miércoles, 1 de abril de 2026

Los gorriones están desapareciendo: ¿qué pájaros dibujarán ahora los niños?

 

Así titula en Público Rafael Cabanillas este artículo que no puedo dejar de leer. Y así dice: “Vivo en un sexto y último piso y duermo a dos metros de altura del suelo. En una buena cama colocada en un altillo de madera al que accedo por una escalera de mano, igual que si subiera a un árbol. Podría decir que el motivo es un sueño infantil, placentero y reiterativo, mágico, en el que volaba por el cielo convertido en pájaro. El niño de don Antonio Machado soñaba con un caballito de cartón y yo con pájaros volando. Con dos metros no se llega a las nubes, ciertamente, ni a rozarlas siquiera por mucho que estires los brazos, pero algo es algo como principio para no renunciar a los deseos: el mismo sueño que tuvo el joven Ícaro, el hijo de Dédalo, el primer ingeniero aeronáutico construyendo alas de cera que derrite el sol y laberintos de minotauros”.

Rafael explica que la verdadera causa de dormir ahí arriba, fue por colocarse a la altura de un ventanuco, un cuadrilátero de medio metro, con su ancho alféizar exterior, que es su ventana al mundo del otro lado. “Mi ventana a la vida y a la luz. Al espacio. El oxígeno para seguir respirando en la asfixiante gran ciudad. Desde allí arriba veo los tejados de los inmuebles aledaños, sus antenas de televisión, algún pararrayos, las terrazas de los hoteles donde a la noche se celebran fiestas con luces de gas neón: encarnadas, amarillas y azul mercurio. Más al fondo, hacia el ocaso, la torre de la iglesia de san Lorenzo, la punta de los estilizados cedros del patio de las monjas, y en la lejanía la silueta blanca de la sierra.

“Al amanecer, un sol redondo como una naranja se mete conmigo en la cama, convirtiendo en oro todo lo que toca: los muebles, los libros, los cuadros, la lámpara. Cuando me quedo toda la noche escribiendo y, con la primera claridad del alba, intento conciliar el sueño que no quiere venir, me dedico a contemplar las nubes desde mi ventana. Delicadas y etéreas. Intangibles. Escurridizas. Las nubes cabalgando el cielo con sus mil formas: una cara, un caballo, un perro, un fantasma, un barco surcando el océano. Y si te dejas arrastrar por la fantasía algodonosa: un unicornio, un dinosaurio, un elefante, una jirafa, un león, una ballena gigante. Nubes azules cargadas de pájaros volando. Como vuelan los besos que nunca se han dado.

“Para dormirme finalmente, cierro los ojos y voy contando de memoria las nubes antes observadas, desfilando ahora en mi cabeza como borregos de lana esponjosa – una, dos, tres, cuatro –, lana de nube –cinco, seis, siete, ocho –, hasta quedarme dormido como un cachorro. Después me despierta la sirena de una ambulancia, cuyo sonido estridente corta, con el filo de su navaja, el hilo de araña del que pende la vida y la muerte en su ululante carrera por el asfalto. O las sirenas de la policía, más estridentes todavía, que espantan, saliendo en estampida, a una bandada de palomas, mientras la pasma persigue a unos manteros por las esquinas. La vida transcurriendo por esa minúscula ventana: el invierno y la primavera, la nevada y la lluvia. La lluvia repiqueteando en las tejas.

“En las paredes laterales del alféizar del ventanuco, hace ocho años que coloqué dos espejos enfrentados para multiplicar la luz hacia su interior. La luz de la aurora y del crepúsculo otoñal robada por unos espejos. Desde entonces, se los apropió un gorrión, que apareció nada más colocarlos, atraído e hipnotizado por su propio reflejo. Un pájaro que golpea con su pico el cristal desde el amanecer hasta el atardecer y cuyo tintineo constante yo oigo desde la cama. Un tic tic tic que me acuna y me relaja. Un gorrión de plumaje pardo, marrón y grisáceo, que revolotea y golpea con el pico porque quiere entrar dentro del espejo. A ratos el de la derecha y, cuando se cansa, el de la izquierda. Penetrar al mundo imposible del espejo. Revuela y revuela, choca, cae para detrás, se levanta, aletea y lo vuelve a intentar de nuevo. No está preso, porque, cuando lo acucia el hambre, desaparece y regresa a las horas con alguna semilla, una miga de pan o una ramita en su pico. Víveres para ese paraíso infinito. Para ese viaje a un horizonte desconocido. Si abro la ventana, vuela. Pero regresa al instante, atrapado por ese espejo, y persiste y persiste sin descanso intentando penetrar en él. (...)

Rafael Cabanillas termina explicando por qué los gorriones están desapareciendo a un ritmo vertiginoso y alarmante  –unos siete millones en las últimas dos décadas en España–. “No quiero pensar que tú, querido compañero, mi entrañable vecino, has muerto. Explican los científicos que el excesivo desarrollo urbanístico de cemento, chapa y hormigón os ha ido matando poco a poco. La contaminación, el estresante ruido de la ciudad, la falta de insectos y de espacios para nidificar, el compartir nuestra comida basura, el cambio de los ecosistemas, los pesticidas de la agricultura, la pérdida de biodiversidad, la escasez de zonas verdes... están acabando con vosotros. El hombre cargándose a uno de los seres más bellos de la naturaleza, que lleva miles de años junto a ti. 11.000 años compartiendo nuestro espacio doméstico. Sociables y humildes, ternura de plumas, adaptándose a nuestra forma de vida. ¿Para qué? ¡Para nada! Se acabó. La alegría de las plazas, la sinfonía de trinos de las arboledas, la cercanía y la convivencia con los seres humanos, se muere. Adiós, pájaros. Con vosotros, muere también un poco la primavera. Una despedida como aviso de que nosotros seremos los próximos. ¿Qué más tiene que pasarnos?”

En cuanto al pequeño gorrión del alféizar que tanta compañía le hizo a lo largo de estos años, no le duele que desapareciese de su vida el último día del invierno sin decirle adiós. “Sé que estás vivo. Pertinaz, alegre e inquieto. Porque por fin, después de tanto esfuerzo, conseguiste atravesar y meterte dentro de ese espejo. ¡Feliz viaje al paraíso, amigo! Mi sueño infantil de volar… se cumplió contigo”.

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