jueves, 5 de mayo de 2011

Aquellos 33 chilenos de la mina.



"Los mineros de Acatama", una de trantas historias contadas para el cine.




El 13 de octubre del año pasado, 33 mineros chilenos enterrados a 622 metros de profundidad, eran rescatados por un laborioso túnel. Durante 69 días, se habían quedado atrapados en la mina de oro y cobre de San José, en el desierto de Atacama (al Norte de Santiago). Ninguno de ellos imaginaba lo que les esperaba afuera, en la superficie. Algunos expertos creyeron que iban a necesitar mucha ayuda psicológica y asesoramiento para poder sobrevivir después de aquel enterramiento. Pero lo difícil llegaría después, al salir y enfrentarse con la fama y el paso del tiempo, convirtiéndose en meros productos televisivos y publicitarios. Comenzaron a recibir ofertas de toda clase mientras televisiones, revistas y periódicos de todo el mundo los avasallaban con sus constantes preguntas y peticiones de entrevistas. El multimillonario chileno, Leonardo Farkas, entregó a cada familia de los mineros recuperados un cheque de 9.000 dólares. Steve Jobs, el dueño de Apple, les dió un Ipod (reproductor de audio digital) a cada uno de ellos. Los equipos del Real Madrid y del Manchester United les ofrecieron visitar sus estadios. World Disney Company les invitó a visitar sus parques de atracciones. Una empresa minera griega les regaló un viaje por las islas griegas. Y diversos editores y directores de cine contaron esta historia en libros y en películas (hasta la productora triple equis de Leonardo Barrera, se inspiró en los titanes de Atacama, promocionando “La mina que se comió a los 33”, una peli porno de los mineros). La hazaña de “los 33” acaparó la atención de personajes tan dispares como el Papa Bededicto XVI y el presidente Obama.

Es difícil olvidar el momento en que fueron desvueltos al mundo. Mario Sepúlveda, electricista, llegó gritando a través del ducto por donde subió, y, a su salida, repartió piedras del interior de la mina a todas las autoridades. Mario Gómez, conductor, fue recibido por su mujer, y, tras abrazarla, se arrodilló para rezar. “Gracias por creer que estábamos vivos”, le dijo Edison Peña, soltero de 34 años, al Presidente Piñera, en la boca del pozo. Víctor Segovia, electricista, no perdió el tiempo y escribió una bitácora de los casi 70 días de encierro. Esteban Rojas, encargado de mantenimiento, se arrodilló, alzó sus brazos al cielo y abrazó a su esposa a quien, durante su confinamiento, le había prometido por carta casarse por la Iglesia. Yonni Barrios, el encargado de elaborar los informes médicos de sus compañeros y de vacunarlos, se abrazó con su amante Susana. Pero, la mujer legal que reclamaba ser su pareja, en una disputa, terminó a golpes con ella. Raúl Bustos, mecánico hidráulico, quien había trabajado en los astilleros de la marina de Chile, en Talcahuano, destruido por el maremoto del 27 de febrero, fue recibido con un beso por su esposa, y saludó luego al presidente Sebastián Piñera, a quien abrazó y le dijo que siguiera “por la misma senda”…

Dos meses después de haber sido liberados, en las navidades del 2010, los 33 mineros ya se habían convertido en estrellas de los programas de televisión, habían viajado a España, Inglaterra y Estados Unidos, y habían quedado en cuarto lugar en la clasificación de Personajes del Año de la revista estadounidense “Time”. Aquellos mineros que vivieron el derrumbe que los sepultó en la Mina, conocieron también la otra cara de la moneda. Y muchos de ellos se enfrentaron a problemas o rupturas con sus familias. Mario Sepúlveda, “Super Mario”, vive hoy de dar charlas en empresas privadas en Chile por las que recibe unos 2.400 euros por 45 minutos cuando, en el yacimiento, ganaba menos de 1.200 euros al mes, casi cuatro veces el salario mínimo del país y, por tanto, un sueldo alto para la media chilena. El boliviano Carlos Mamani, un jovencito de 25 años, único minero no chileno, viajó en dos ocasiones a Bolivia, donde recibió el Premio Personaje del Año. Aseguró que se quedaría a vivir en Chile, en donde había nacido por segunda vez, al salir de las profundidades de la mina, pero, a finales de octubre, aceptó una oferta laboral que le hizo el presidente Evo Morales para ingresar en la compañía Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia por un sueldo cercano a 800 euros mensuales”.

Casi siete meses después de ser desenterrados, los 33 mineros chilenos han protagonizado no pocas historias vividas fuera de la mina, contadas por narradores y novelistas. Mientras que otros mineros continúan sufriendo las calamidades de siempre sin que ni la prensa ni los presidentes les hagan puñetero caso. A lo mejor, si se les hunde la mina y tienen la suerte de quedarse atrapados en ella, pueden, tras días de encontrarse incomunicados, ser ellos los afortunados. Pero mucho me temo que la historia no vuelva esta vez a repetirse. Y que no todos tengan tanta suerte. Tal vez, esa vieja hada que, de vez en cuando, pasa por nuestro lado, se haya cansado de tanto agasajo y halago.