domingo, 7 de junio de 2026

Como un juguete roto.

 


La última vez que di señales de vida a través de mi web fue el pasado martes. Ese día sufrí un desmayo, mientras tocaba la trompeta, cayendo al suelo y, al estar solo y medio mareado, me levanté como pude me tumbé en la cama, esperando la llegada de los míos. Cuando llegaron, llamaron por teléfono a una ambulancia que me llevó al Hospital Infanta Sofía, dejando la comida en la mesa.

Allí viví una experiencia que me dejó en un principio algo perplejo. Me recibió un grupo de una quincena de médicos y estudiantes de enfermería que me recordaron las circunstancias de mi caso: mi mareo con inestabilidad, mi posterior pérdida de conciencia, la dificultad en mantenerme en pie... todo ello provocado, al parecer por la insistencia en tocar la trompeta, lo que podía ser la causa o efecto de mi desestabilidad emocional.

A continuación, recuerdo que me llevaron tumbado en una camilla muy elevada, sin que pudiera observar otra cosa que los diferentes sostres ofrecidos a mi paso. Según juicio clínico de los médicos que me atendieron tuve un “probable síncope por disautonomía en paciente con párkinson”.

Lo médicos decidieron que me quedase en una sala llena de pacientes. Y allí viví, con casi mis 83 años, la experiencia más dura de mi vida. Calculo que habría unos cincuenta pacientes, todos ellos, desprovistos de sus ropas que cambiaron por un ligero camisón que cubría la parte delantera, dejando descubierta toda la de atrás.  Me adhirieron un complicado lío de electrodos sobre mi pecho y brazo derecho. Una mezcla de cables que me obligaba a permanecer inmóvil y a no jugar con ellos. Así, durante horas y horas inmovilizado.

<ara vivir así, lisiado, en aquella comunidad no había necesidad alguna de levantarse para nada. Así me lo indicaron cuando les pedí ir al baño y me trajeron un orinal de botella. Insistí en que no se trataba de orinar, sino de defecar y que no pensaba hacerlo delante de todos. Al final decidieron que algún auxiliar me llevase sentado en una silla de ruedas. Cuando llegué al baño, me impidieron que cerrase la puerta con el pestillo. Decidieron dejarla entreabierta, aconsejándome darme prisa y no dormirme.

Llegada la hora de la cena sirvieron a todos, pasando de largo cuando llegaba mi turno. Me habían dicho que me darían de cenar y deseaba comer algo sólido. Pregunté la razón de mi ayuno y me trajeron como favor especial un yogur que había sobrado.

El resto de la noche fue un infierno continuo entre lamentos de un enfermo que no dejaba de quejarse con sus gritos y protestas desaforadas. Las horas pasaban muy lentas y el sueño no lograba hacerme sucumbir. Y estaba decidido a protestar y a no continuar con esa experiencia.

Pero, al día siguiente, cuando la médico responsable me visitó, antes de abrir yo mi boca, me comentó. “Esta misma mañana le damos el alta”. Y horas después me encontraba yo en casa, desencajado e inservible como un juguete roto... Y así continúo, intentando recuperarme.

No hay comentarios: