miércoles, 28 de febrero de 2007

28 de febrero. Juan Pla: "Tejero no me hizo caso"

Juan Pla, uno de los últimos directores del diario “El Imparcial”, fue uno de los periodistas que aquella noche diera mucho juego. Curiosamente, tampoco Pla disponía de carnet de periodista propio. Camilo José Cela, que entonces vivía en Mallorca, lugar de nacimiento de Juan Pla, le había ofrecido el suyo. “Aunque nunca he ido por la Escuela, Cela me lo regalaba”. Pla le contestó que le diera el número y que si un día le hiciera falta…”Porque yo estoy de acuerdo en que no se puede transferir –argumentaba Pla al respecto–, pero tampoco se puede regalar un carnet así, como quien da la sopa boba”.

Dos años y tres meses antes, el 19 de noviembre de 1978, “El País” publicaba un informe en el que acusaba a Juan Pla de estar implicado en la Operación Galaxia. “La acusación gratuita –se justifica Pla– era que había hecho acrósticos o palabras en clave a lo largo de las letras mayúsculas y capitulares de un artículo. Justamente, el día de la Operación, mi artículo, leído de arriba abajo, decía: ‘CELO’. Entonces algunos exegetas e inflagaitas de la competencia dijeron que ‘celo’ significaba papel de pegar, que pegar era dar el golpe y que ese era el día señalado. Arguí ante los jueces y ante los amigos que ‘cello’, papel de pegar, se escribe con dos eles y que el ‘celo’ que yo escribí se refería, si es que se hacía alusión a algo, al celo en que se encontraba mi perra o al que siento por mi oficio. Total, que para que no me fusilaran, al día siguiente metí en vereda de los Tribunales a Juan Luis Cebrián y a su periódico. Pero, cuando vi que mis socios de querella, el presidente de ‘El Imparcial’, Jorge Rodríguez de San José y Julio Merino, director a la sazón del periódico, iban por otros derroteros y que lo que querían era una gresca a fin de vender papel y armar la marimorena con el autobombo y la autovíctima, hablé sosegadamente con Juan Luis Cebrián y llegamos al acuerdo de que no había pasado nada…”.

Juan Pla recibió, por aquel tiempo, varios escritos en los que se le acusaba de estar implicado en el complot de Madrid. “Entre ellos, una carta macabra que decía: ¡Cómo nos has decepcionado! Creíamos que estabas al frente de la Conspiración y esperábamos un cargo en tu futuro gobierno, pero ahora vemos que todo es mentira, que no has participado y, por tanto, nos tienes aquí decepcionados y sin ninguna rosca que llevarnos a la boca. Para otra vez, a ver si te esmeras y das un golpe bien dado”. La carta, que iba firmada por Manolo Vicent, Paco Umbral, Antonio Gala y otros escritores demócratas, le pareció una broma de muy mal gusto, “pero, al fin y al cabo, una broma que alentaba mi espíritu”.

Un año y doce días después del cierre de El Imparcial, Juan Pla, uno de los últimos directores de este periódico, asegura entrar de lleno en el 23-F. “Yo seguía los acontecimientos por la radio –me cuenta Pla, desde su isla de Mallorca–, cuando, hacia la medianoche, sonó mi teléfono. Era del ministerio del Interior. El equipo de Paco Laína me preguntó si podía hacer de intermediario. Sabían que había tenido trato y amistad con Tejero quien, durante una temporada, venía casi todos los días al periódico a dirigir aquella campaña de publicidad pagada a favor de la Guardia Civil, mediante el intento de recolección de quinientas mil firmas para modificar una ley del Parlamento. Esa era la razón por la que, aquella noche a alguien se le había ocurrió nombrarme”

El propio Tejero había defendido a Juan Pla frente a los correligionarios, sosteniendo ante los ultras que se trataba de una persona decente. “Yo le guardaba, y le guardo aún –me corroboró Pla– un agradecimiento por todo lo que pudo tener de bueno para mí. Lo que pasa es que, aquella noche, él no me hizo caso. Si me lo hubiera hecho, Tejero no hubiera estado encarcelado sino fuera, en otro país, rascándose la barriga. Se habría pirao en el avión que yo le ofrecí de parte del gobierno provisional de Paco Laína. Un avión que tenía 125 plazas para Tejero, su familia y todos los que quisieran irse con él. Eso es rigurosamente cierto, pese a un informe posterior publicado en el que se desmintiera todo o se interpretara a gusto de cada cual. Algunos de los que se desaguaron por entrambas, se mearon y cagaron del susto, dicen que mi amistad con Tejero da una imagen de fascismo y que, por lo tanto, no me pueden admitir en sus lugares de trabajo como en RNE o en TVE. Debuté un 18 de mayo en RNE y al día siguiente me echaron a la calle. Todavía hay gente en este país que cree que estuve a favor del golpe, de la involución y de la desestabilización, cuando lo único que he hecho, hasta ahora, ha sido jugarme el pellejo para que la democracia persista y crezca”.

