lunes, 9 de abril de 2007

9 de abril. Flotando en el más allá.

Durante dos días, he estado recostado en cama, con fiebres altas que anonadaban mi cuerpo. ¿Es el resultado del esfuerzo promovido durante la Semana Santa? Siento cómo mi espíritu se halla muy lejos. Flota en el más allá y observa cuanto me rodeaba. Ha sido emocionante y, al mismo tiempo, angustioso ver pasar el mundo desde un punto no determinado del espacio, fuera de la atracción e influencia de la bola terráquea. Pero, en el momento de intentar describir lo que veo, siento cómo me fallan las fuerzas y me confunden los fantasmas que me asedian.

Todo me resulta extraño, y la dicotomía entre lo que el cuerpo me pide y lo que el espíritu me ofrece resulta casi grotesca. Un manfutismo filosófico me invade, al mismo tiempo que soy incapaz de elegir entre dos o tres opciones, al no existir dilema alguno. ¿No será que, en estos momentos, mi razón es incapaz de lucubrar? Pero, mientras mi cuerpo sufre dolores en cada uno de mis huesos y musculaturas, y mis sentidos se cierran en banda para no ser molestados, siento cómo mi mente sigue ligera y viva. La presiento como un tizón semiencendido bajo unas cenizas que lo cubren todo, capaz de reencenderse en cuanto alguien sople sobre ella.

En todo ese tiempo de ausencia, no he probado más que el agua. No he querido comer nada. Sé que es la forma de ir eliminando los elementos que envenenan mi organismo. Y sé, porque la experiencia así me lo ha enseñado, que, al final, siempre vencen los glóbulos blancos sobre los microbios malignos. Aunque, por el momento, me temo que me falten las fuerzas para seguir describiendo lo que me pasa. El cansancio y las altas temperaturas se apoderan por momentos de mí. Así que voy a seguir como estaba, dejando que el mundo ruede y me ignore. Presiento que a nadie le hago ni puñetera falta. Nadie, excepto los que me aman, va a notar mi ausencia si, de repente, desaparezco. ¿Por qué habrían de hacerlo? Alguien ha dicho: “El cementerio está lleno de gente imprescindible”.

viernes, 6 de abril de 2007

6 de abril. La otra cara de la Semana Santa

En otras regiones aparentemente más pacíficas, como Mallorca, surge otra clase de violencia, menos espectacular pero más soterrada, entre las mismas cofradías de Semana Santa que, al final de los setenta, sufrieron un alarmante descenso de cofrades. Miembros del propio clero desprestigiaron, desde los medios de comunicación, las procesiones consideradas como “actos folklóricos” y muchas de ellas estuvieron al borde de la desaparición. Hasta que el presidente de una asociación autorizó a las mujeres a participar en los actos, vetados hasta esa fecha para ellas.

La medida fue la salvación de no pocas cofradías que cobraron de nuevo fuerza, pese a contar con la oposición del clero tradicional y de algún consiliario. El número de participantes volvió a aumentar. Los mismos políticos se involucraron en todos los actos, como medio de conseguir votos. Y, a mediados de los ochenta, los presidentes y secretarios de dichas cofradías fueron invitados a colaborar como interventores de un PP que, había subyugado a gran parte de la Comunidad Autónoma.

Al iniciarse el nuevo siglo, los partidos de la isla participan en las hermandades y el propio Obispo organiza e imparte conferencias públicas en los días previos a la Semana Santa. Pero el protagonismo de los cofrades que aparecen en los medios de comunicación provoca ciertos celos, envidias y rivalidades. Cada presidente quiere que su cofradía sea la más importante. Con tal de salir en prensa o en televisión, se organizan todo tipo de actividades y, sólo por lucir una vara en las procesiones, los presidentes se vuelven engreídos y se creen con más dotes de mando que los antiguos sargentos legionarios.

De esta manera las disputas y las envidias en torno a estos conceptos pseudo-religiosos, mezclados con tintes políticos del momento, se alternan con fluidez mientras los cofrades, con sus túnicas encarnadas o beige, sus capas azules, verdes o rojas, sus turbantes y sus capirotes blancos, altos para los hombres y caídos para las mujeres, rematados con una borla, reparten a su paso confites a troche y moche y consiguen que todas las miradas recaigan sobre ellos. Hasta seis procesiones protagonizaron ayer. Es la otra cara de la Semana Santa que se debate entre las viejas costumbres de una España católica y retrógrada, y una España profana que pasa de toda espiritualidad y quiere vivir por libre.

jueves, 5 de abril de 2007

5 de abril. Gestos dispares.

Las horas de la llamada “Semana Santa”, tan atractivas para el turismo, desbordan devoción y superchería y están a menudo impregnadas de violencia gratuita. Son horas que siguen, año tras año, teñidas de sangre y de morado durante siete días. Me rebelo contra este sentimiento si no propiciado, al menos, consentido por la liturgia de la Iglesia y defiendo que el hombre es el principio de todo. Y me identifico plenamente con Gerald Brenan que, en sus “Pensamientos en una estación seca”, afirma no creer en Dios “porque si existiese, habría destruido hace mucho tiempo a la raza humana por su crueldad y perversidad”.

Invadido por el sarcasmo, contemplo estas ceremonias religiosas pendientes de la climatología. Me indigna ver cómo la lluvia y otros contratiempos, que impiden seguir con una costumbre centenaria, hacen llorar a quienes más dentro las sienten. Y, en medio de tanto gesto compungido, provocado por la imposibilidad de sacar a la calle las imágenes piadosas de la última Cena, observo ciertas escenas contradictorias. Retengo, por ejemplo, la imagen de las autoridades policiales de Cuenca que establecen, año tras año, controles de alcoholemia y otras medidas de seguridad al celebrarse la procesión del Cristo de las Seis, conocida vulgarmente como la de Los Borrachos. Ante la masiva concentración de punks, se incautan navajas, juegos de cadenas, hachas y bates de béisbol y se prohíbe la venta de bebidas en envases de vidrio, pero los incidentes se siguen reproduciendo. La medida ni previene el abuso de bandas de jóvenes que practican diversos destrozos en esta ciudad, ni las consiguientes protestas vecinales. Incluso se registra una psicosis colectiva, agravada por las noticias de Madrid y de Valencia, en donde circulan convocatorias entre grupos punks para pasar “una noche sin control” en Cuenca.

También en Pamplona hay enfrentamientos físicos, lanzamientos de botellas y de cirios contra la imagen de la Virgen. En la calle de la Calderería, abarrotada de bares de ambientación punk, grupos de jóvenes proliferan blasfemias contra la Virgen, coreando el tema musical de la Polla Record, “Salve Regina”, y gritan insistentemente: “Hay que quemar a la Dolorosa”. La procesión de la Virgen de La Soledad transcurre entre el silencio de los penitentes y las canciones de grupos de jóvenes que aluden jocosamente temas religiosos. Son las contradicciones de la Semana Santa.