miércoles, 4 de abril de 2007

4 de abril. Con guantes y capirotes.

Miércoles Santo, llamado así por los católicos, que impusieron en el calendario la “Semana Santa”. Recuerdo que, hace seis años, asistí ese día por primera vez con mi trompeta a una procesión del Cristo crucificado como miembro de una banda de música. Fue en un municipio de la Comunidad de Madrid. El acto, en el que se sacó únicamente esta imagen, debía durar dos horas pero se alargó dos más de lo acordado y se convirtió para mí en un verdadero calvario.

Con mis gafas bifocales no podía distinguir con claridad la partitura colocada sobre mi atril de marcha, adherido a mi trompeta, por estar demasiado alto. No tuve más remedio que quitármelas y acercarme las notas musicales a un palmo de mis narices para poder leer mejor. Así me pasé todo el trayecto, tratando de descifrar la música escrita y sin distinguir con claridad lo que pasaba a mi vera. Sólo distinguía muy confusamente a los nazarenos que portaban al Cristo a cuestas, al ritmo marcado por los tambores y con un suave balanceo. Y, por si esto no me bastara, las repetitivas melodías interpretadas quedaban, en parte, condicionadas por una herida producida en la parte interior de mis labios, que me obligaba a tocar con cierta dificultad.

Pero, menos por mis condiciones físicas que por las morales, la procesión se me hizo, de esta manera, dura e interminable. Me preguntaba qué diablos hacía yo allí en ese estado, sin poder mantener un limpio y claro sonido de mi trompeta, o, peor aún, si hacia ya tiempo que no creía ni en el Cristo de la buena sangre, ni en las procesiones de Semana Santa y, ni en mi acto servil por sostenerlas musicalmente. Aquello era una lucha a muerte contra mis labios y mis dedos, adheridos de frío, contra un instrumento, que trataba inútilmente de dominar, y contra mis ideas, en medio de una vorágine de sentimientos contradictorios... Nada estaba en su punto, y el resultado era mi pobre sonido, a la altura de mis creencias religiosas.

Al final de la ceremonia, unas palabras pronunciadas por el capataz de la agrupación religiosa terminaron por encender la mecha que amenazaba una explosión en mi interior. Aquel encapuchado agradeció a todos –a sus costaleros, a sus músicos, a su público en general– la colaboración prestada, y acabó por desvelar sus verdaderos sentimientos. Encubierto bajo su capirote y ocultas sus huellas dactilares por unos guantes blancos, dejó escapar una palabra de su vocabulario que me reveló su verdadera ideología: “raza”. “Sólo los costaleros –dijo enfáticamente –, esta raza de hombres que así se manifiestan, son capaces de sostener esta imagen sobre todo”… Y recordé, curiosamente, conceptos y frases hitlerianas que se hubieran adaptado perfectamente a estas ideas. La España imperial y fascista que hablaba la lengua de la Raza, de la Patria y del Imperio, se dibujaba ante mí a través de estos símbolos y del discurso del capataz. Ninguna de las autoridades y fuerzas políticas y religiosas hizo ademán alguno de sorpresa. Tampoco yo me atreví a contradecirle, levantando la trompeta y sonando a todo volumen la Marsellesa o el himno republicano. Aunque reconozco que hubiera sido interesante saber cómo reaccionaban todos ellos. Pero no me atreví.

Al subir al autobús para regresar a casa, estaba deshecho. No podía más. Ni con mis piernas, ni con mis labios, ni con mi cuerpo. Y me sentía estafado y furioso por el acto en el que acababa de participar. El contrato firmado decía que, por dos horas de acompañamiento musical, iban a pagar 160.000 pesetas. Pero las dos horas se habían convertido en cuatro. “Y suerte habéis tenido –nos comentaron– de que no se alargaran seis horas o más”. Sugerí que, ante la duración y esfuerzo, multiplicado por dos, que se les cobrase el doble. Pero dudo que la propuesta fuera siquiera presentada ni, en su caso, aceptada.