Yo no sé lo que hay de cierto y de falso en toda esta historia sostenida por Pla, pero ahí está, tal como él me la contó. Hoy, Juan Pla sigue colaborando con los medios de comunicación de Mallorca, sostenido por sus fans y atacado por sus enemigos declarados.

Desde luego, el hecho de que unos militares golpistas se embarcaran en esta peligrosa aventura demuestra una cierta desconexión en el proceso de comunicación entre ellos y los diferentes estamentos de la sociedad. A los mismos empresarios les aterraban las consecuencias económicas que el golpe llevaba consigo.

Por mi parte, confieso que el miedo me llevó a pensar, en aquellas acuciadas horas, en marcharme al extranjero. Y a punto estuve de hacerlo. Aunque luego, se demostró lo equivocado que estábamos todos: los que presenciamos estos sucesos y los que, en un principio, sostenían el golpe de timón. Porque la verdad es que el 23-F levantó por unos años el miedo al futuro, provocó un frenazo en la llamada democracia e hizo presentes en las conciencias el mito de las dos Españas que helara el corazón de Machado. Pero, al fin y al cabo, con unos cuantos retoques, se podían mantener en España las dudas de siempre.

martes, 27 de febrero de 2007

27 de febrero. Benegas intercambió el carnet con Suárez

Eugenio Suárez, director propietario de “El Caso” y “Sábado Gráfico”, había acudido a las Cortes como informador y, al efectuarse la votación, salió del palco para marcharse. En uno de los pasillos, se encontré con el secretario de Estado para la Información, Aguirre Borrell. “Estábamos hablando, cuando oímos el famoso grito: ‘Todo el mundo al suelo’, seguido de ráfagas de ametralladora. Fue una experiencia personal única. No es que estuviera muy asustado, porque cuando uno ha hecho la guerra, no le asustan esas cosas, pero sí muy preocupado. Intenté hablar con el guardia civil que nos apuntaba con su ametralladora. Yo había dejado el arma que siempre llevo encima en la entrada del Congreso. Y le dije a aquel número que estaba muy tenso y nervioso, que a mí me habían dicho que no se podía entrar con armas, enseñándole, al mismo tiempo, la funda vacía. ‘Cállese’, me gritó. ‘No, si a mí me caen ustedes muy simpáticos –seguí diciéndole para intentar calmarlo–. Y la próxima vez voy a venir vestido de verde, que es un color fenomenal. Mire usted –le insinué–: que aquí se está muy incómodo. Vámonos al bar a tomar pipermín’ Pero el guardia no lo cogió. Reinaba un silencio catedralicio y no se movía ni un alma”.

De pronto, Eugenio oyó una voz muy cercana que decía literalmente: “Sí, sí, está todo sujeto… Tenemos el control absoluto… Muy bien, muy bien. ¡Viva España, coño!”. Y aquel vozarrón ordenó a alguien que iba con él: “Como no sea de Valencia, que no me llamen para nada”. Al pasar Tejero por el lado del director de “El Caso”, éste dio un salto y le dijo, muy rápidamente: “Teniente coronel, por favor, este periodista se brinda a ser una especie de enlace, a acompañarle, en fin...”. Pero Tejero no le dejó ni terminar. Y con una especie de bufido, le contestó, tajantemente: ‘Usted se sienta ahí. Y todo lo que tiene que ver lo ve usted desde ahí’.

Por fin pudo llegar hasta el bar. Allí vio que había gente. “Txiqui Benegas, secretario del Partido Socialista de Euskadi, persona por la que siento verdadero afecto y simpatía, permanecía muy preocupado y sin gafas. Yo, en su pellejo, también lo hubiera estado, pero, como soy un hombre apolítico, aquello no me daba ningún miedo. Tal vez era inconsciencia. Me tomé un güisqui y le di mi carnet a Txiqui, aunque no nos parecemos mucho físicamente. Así estuvimos durante dos horas hasta que a los funcionarios y periodistas nos dejaron salir”.

