El alma secreta de la Madrugá.
La Semana Santa es, desde
2017, Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de
España. El propio Ministerio de Cultura la define como un conjunto de
celebraciones donde se entrelazan religiosidad, tradición, expresiones
artísticas y prácticas colectivas transmitidas entre generaciones. Se dice que
cualquier ciudadano, por el hecho de pertenecer a la raza humana, es capaz de
sentir lo mismo en su interior, sea o no sea religioso, pacticante o ateo. Y, dentro
de ese tejido, la música ocupa un lugar central: no como fondo sonoro, sino
como memoria emocional compartida.
“En Sevilla –explica Amanda
Ramos, en ElPlural.com–, esa verdad adquiere su forma más intensa durante la
Madrugá, que enlaza el Jueves Santo con el Viernes Santo y que, según el
Consejo General de Hermandades y Cofradías, reúne a seis hermandades
emblemáticas –El Silencio, El Gran Poder, La Macarena, El Calvario, Esperanza
de Triana y Los Gitanos–. Esa noche, la ciudad deja de ser solamente ciudad. Y
se vuelve una caja de resonancia. Cada calle escucha distinto. Cada marcha
decide, de alguna forma, cómo debe sentirse lo que está ocurriendo.
“Por eso hablar de Semana
Santa sin detenerse en las marchas musicales es dejar fuera una parte decisiva
del acontecimiento. Porque una marcha no solo acompasa el caminar del paso.
Marca el tipo de emoción que cabe en ese instante. Puede imponer sobriedad,
desbordar ternura, convocar solemnidad o abrir una grieta sentimental en mitad
de una plaza abarrotada”.
Ahí está, por ejemplo, La
Madrugá, una de las composiciones más reconocibles del repertorio cofrade,
firmada por Abel Moreno. “Su popularidad no es solo una cuestión musical. Tiene
que ver con su capacidad para condensar una idea entera de Sevilla. No es una simple
pieza célebre. Es una partitura que ha terminado por funcionar como símbolo
sonoro de una noche concreta, de una sensibilidad reconocible, de una ciudad
que ha aprendido a narrarse a sí misma a través de la música.
“Su potencia cultural no
depende de que todos compartan la fe. La música procesional rompe esa frontera
con facilidad. Hay creyentes que lloran con una marcha porque la sienten como
plegaria. Hay no creyentes que se estremecen porque reconocen en ella una forma
de belleza colectiva, una dramaturgia del pueblo, una intensidad difícil de
encontrar en otros espacios públicos. Puede tener raíz religiosa, sí, pero su
efecto es también cívico, cultural y sentimental”.
Marcha "LA MADRUGÁ" · Clásicos de Semana Santa
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