“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.
(...)
La periodista y escritora
Nieves Concostrina escribe en Público otro de sus capítulos de Borbolandia que
en esta ocasión nos recuerda: “Con la muerte de Irene de Grecia muchos se
habrán percatado de que los medios de comunicación nos han librado de
parafernalias funerarias católicas porque, sencillamente, no las hubo. A la tía
Pecu la despidieron al estilo ortodoxo, su supuesta religión oficial, porque
ella nunca tuvo la necesidad de quitarse esa etiqueta. Su hermana Sofía, la que
traicionó a su dios en 1962, sí tuvo que hacerlo. Renegar, abjurar para casarse
con el gamberro del infante Juanito, ‘el chico de los Barcelona’. Sofía dio la
espalda a su dios ortodoxo para irse con el católico con la esperanza de que el
dictador asesino que tenía todo atado y bien atado ascendiera a príncipe de
chichinabo a su marido y luego el mismo fascista nos dejara a la pareja
empadronada en la Zarzuela para vivir como reyes.
“Sofía y Juan Carlos se
casaron aquel 14 de mayo de 1962 cuatro veces. Se celebraron dos bodas civiles
para los registros de España y Grecia, y otras dos religiosas, una católica y
otra ortodoxa. Corriendo de una catedral a otra anduvieron aquella mañana,
primero dando el sí quiero delante de un chamán católico con gorrito terminado
en pico y luego jurando que se iban a aguantar hasta que la muerte los separe
frente a otro hechicero ortodoxo con gorro redondito. Ese fue el acuerdo:
Franco y el papa Juan XXIII autorizarían la boda del infante católico Juanito
con una hereje griega ortodoxa solo con la condición de que inmediatamente
después de las bodas de cara a la galería, Sofía renegara de su religión.
“A punto estuvo de irse
el acuerdo matrimonial al garete en varias ocasiones porque el gobierno griego
puso el grito en el cielo. De ninguna manera iba a permitir que una miembro de
la familia real insultara a todos los ciudadanos renegando en territorio
nacional de la religión oficial de su país. Si esa traidora iba a abandonar la
fe ortodoxa, que lo hiciera fuera del país. Y así se hizo.
“Antes de iniciar su luna
de miel en la que darían la vuelta al mundo, Juanito y Sofi se dieron un garbeo
por el Mediterráneo en el majestuoso velero ‘Creole’ que puso a su disposición
el armador Stavros Niarchos. Y fue ahí, a bordo, en cuanto abandonaron
territorio griego y antes de desembarcar, cuando Sofía renegó de su secta
ortodoxa y se apuntó a la católica. El acto fue privado y discreto. Solo tuvo que
soltar unas frases hechas llamando herejes a los que eran sus colegas de fe
hasta un minuto antes. Firmó delante del arzobispo católico de Atenas y ya
tuvimos a Franco contento, a Juan XXIII satisfecho y a una hipócrita más en
nómina.
“Sofía pudo traicionar a
los suyos en privado y con discreción, pero la británica Victoria Eugenia no
tuvo la misma suerte cuando se vio obligada a mandar a los anglicanos a hacer
gárgaras para abrazar con disimulado entusiasmo el catolicismo si quería
casarse con Alfonso XIII. También en el pecado llevo su penitencia.
“El 7 de marzo de 1906,
la nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra andaba por San Sebastián
sin sospechar que estaba a punto de pasar una de las mayores vergüenzas de su
vida. Allí tenía que abjurar de su religión, abrazar el catolicismo y bautizarse.
Esa era la condición para poder casarse con el rey de España Alfonso XIII e
ingresar en el club de sus católicas majestades. Rogó la ilusa Ena, suplicó,
que la ceremonia fuera muy muy íntima, y muy muy discreta.
“Claro que sí, guapi… y
le montaron un fiestón a lo donostiarra para que se enterara de aquella
abjuración hasta el Tato.
“¿Qué razón podría haber
por parte de la familia real española para no respetar el bautismo en privado
de la futura reina de España? Pues no hace falta pensar mucho: para presentarlo
como un triunfo católico y regodearse en la humillación anglicana”.

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