miércoles, 7 de noviembre de 2007

7 de noviembre. Un liliputiense entre rascacielos.

Benidorm, una oferta turística que toca el cielo y una especulación desmedida.


Hace tres días estuve en Benidorm, residencia de no pocos españoles y extranjeros, y, según dicen, hasta el momento, el mayor cementerio de elefantes de Europa. No iba en busca de estos mamíferos en sentido figurado sino de la calma y sosiego de un pueblo de tres mil habitantes, entre pescadores y marineros. Claro que eso ocurría hace setenta años. Hoy, se contabilizan casi setenta mil habitantes y la ciudad cosmopolita cuenta con 33.000 plazas hoteleras que acogen, en plena temporada, a más de 250 mil turistas. Es en ese enclave turístico, basado en la altura y el hormigón –segundo lugar, después de Manhattan, con más número de rascacielos por metro cuadrado–, en donde pasé cuatro días junto con los componentes de la Banda de música de Alcalá de la que formo parte. Viaje aprovechado para despedirme de ellos tras ese “descanso”, ganado gracias a nuestras actuaciones de este año.

Perdido entre edificos mastodónticos para turistas de élite que gustan de la altura, este pequeño liliputiense pasó el puente de los Difuntos y de Todos los Santos en esta ciudad de rascacielos, donde todo, del nacimiento a la muerte, se mide por el valor del dinero y todo circula en torno al euro. Y allí se alojó, en el hotel Poseidón, en donde la mayor parte de clientes desconocía la identidad de ese dios griego que se enfrentó a los dioses, junto con los componentes de una banda sin instrumentos, tan solo con dos boquillas, la de Juan Luis, que practicó unos minutos todos los días, entre broma y broma, y la de este menda, que la descuidó casi por completo. En cambio, pasamos horas interminables de ocio tentados por la seducción gastronómica y por un dulce “farnientes” bajo el sol de noviembre, paseando a lo largo del paseo marítimo o entre calles repletas de bares, restaurantes y puestos para turistas.

Tanto en Aqualandia y en Mundomar, dos parques acuáticos, como en Terra Mítica, “uno de los grandes parques temáticos españoles –decía su publicidad– basado en las distintas civilizaciones que habitaron el Mediterráneo”, el mito sucumbe ante la curiosidad y la emoción dispara la adrenalina. Pero los diversos estímulos a veces no provocan más que aburrimiento y desengaño. Nada más entrar el Terra Mítica, este liliputense pudo apreciar un pequeño cementerio de quita y pon lleno de tumbas y un mundo presentado bajo los efectos de Hallowenn. Pero la presencia de brujas, fantasmas y monstruos se le antojaron pobres en imaginación y fantasía. Los grandes carteles de “la cripta de los muertos” o la escena en la entrada de dos gigantes que celebraban una boda “hasta que la muerte nos separe” produjeron algunos gestos abúlicos y tediosos. Y por más que se multiplicaran los esqueletos, jalonando los edificios de la entrada, en los muros, puertas y ventanas, en los escaparates o flotando sobre el lago del interior, ni un estremecimiento de pavor, ni una sola gota de sudor frío.

“Benidorm –seguía gritando la publicidad– es una ciudad llena de vida, sol y diversión., diseñada para disfrutar a todas horas y durante todo el año”. Pero las espectaculares discotecas, las atractivas terrazas, el comercio variado, la cantidad y variedad de cafeterías y de restaurantes y la oferta nocturna en boleras, bingos, pubs, discotecas, lugares de espectáculos y lujosos casinos”, no cambiaron mi estado de ánimo.... Una noche, algunos se desplazaron al Gran Hotel Bali, el más alto de Europa, con 200 metros de altura y 776 habitaciones en 52 plantas, doce suites, 10 habitaciones para discapacitados ricos y 23 ascensores, dos de ellos panorámicos, en donde ofrecían un stripsease integral, espectáculo que a este liliputiense se la trajo floja. Tanto que prescindió de él.

“Benidorm –leí en un artículo, creo que era de Manuel Vicent– es una inmensa obscenidad urbanística, perpetrada por varias generaciones de alcaldes democráticos y no-democráticos que consideraron oportuno relanzar la economía local con turismo veraniego hardocriano. Para ello, una planificación urbanística desbocada creó dos inmensos barrios, a poniente y a levante, en los que la gran mayoría de edificios son rascacielos. Y la ratio de servicios públicos y equipamientos respecto de los habitantes –extraoficialmente, hasta medio millón– es equiparable a la de cualquier país subdesarrollado. Por no haber, no existe ni una estación de autobuses en condiciones: los coches de ALSA, Alsina Graells, y otras compañías, aparcan en un trozo de la Avenida Europa y son abordados por los viajeros con preguntas ‘¿este dónde va?’ para desespero de los chofers”.

Definitivamente, los elefantes ya no acuden a morir a su cementerio de Benidorm. Dicen que ahora se dan cita en Alicante.

1 comentario:

Juan Luis dijo...

Santiago soy Juan Luis, por fin, lo que esperábamos