La televisión muestra, en estas fechas, las procesiones andaluzas y las imágenes turístico-religiosas en las diversas provincias españolas, que pueden durar más de una jornada. O el tamborileado de Calandra (Teruel), tan apreciado por el incrédulo Buñuel, en donde los amantes de esta costumbre se pasarán toda la noche tocando los tambores y bombos, que son tantos como penitentes hay en dicho pueblo. “Es la fe de todo un pueblo –insisten los organizadores del evento– presentado por los medios de comunicación como signo de diferencia y distinción”. Y me repito internamente que ni comparto esta idea ni me parece muy afortunada en este país que se proclama aconfesional.

martes, 3 de abril de 2007

3 de abril. Martes Santo


Burla burlando, entre lloviznas, nubarrones, chaparrones, procesiones interminables con retoque de tambores y de trompetas, ha vuelto la Semana Santa de todos los años y una tradición no siempre de acuerdo con la cordura ni con la aconfesionalidad del Estado.

Volvió el fervor popular, la devoción, las procesiones televisadas, las imágenes recargadas de oro y plata, el olor a incienso. Volvió la tradición de una España ultra católica, defendida por obispos y sus fieles, que no renuncia a sus tradiciones, ni a las prácticas folklóricas, ni a las ceremonias en las que autoridades y cientos de miles de penitentes, músicos y fuerzas de seguridad, desfilan por las calles. Ante un público que tiende a confundirse con estas manifestaciones, y, sobre todo, sin la presencia de atónitos turistas, dudo que se produjeran de la misma manera.

En Cuenca, casi la mitad de sus habitantes son cofrades. En Aragón, el ruido es más fuerte y en Castilla y León, el silencio se hace más profundo.. En Murcia se distribuyen más caramelos entre los espectadores y en Lorca, donde los caballos hacen más cabriolas, se mezcla la cultura cristiana y la pagana. En Zaragoza, se oye un expectante batir de tambores. “Bailan” las vírgenes de Sevilla y, desde cualquier, balcón se cantan saetas. Hay “picaos” que se flagelan las espaldas desnudas con correas de lienzo trenzado. En Palma de Mallorca, los cofrades de 31 hermandades celebrarán en seis días nada menos que catorce procesiones.

El actor malagueño Antonio Banderas regresa de los EEUU para participar en la Semana Santa malagueña a donde ha acudido con su mujer, la actriz Melanie Griffith. Dice que para él "es un placer porque se trata de la identidad de un pueblo, de su personalidad, y esto es una fiesta anti-globalización de alguna forma, que viene a nosotros, y nos mostramos un poquito como somos". Frente a los que piensan que es algo que no debería existir, él defiende todo lo contrario. Banderas lanza su "pequeño pregoncito" y reclama que "para el futuro las cofradías se tienen que implicar socialmente de forma muy fuerte y seria, cada una en sus barrios y atendiendo a esos problemas específicos que existen. Ahí puede estar el futuro de la Semana Santa". Banderas ve las cofradías como "una ONG" y dice que le interesa, es eso, “una Iglesia que ha estado al servicio de los pobres y de la gente necesitada. Ese mensaje me interesa".

El Jueves Santo, el actor sacará a hombros el trono de la Virgen de la Esperanza, lo que será "probablemente el último año porque ya los huesos me crujen mucho bajo ese trono debido a que pesa mucho la Esperanza". Admite que ya es imposible ver procesiones como las veía en otra época. Y sobre lo de ser pregonero de la Semana Santa, confiesa estar "al servicio de la Agrupación de Cofradías" si lo decide, aunque dice que "hay mucha gente en la cola por delante de mí".

Quien no sólo no ha esperado en cola sino que incluso ha logrado ser por segunda vez pregonero de la Semana Santa es Pedro Serra, un empresario periodístico mallorquín que se jactara, hace unos años, de haber ejercido en su juventud de “probador de casas de señoras”. Por lo que se ve, en estas islas las influencias tienen su peso en oro.