Las cosas que pueden pasar cuando la vida anda en juego.

lunes, 26 de febrero de 2007

26 de febrero. Locutores, presentadores y fotógrafos bajo las metralletas

Una ola de confusión y terror amenazó hace veintiséis años a la mayoría de periodistas españoles en prensa, radio y televisión. Muy pronto, con el discurso del Rey, fueron serenándose los ánimos. No así el miedo y temor por lo que hubiera podido suceder. Algunos de los locutores, presentadores y fotógrafos más conocidos, vivieron así aquella noche.

Luis del Olmo, locutor a la sazón de RNE, en Barcelona, con su programa “De costa a costa”, se encontraba, en los momentos en que por la radio sólo daban marchas militares, en la peluquería. “Me miraba en el espejo y encontré que, de pronto, tenía la cara blanca, desfigurado y como de mármol. Recuerdo que, en el sillón de al lado, estaba un joven escritor argentino que me aconsejó, por mi bien, que no durmiera aquella noche en mi casa. Había tenido algunas experiencias de ese tipo en Buenos Aires, de donde había tenido que huir. Salí de la peluquería y, lo primero que hice fue ir a la radio. Allí estuve siguiendo las incidencias y conexiones de los compañeros de Madrid, asistiendo a una de las noches más gloriosas de la radio española y de la radio en el mundo. Creo que aquellas páginas que escribieron todos los compañeros de las emisoras madrileñas, a pesar de que muchos estaban bajo la fuerza de las metralletas, como mi compañero Alejo García, que tuvo durante mucho tiempo la metralleta en los riñones, difícilmente se pueden superar. Hay que vivirlo personalmente para darse cuenta”.

José Luis Balbín vio por el monitor todo lo que estaba sucediendo en las Cortes y optó por dar en directo todo lo que estaba aconteciendo en ellas. “Probablemente –recuerda Balbín–, yo, que no estoy vinculado a partidos, lo hubiese emitido enseguida en directo para que lo supiesen todos los españoles. Pero Castedo, entonces director general de RTVE, consideró que se trataba de un asunto importante del Estado. Mandamos el equipo para grabar el mensaje del Rey. Tuvimos el riesgo de que las cintas pudieran ser deterioradas o raptadas. Y Castedo estuvo todo el tiempo muy en contacto con la Zarzuela y con Interior. Se hizo, pues, lo que interesaba en aquel momento al Estado. No fue una decisión unilateral nuestra”.

Manolo Hernández de León, de Efe, reconoció enseguida a Tejero, a quien, tres años antes, había fotografiado, cuando sucedió lo de la Operación Galaxia. “Coño, Tejero –me dije–. A partir de ese momento, todo lo que vi fue a partir del visor de mi cámara. Dejé de hacer fotos cuando un guardia civil me puso la metralleta en la cabeza. ‘Levanta las manos –me ordenó–. Deja la cámara y tírate al suelo’. Estaba en aquel momento al lado de Carrillo que se había quedado sentado, igual que Suárez y Gutiérrez Mellado. Oí cómo uno de los guardias le dijo: ‘Tírate al suelo, que te aso’. Entonces, automáticamente, se echó al suelo. De todas formas, hasta que el guardia civil me apuntó con la metralleta, pude hacer varias fotos. Los disparos apenas me preocuparon. Yo sólo quería hacer fotos y lo conseguí. El miedo me vino después, como siempre me pasa”.

Hernández de León había dejado la cámara a su izquierda. Cada vez que el guardia civil se volvía para vigilar a Carrillo, bajaba sus brazos y daba una vueltecita al rodillo de su máquina, consiguiendo rebobinar, tras cuatro vueltas, la película que tenía una docena de fotos. Y se la guardó en el interior de su camisa. “Le pedí a un guardia civil que estaba a mi lado que me dejara ir al baño porque estaba allí desde las cuatro y media y no podía aguantarme más. En el momento de entrar, Calvo Sotelo, que iba a ser elegido presidente del Gobierno, estaba ahí agachado en un lavabo para beber agua y lavarse la cara entre dos números. Y pensé: ¡qué pena no tener una cámara para sacarle una foto! Allí pude camuflar los dos carretes, el del pleno normal y el del asalto de Tejero, y me los metí en la rabadilla. Llevaba unos pantalones muy estrechos y allí los pude sujetar durante las dos horas que permanecí en la Cortes, antes de salir liberado”.