buenos Aires. Eligió Sitges, donde no había estado antes. “Después de cuatro años, abandonó este lugar, se estableció en Madrid y dejó el alcohol. El resto, hasta su muerte, en 1965, fue pura escritura. Y, cuando intuyó su propia muerte, volvió al alcohol. Como periodista, Ruano violó todos los códigos deontológicos de su profesión: desde firmar artículos que no escribió hasta cobrar por hacer propaganda ideológica envenenada”.

viernes, 23 de mayo de 2014

El marqués y la esvástica (II)

 El periodista, Plácid García Planas.
 César González-Ruano.
El escritor y periodista González-Ruano y su compañera Mary de Navascués
 
En El marqués y la esvástica, publicado por Anagrama, Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas profundizan en la leyenda negra de este escritor y en sus negocios clandestinos. Los autores de este libro hacen un trabajo minucioso, descubriendo un papel con una declaración firmada por el doctor Wissman, de la embajada alemana en Francia, en el que se dice: “Vivía del trapicheo en el mercado negro, del proxenetismo y del tráfico de salvoconductos”. Sala Rose y García-Planas nos presentan un Ruano casado y divorciado en la España de la República que paseó por la Europa, dominada por el fascismo, con su amante, Mary de Navascués, con la que tuvo cuatro hijos. La Policía de Mussolini lo puso bajo sospecha, los alemanes lo expulsaron de Berlín y, mal pagador hasta el final, no hizo efectivas ni las cuotas de Falange de la que poseía el carnet número 4, ni los emolumentos del médico alemán que ayudó al nacimiento de su primer hijo varón, lo que provocó que la Gestapo le pisara los talones y que se abriera un proceso contra él. Prácticamente, el único al que no dejó nada a deber fue a Alfonso XIII con el que colaboró y del que pensaba obtener la hidalguía con la que soñaba. El escritor se jacta de ser “cuñado de Alfonso XIII por la mano izquierda”. Y el libro apunta que tuvo una sobrina Borbón. Se trataría de una hija ilegítima más del Rey, cuya madre fue Carmen de Navascués, tía de su compañera.

Si Ruano tuvo algo bueno, los autores no lo han encontrado. El libro se puede leer como una biografía en la que no quedan fuera ni las pulsiones sexuales del escritor al que le gustaba ver “a su secretario y a su amante en la cama. Ella, ataviada únicamente con katiuscas. Trabajó de manera encubierta para los alemanes: Cobraba por hacer propaganda del régimen y firmaba trabajos que no había escrito“. Pablo Jiménez, director general de la Fundación Mapfre y depositario de buena parte del archivo del escritor, no dejó ver a los autores del libro los papeles que obran en su poder, al considerar que se trataba de un libro contra Ruano. Y niega cualquier tipo de relación entre el cambio de titularidad y orientación del premio que llevaba el nombre de Ruano desde que se inauguró en 1975.

Los autores hablan de la detención de Ruano por la Gestapo, en 1942, cuando guardaba en los bolsillos de su impecable terno un pasaporte en blanco de una república americana, un diamante del tamaño de un huevo y un fajo de 12.000 dólares. De su detención de 78 días en la prisión militar de Cherche-Midi, de sus conversaciones con algunos detenidos y de su sometimiento a un falso fusilamiento. En los dietarios de Joan Estelrich, jefe de prensa y propaganda de Franco, así se interpreta su arresto y puesta en libertad por la Gestapo: “Entonces usted no ha querido favorecer a los judíos, usted solo ha querido estafarlos”. “Sí”. “Usted no es un agente de los judíos, usted solo es un sinvergüenza”. Abandonó la cárcel, pero la Gestapo no lo perdió de vista y él siguió colaborando con ella. Luego, al acabar la guerra, Ruano abandona la Francia libre y vuelve a España. Pero, a su paso por el París ocupado, deja también asuntos sin resolver. Una sentencia lo condenaba a 20 años de trabajos forzados por “inteligencia con el enemigo” y a la indignidad nacional que no fue cumplida por Ruano, quien regresó a España y retomó su brillante carrera como cronista. Al fin y al cabo, los suyos habían ganado la guerra. Amnistías posteriores borraron casi todas las huellas de la condena.

