viernes, 25 de mayo de 2007

25 de mayo. La dignidad de un perro o un gato.

Tom y Merlín, mis dos canes, se pasan la primavera jugueteando, haciéndose cómplices de sus carreras y retozones y compartiendo sus miedos por los petardos y los truenos. Cada vez que hay tormenta, relampaguea y suena a estampida, se acojonan y aporrean la puerta, que es su modo de suplicarme que les deje entrar. En cambio, mis cuatro gatos holgazanean por los rincones preferidos de casa y Pluie, mi predilecta, acostumbra a hacerme compañía todo el día, mientras escribo o toco la trompeta. Es el único de los mininos que araña y garapatea la puerta de mi estudio cuando me oye. Le abro y se acomoda en un montón de libros. Por lo visto no le asusta el sonido trompetístico, y, ni da media vuelta, ni intenta salir cuando mis labios vibran contra la embocadura. Tampoco Ludwwig un felino atigrado, se inmuta ante el sonido de la trompeta, aunque la razón es que está sordo. Ignoro si de nacimiento, puesto que me quedé con él al encontrarlo abandonado. En cuanto a los otros dos, huyen en cuanto oyen el sonido potente de este instrumento que no soportan. Quién sabe si es por los sonidos que acostumbro a emitir con él...

En cambio, Pluie (Lluvia de primavera) apercibe perfectamente el sonido de este instrumento sin inmutarse lo más mínimo. Entreabre sus ojos cuando me acerco a ella y el sonido de mi instrumento parece adormecerla o calmarla, lo mismo que hacen mis perros, aunque éstos la oyen siempre de lejos. Pero, si están peleándose por alguna tontería, el sonido trompetístico, más que cualquier grito o advertencia, les calma por unos segundos y deciden olvidar sus disputas momentáneas.

Cuando muera alguno de ellos, le enterraré lo más próximo de donde vivo, para estar cerca de ellos y rememorar lo bien que supieron comprenderme y haber compartido con ellos tantos momentos. Pero, entretanto, disfrutan de su vida sin necesidad de someterse a ninguna operación para estar más bellos y atractivos, como ocurre con los humanos.

Recuerdo, por ejemplo, lo sucedido con Michel Jackson, por ejemplo, quien se sometió a numerosas operaciones de su cuerpo, gastándose miles de dólares para embellecerlo. Operaciones de nariz, de barbilla y de liposucción, diversos tratamientos para blanquear su piel, implantaciones de sus pómulos... Retocó sus ojos, sus labios, su barbilla... Todo hasta que los escándalos y juicios terminaron eclipsando su reputación y prácticamente su carrera.

Cherilynb Sarkisian, actriz de la película Hechizo de Luna, admite haber gastado millones y millones de dólares invertidos en sucesivas operaciones de cirugía estética. Tras un embarazo, se sometió a un estiramiento de la piel, le eliminaron las varices y rectificaron sus caderas. Luego se dedicó a mejorar su rostro y los cirujanos le dejaron el trasero algo respingado. Cher responde ante las críticas por estas operaciones: “Yo tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo, mi cara y mi figura”. Mientras la gente de su alrededor muere de hambre, de frío o de inactividad.

Mick Jagger, líder del grupo británico The Rolling Stones, recibió la oferta de vender en vida sus cenizas por 20 millones de libras, ofrecida por Guenther Roth, un comerciante austriaco que, a su muerte, pretende venderlas en relojes de arena a 600.000 libras por unidad. Los compradores interesados, recibirán un certificado que les facultará el reclamo de las mismas tras el fallecimiento e incineración del cantante. “Mick es el mejor símbolo de toda una generación aficionada a la música –comenta Roth– y ésta es la oportunidad de que siga siéndolo después de muerto”.

Todas estas variaciones sobre el comercio del propio cuerpo, que en muy poco se diferencia del comercio de la prostitución, han sido propuestas a varios personajes conocidos la mayoría de los cuales, tras un brevísimo intervalo, han terminado por aceptar. Sin embargo, ninguno de mis perros o mis gatos, leales hasta la muerte y desconocedores del precio del dinero, se prestaría a ello. Lo que, a mi entender, los hace tan importantes e indispensables. A veces más que los hombres.

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Jesus dijo...

"Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro."

(Albert Einstein)