Como un juguete roto.
La última vez que di
señales de vida a través de mi web fue el pasado martes. Ese día sufrí un
desmayo, mientras tocaba la trompeta, cayendo al suelo y, al estar solo y medio
mareado, me levanté como pude me tumbé en la cama, esperando la llegada de los
míos. Cuando llegaron, llamaron por teléfono a una ambulancia que me llevó al
Hospital Infanta Sofía, dejando la comida en la mesa.
Allí viví una experiencia
que me dejó en un principio algo perplejo. Me recibió un grupo de una quincena
de médicos y estudiantes de enfermería que me recordaron las circunstancias de
mi caso: mi mareo con inestabilidad, mi posterior pérdida de conciencia, la dificultad
en mantenerme en pie... todo ello provocado, al parecer por la insistencia en
tocar la trompeta, lo que podía ser la causa o efecto de mi desestabilidad
emocional.
A continuación, recuerdo
que me llevaron tumbado en una camilla muy elevada, sin que pudiera observar
otra cosa que los diferentes sostres ofrecidos a mi paso. Según juicio clínico de
los médicos que me atendieron tuve un “probable síncope por disautonomía en
paciente con párkinson”.
Lo médicos decidieron que
me quedase en una sala llena de pacientes. Y allí viví, con casi mis 83 años, la
experiencia más dura de mi vida. Calculo que habría unos cincuenta pacientes,
todos ellos, desprovistos de sus ropas que cambiaron por un ligero camisón que
cubría la parte delantera, dejando descubierta toda la de atrás. Me adhirieron un complicado lío de electrodos
sobre mi pecho y brazo derecho. Una mezcla de cables que me obligaba a
permanecer inmóvil y a no jugar con ellos. Así, durante horas y horas inmovilizado.
<ara vivir así,
lisiado, en aquella comunidad no había necesidad alguna de levantarse para nada.
Así me lo indicaron cuando les pedí ir al baño y me trajeron un orinal de
botella. Insistí en que no se trataba de orinar, sino de defecar y que no
pensaba hacerlo delante de todos. Al final decidieron que algún auxiliar me
llevase sentado en una silla de ruedas. Cuando llegué al baño, me impidieron
que cerrase la puerta con el pestillo. Decidieron dejarla entreabierta,
aconsejándome darme prisa y no dormirme.
Llegada la hora de la
cena sirvieron a todos, pasando de largo cuando llegaba mi turno. Me habían
dicho que me darían de cenar y deseaba comer algo sólido. Pregunté la razón de
mi ayuno y me trajeron como favor especial un yogur que había sobrado.
El resto de la noche fue
un infierno continuo entre lamentos de un enfermo que no dejaba de quejarse con
sus gritos y protestas desaforadas. Las horas pasaban muy lentas y el sueño no
lograba hacerme sucumbir. Y estaba decidido a protestar y a no continuar con
esa experiencia.
Pero, al día siguiente,
cuando la médico responsable me visitó, antes de abrir yo mi boca, me comentó.
“Esta misma mañana le damos el alta”. Y horas después me encontraba yo en casa,
desencajado e inservible como un juguete roto... Y así continúo, intentando
recuperarme.

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