Entre 1940 y 1943, Ruano mantuvo abiertas tres casas en el París ocupado, una de ellas de un judío huido al que desvalijó. Había llegado huyendo de Berlín, acompañado de su compañera Mary de Navascués y de su hijo, César, recién nacido. La única época en que no trabaja como periodista, hace fiestas e invita a paella a los surrealistas de Montparnasse con los que colaboraba. Sala Rose sostiene que el relato de los hechos deja patente el ambiente de la colonia española establecida en París, donde “la podredumbre moral abarcaba a gente de izquierdas y de derechas. Se sabía que traficaba con joyas y cuadros pero rumores nunca probados apuntaban que también podía haber tenido que ver con el mercado negro de salvoconductos para los judíos que huían, desesperados, de los nazis”. En el prólogo de su libro “Seis meses con los nazis”, una anticrónica del boicot a los judíos, Ruano no escatima elogios hacia el nacionalsocialismo y hacia Adolf Hitler, un hombre “simple y genial”, “ennoblecido por el sacrificio”. Ruano no fue jamás un modelo cívico sino más bien un vividor, un golfo, y un escritor aseñoritado que aspiró al marquesado de Cagigal, que Alfonso XIII le prometió en Roma, en 1939, si volvía al trono de España. Pero el rey no volvió y Ruano sólo fue (aunque con todos los aires) un marqués ful… Un marqués que no se vendió al ‘cobre roñoso’ de la derecha española sino directamente al oro de Joseph Goebbels, el brillante ministro del Tercer Reich para la Ilustración Pública y Propaganda. “Vendió su alma con mucha vaselina, con tal facilidad que los propios nazis acabarían mosqueados, calificándole, en 1939, de persona ‘poco fiable’ y sospechoso de trabajar para los ‘servicios de inteligencia enemigos’”.

Mañana: “El marqués y la esvástica” (Y III).

jueves, 22 de mayo de 2014

El marqués y la esvástica (I).

 

 Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas
 
César González Ruano.
 
Tres años duró la travesía de Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, dando vueltas por los archivos de Alemania, Francia y España, en busca de datos y documentos inéditos y turbios sobre César González-Ruano. Visitaron 20 archivos, viajaron a ocho países, interrogaron a testigos y recorrieron los lugares por los que pasó. El resultado de todo ese trabajo es El marqués y la esvástica. César González Ruano y los judíos en el París ocupado, un libro sobre este periodista y escritor que, en 1942, llegaba a París, alcoholizado, y, por primera vez en su vida, dejó de escribir y trabajar.  Nació el 22  de febrero de 1903, en el barrio de Chueca de Madrid, ciudad en donde moriría el 15 de diciembre de 1965. “Se formó –escriben los mencionados autores de este periodista  y escritor ubicuo, admirado, odiado y peculiar, muy peculiar– entre Alfonso XIII y la Segunda República. Empezó como poeta del ultraísmo, la vanguardia más castiza de Europa, pero no le hicieron mucho caso y decidió entrar en la literatura española dando el campanazo. Lo dio en febrero de 1922, en el Ateneo de Madrid, el cerebro de España. En calidad de ‘joven poeta desconocido’, Ruano logró que le ofrecieran el salón de actos para recitar poesías de su libro Alma. Apareció con un chaleco amarillo, una melena teñida con agua oxigenada, poca alma y mucha desfachatez. Según el Heraldo de Madrid, gesticuló como un payaso y confundió el cerebro de España con una pista de circo. Empezó elogiando su frente magnífica y buen tipo, osadía que el público recibió entres risas. ‘Se llamó guapo y eso no es cierto, pues tiene cara de pipa”, sentenció el Heraldo. Pero el auténtico atrevimiento vino después: calificó de ‘pesado” y ‘cejijunto’ al venerado Ortega y Gasset y habló de ‘un tal Cervantes, del siglo XV o por ahí, del que me han dicho que era manco y debe ser verdad, porque escribía con los pies’ Aquello era demasiado. El público ya no quiso escuchar las poesías del joven melenudo, que él mismo anunció como ‘maravillosas’, magníficas y admirables”.