No soy quien para criticar unas costumbres que conforman la idiosincrasia de nuestro pueblo, aunque puedo estar de acuerdo o en desacuerdo con estas costumbres. Y, en este caso, me limito a compararlas con las descritas hace ya dos siglos por otro español. Se trata del escritor José María Blanco White quien, en “Cartas de España, Sevilla”, recuerda la Semana Santa y hace una fuerte crítica sobre la religiosidad y la estructura social española:

“La procesión de madrugada resulta más impresionante por lo tranquilo de la hora y por el traje que llevan los devotos de la sagrada imagen. Todos los miembros de la cofradía visten túnicas negras, con un ancho cinturón... práctica penitencial muy usada en los tiempos antiguos. La cara se viste con un largo velo o antifaz... Los nominales penitentes avanzan en dos filas con paso medido y silencioso, arrastrando una cola de seis pies de largo y sosteniendo un algo cirio de unas doce libras de peso. El antifaz impediría totalmente la vista, si no fuera por dos pequeños agujeros, a través de los cuales se ven brillar los ojos. En un país en el que el Gobierno no tolera las fiestas de máscaras, el placer de salir disfrazado a la calle es un gran incentivo para que nuestros jóvenes se inscriban en esta asociación religiosa... Los supuestos penitentes se sienten recompensados de la fatiga y cansancio de la noche con la viva impresión que esperan hacer en los vencidos corazones de sus novias que, por medio de señales convenidas de antemano, son capaces de reconocerlos a pesar de los antifaces y la uniformidad de los vestidos”.

Blanco White recuerda la prohibición del Gobierno, en 1777, de “la repugnante exhibición de gente bañada en su propia sangre”... “La religión –termina diciendo– nada tenía que ver con estas voluntarias flagelaciones. Pero estaba muy extendida la idea de que este acto de penitencia tenía un excelente efecto sobre la constitución física. Y, mientras que por un lado la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión todavía más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las robustas beldades de las clases humildes”

Juzgue el propio lector y vea cómo hay tradiciones que en dos siglos apenas cambian.

lunes, 2 de abril de 2007

2 de abril. Enfermos de actualidad.

La actualidad es un fantasma del que trato de huir inútilmente. En periodismo, incluso cuando se está en paro, la actualidad aprisiona constantemente el último momento entre el ayer y el mañana, flirteando con el momento presente, pero sin profundizar jamás en él y bloqueándolo ante el espejismo de la última oportunidad.

La actualidad con frecuencia se me presenta como un hoy sin futuro y sin pasado pero cuya sombra esconde mi vida, limitada por la de los demás. Enfermos de actualidad, los periodistas vivimos de un hoy sin raíces ni perspectivas de futuro, sin darnos cuenta de que esta pura actualidad no se aguanta más allá de unas horas, derribada por otras actualidades que se van destruyendo unas a otras, mientras el tiempo marca implacablemente la existencia. Y quien no vive el último grito en todo es tachado de desfasado y de pasado de moda.

Catedráticos y expertos mediáticos intentan unir y fusionar el periodismo con la actualidad. El periodista de la objetividad y la observación comprometida es hartas veces relevado por el profesional de la imparcialidad y la neutralidad que pretende contar los hechos por encima de las informaciones que difunden. De manera que, como dice el periodista francés, Jean Bothorel, los medios de información “ya no reclutan periodistas sino profesionales, es decir, técnicos de la información pura. Toda reflexión se vuelve inútil, ya que la información se basta a sí misma”. Y el periodista –según indica Carlos G. Reigosa, ya no sería un trabajador profesional que se indigna, desprecia o maldice; por el contrario, se habría convertido en un profesional sereno, aséptico, pragmático, partidario del consenso y defensor de todos los conformismos dominantes.

Reigosa mantiene que la “actualidad” está precocinada por gabinetes de prensa y direcciones de comunicación, de manera que es imposible saber lo que ocurre y, por tanto, saber contarlo. Según él, el mal no está fuera del oficio, sino dentro. Y surge “cuando el periodista no valora o no está a la altura de la libertad de prensa, cuando se desliza irresponsablemente por los toboganes del sensacionalismo, cuando ampara fuentes informativas contaminadas de intereses espurios, cuando convierte en espectáculo una información, cuando contagia con su opinión una noticia, cuando da por probadas informaciones insuficientemente acreditadas de algunos colegas, cuando supura o irriga pesimismo, cando se somete a modas pasajeras, prestándoles una atención que no merecen...”

Confieso que, a veces, quisiera saber moverme en la historia con total independencia, y lanzarme al futuro sin las pesadas coordenadas del pasado y del presente. Pero, por supuesto, ni soy prestidigitador ni un ser que juega a ser dios, sino un ser mortal, limitado por la actualidad, que a veces sueña en imposibles.