lunes, 28 de mayo de 2007

28 de mayo. Promesas electorales.

Durante las dos últimas semanas, los aspirantes a concejal o a alguna de las comunidades han ofrecido promesas de todo tipo. La mayor parte de ellas fueron sobre la seguridad, la corrupción y el urbanismo salvaje. No faltaron las más variadas y variopintas: playas en el Manzanares, recuperación del tranvía, descentralización de la ciudad, potenciación de barrios, privatización de la sanidad, mejora del metro, guarderías, residencias de ancianos... Pero, curiosamente, apenas ninguna propuesta sobre la reducción del paro –un 8’5 de la población–, la peor de las plagas que hoy sufrimos, o sobre su eliminación. Es como si los futuros ayuntamientos y asambleas, resignados ante este cáncer que amenaza nuestra sociedad, no se hubieran enterado de que sigue habiendo millones de ciudadanos sin trabajo o no están dispuestos a luchar contra la esta situación.

En cambio, he oído discursos apasionados sobre la corrupción y la política antiterrorista, acusaciones mutuas de los grandes partidos, a veces sincopados por frases calculadas como esa de Rajoy: “Somos el partido del sentido común. Vamos a ganar las elecciones municipales y autonómicas y después las generales. Lo veo, lo palpo y lo siento”. Acusaciones de Zapatero sobre “el montaje y principios de hojalata” de los populares. O la de éstos que achacan al Gobierno “haber claudicado ante los terroristas”, augurando “durísimas consecuencias para la democracia y para España”. Calificaciones mutuas de “bajeza moral” y de “maniobras indignas”. Incluso reproches de un ex presidente (Aznar) al Gobierno socialista de hacer conseguido que “media España no acepte la otra media”, con la consiguiente advertencia de que “eso es lo que nos condujo a lo peor de nuestra historia hace 70 años... y cada voto que no venga al partido popular será utilizado justamente para esa política de exclusión”.

He visto en estos días polideportivos y plazas de toros abarrotadas de gente mayor que fue “invitada” a aplaudir a sus “defensores” a cambio de unos bocadillos y de un autobús gratis. Y he oído a Rajoy, satisfechos de haber llenado hasta la bandera: “Es el acto más hermoso en que he estado en mi vida política el acto más emocionante de mi vida. Aquí no se ha movido nadie y no cabe ni un alfiler. Esto es el PP”. Zapatero ha advertido a Rajoy de que “no recuperará el poder metiendo miedo... Los españoles sólo tienen miedo al pasado y la derecha es el rostro del pasado”. Y el líder de IU ha afirmado que la prueba de que la derecha está desesperada es que ha sacado “del baúl de la historia” y, con él, los “tics franquistas del PP”. Para Llamazares, “franquista es poner catastrofismo en la realidad y presentarse como la única salida patriótica frente a la antipatria que representa el resto de los españoles”.

Me pregunto quiénes son los perdedores porque, curiosamente, los dos partidos mayoritarios se enorgullecen de haber vencido. Rajoy proclamó con entusiasmo: “Hemos vencido, y el PP vuelve a ser el primer partido de España.”. Y los socialistas, que reconocen haber perdido en Madrid, se jactan de tener 755 concejales más que los populares. Zaplana , radiante, proclama: “Hemos ganado de una forma clara” Y López Garrido: “Es el PSOE quien ha ganado”

Todos se sienten ganadores y ninguno perdedor. Pero una cosa, al menos, está clara: Que la abstención alcanzó un 36’16 por ciento. Y, para mí, lo más emblemático de ese puzle político no son estas citas que demuestran el oportunismo del momento y lo alambicado del pensamiento actual, sino esta España que no quiso votar y la falta de compromiso y referencia a uno de los problemas más graves del momento: el paro de más de dos millones de españoles –frente a los 20 millones de los que trabajan– a los que no se les prometió nada, pero se les requirió seguir votando. ¿Será por eso que los índices de no votantes fueron esta vez tan bajos?

1 comentario:

Antonio Piera. Madrid. dijo...

- Si yo fuera Rajoy no estaría tan contento. Cambiar 160.000 votos por la pérdida de gobernabilidad en dos comunidades autónomas y nueve grandes ciudades, además de un par de miles de concejales, no me parece un trueque favorable.
- Si yo fuera Zapatero no bailaría en una pata. Subir en número global de concejales a cambio de perder en Madrid por humillante goleada y sobrevivir en base a acuerdos de difícil interpretación no me parece para tirar cohetes.
- Si yo fuese Llamazares no sería feliz. Haber perdido más de un 13% de los votos que tenías, pese a incrementar los concejales y sin aprovechar para ser la alternativa frente a la crispación se parece demasiado al estancamiento, cuando no al fracaso. Hasta Córdoba peligra.
- Si yo fuera un político convencional no aplaudiría con las orejas, porque la participación ha bajado pese al énfasis virulento de las campañas, lo que demuestra que la crispación no consigue interesar al ciudadano. El desinterés se viste de abstención.