Ruano cultivó hasta el final la imagen de “dandy” que había ensayado en el Ateneo, aunque ya sin chalecos estridentes ni el pelo teñido. Llevaba siempre un traje a medida, zapatos de cocodrilo, corbata de seda, chaleco inglés y un célebre bigote, minúsculo y costosísimo: ningún barbero estaba autorizado a tocarlo. En muy poco tiempo se apoderó de él “un asco por todo lo republicano”. Se pasó al diario Informaciones como quien se baja de un tranvía en marcha para subirse al que cruza en dirección contraria y ganó el Premio Mariano de Cavia de Periodista, lo que le abrió las puertas de ABC, el diario más monárquico y prestigioso de la capital que, en 1933, lo envió seis meses como corresponsal a Berlín, los primeros seis meses de Adolfo Hitler en el poder. Y Ruano pasó de cantar la quema izquierdista de conventos a cantar la quema de libros. De Berlín, se largó a París y allí, en la Francia de los alemanes, sin pegar sello, ya no ensayaría piruetas de izquierda, sino en estricta vertical: triple salto mortal sobre la oscuridad. Hasta que, en octubre de 1943, escapó a Sitges, al chiringuito junto al mar.

En la tarde del 10 de junio de 1942, en el París ocupado, la Gestapo detuvo a César González-Ruano, periodista español y aspirante a marqués. ¿Por qué lo encerró en la cárcel militar de Cherche-Midi durante setenta y ocho días? ¿Por qué interrogó, con simulación de fusilamiento, a un hombre que, desde 1933, había cantado las excelencias de la esvástica? “No fue por robar relojes, claro está”, escribió Ruano en sus memorias. “La verdad pura, apenas sirve para nada”, anotaría en su diario íntimo. ¿De qué lo acusaban los nazis? ¿Por qué nunca lo confesó? Periodistas, poetas y editores han apuntado la gran sospecha: en París, Ruano se habría lucrado engañando y robando a judíos desesperados. Hubo quien lo relacionó con otra sospecha todavía más negra: la matanza y expolio de judíos que huían por Andorra. Pero no había una sola prueba. Y Ruano, con sus medios silencios, gozaba en secreto de su intrigante leyenda. “París en plena ocupación era más divertido que dramático”, recuerda. ¿Qué hizo él en ese París tan “divertido”?

En este libro, sus autores investigan la leyenda negra del escritor y periodista en el París ocupado por los nazis. Allí fue juzgado por la Francia libre y condenado a 20 años por colaboración con el enemigo. Un periodista de turbia y oscura biografía al que ¡sus amigos! definían con media sonrisa como un tipo amoral y sus enemigos como un “periodista comprable”, un tipo con talento pero poco fiable que trabajó en muchos de los periódicos de la época y fue corresponsal de ABC en Berlín durante los seis primeros meses en los que Hitler ocupó el poder, dejando constancia en artículos con las dosis de antisemitismo que marcaba la época. A lo largo de su vida, Ruano llegó a escribir entre veinte mil y treinta mil artículos, entrevistas, reportajes y crónicas… Poco a poco, fue esculpiéndose, escribiéndose, con más tinta que verdad, como después harían Camilo José Cela y Francisco Umbral, llegando a desvelar su oficio a un amigo como algo que consistía, esencialmente, en “tocarle los cojones a los ángeles”. Tras su muerte alguien dio nombre a un premio periodístico que ahora se ha reconvertido y pasa a llamarse asépticamente Premio Mapfre de Relato Corto.

Mañana, continuará: “El marqués y la esvástica”, (II)