miércoles, 18 de febrero de 2026

“El compromiso de los difuntos”.

 

El 1 de noviembre de 2003 se anunció el compromiso del príncipe Felipe de Borbón, “marcando un hito al ser Letizia una periodista divorciada, lo que modernizó la monarquía española” Y lo primero que viene a la cabeza a Nieves Concostrina, la autora de esta serie en “Público”, es que la monarquía española, y, en realidad, cualquier monarquía, es imposible de modernizar. “Puedes darles capitas de pintura para que vayan aguantando el tirón, pero es una institución desfasada que sostiene a gente que nadie necesita. Podría haber añadido la IA que la divorciada también había recurrido al aborto voluntario, tal y como contó David Rocasolano, encargado de hacer desaparecer el expediente médico, porque con ello habría convertido la monarquía española en pura vanguardia.

“Nada ni nadie puede modernizar la monarquía. Sería como pretender modernizar un Ford-T de 1923. Puedes conseguir que siga circulando en circuitos exclusivos, que luzca brillante para su exhibición como reliquia de otro tiempo y que sea admirado como curiosidad añeja, pero no sirve para nada más. No tiene utilidad. Y la segunda reflexión tras leer la gilipollez de la IA es preguntarse a quién demonios se le ocurre anunciar un compromiso en plena festividad de Santos y Difuntos. El matrimonio nació muerto.

“Cuentan algunas malas lenguas bien informadas de Patrimonio Nacional que allá por 2003, cuando ya estaba apalabrado, prometido o adjudicado (las mismas malas lenguas no pueden confirmar este extremo porque solo se lo comunicaron de palabra) el presupuesto necesario para arreglar las deterioradas cubiertas del Palacio Real de Aranjuez, el dinero se esfumó. Pufff… desapareció. Nunca más se supo.

“Las mismas malas lenguas, verdaderamente preocupadas y ocupadas en el patrimonio nacional español más que en el servilismo decimonónico al borbón que impera en ese organismo por parte de gran parte del personal, achinaron los ojos y se pusieron a sospechar. Qué extraña coincidencia que muy poco después se anunciara el compromiso del príncipe Felipe con una que salía en la tele y se necesitara rascar fondos de todas partes para financiar la boda. Los expertos en estos asuntos han calculado que costó entre 20 y 40 millones de euros, aunque desconocemos el presupuesto exacto pese a que se utilizaron caudales públicos. Nos torearon como quisieron para vendernos a esta pareja que -ellos no lo sabían- hacía aguas antes de empezar. Pero bien que nos sangraron, además de torearnos.

“Y también nos mintieron. Felipe y Letizia nos engañaron. Y si eran unos embusteros cuando eran príncipes, qué esperar ahora que son reyes. El borbón lo lleva en su naturaleza, pero resultó sorprendente la soltura con la que se subió al carro del juego sucio la nieta del taxista republicano Paco Rocasolano.

“En aquel mayo de 2004, el de la costosa boda en la que lo más reseñable fue el cebollón que se agarró Ernesto de Hannover y la hostia que le calzó el taxista a su exyerno Jesús Ortiz porque se la tenía jurada, la ya experiodista Letizia guardó su ética y sus principios en un cajón, lo cerró bajo siete vueltas de llave y no lo ha vuelto a abrir. Tanta ansia tenía por pisar moqueta en la Zarzuela y lucir tiaras y demás joyas de la corona, que hasta convenció a su primo, el abogado David Rocasolano, para que hiciera desaparecer la documentación de su interrupción voluntaria del embarazo en la clínica Dator de Madrid. La pareja príncipe-plebeya tenía que evitar que sus católicas majestades se enteraran y que Rouco Varela la excomulgara. Una actitud la suya, más que vergonzosa, hipócrita y cobarde, pero sobre todo ofensiva para las mujeres de este país que tanto han luchado por ese derecho a abortar legalmente. Intentar borrar esa huella, como si fuera un delito, avergonzada por haber ejercido un derecho, y aprovechándose de su futuro papel como princesa para presionar a su pariente dice todo de su catadura moral.

“Al que no pudo hacer desaparecer Letizia de Almendralejo fue a su exmarido, Alonso Guerrero, y tampoco pudo destruir la documentación de su divorcio, pero, de haber podido, capaz hubiera sido de reconstruirse el himen para convencer a Rouco y a sus suegros de que estaba soltera y entera. Lo que fuera con tal de trincar al príncipe, pillar trono y pasar por católica obediente, aunque no diferencie santiguarse de persignarse.

“Plebeya, nieta de un taxista que luchó por la República mientras los borbones apoyaban el golpe de Estado desde el exilio, hija de una sindicalista, divorciada, con "la mancha" de un aborto voluntario, periodista… irreverente y atea, aseguran quienes la trataron en su etapa extremeña… Qué podría salir mal, se preguntaban en la Zarzuela con voz entrecortada. Pues todo, todo salió mal porque sabían que estaban metiendo a la zorra en el gallinero, y no porque fuera a trabajar por la República desde dentro (eso lo hace magníficamente bien Froilán), sino porque quería ser gallina, aunque el resto del corral la caló desde el principio”.

Así comienza este nuevo capítulo de Nieves Concostrina que resumimos y recomendamos leer hasta el final.

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