viernes, 5 de enero de 2007

5 de enero. Maestro, más que enemigo del fuego.

Reconozco que en mi vida, sólo sé hacer dos cosas de una manera pasable: escribir y tocar la trompeta. Aunque, por mucho que me esfuerce en ambas, soy consciente de que necesito mucho ejercicio y corrección. Algo que no es siempre comprendido por los que me rodean.

En estos momentos, me siento lo mismo que un bombero al que, un día, se le deja de contratar oficialmente porque se le considera mayor y se ha optado por los jóvenes. ¿Mayor –me pregunto yo– para quién o para qué? Porque, si se me exige que demuestre que sigo dominando el fuego, no hay ningún problema. Estoy acostumbrado a enfrentarme con él. Lo malo es cuando, con la excedencia de este oficio, se opta por contratar a los, laboralmente, menos reivindicativos. Lo que no quiere decir que los jóvenes sean menos exigentes, pero se considera que ellos son más manejables y menos costosos.

Total que, al no participar oficialmente en sofocar ningún incendio, se me considera un desfasado y un bombero que ya no sirve para lo que es preciso. Además, consideran que rebaso en creces la edad para contenerlos y extinguirlos. Pero yo, enamorado del fuego, sigo aprendiendo a convivir con él. Consigo cierto dominio sobre el mismo y descubro parte de sus secretos que me permiten conocerlo más a fondo, hasta creer ser capaz de dominarlo a mi guisa. Algún día, si es que se me presenta la ocasión, quisiera poder demostrar que no soy enemigo del fuego, algo que puede ser muy útil al hombre, sino que intento ser maestro del mismo, y que lo puedo convertir en algo aprovechable. Pero, entretanto, soy considerado como un viejo inútil por esta sociedad, que impone sus reglas y sus normas según su conveniencia y reparte certificados a su gusto. Y todo porque, a mi edad, soy un parado, sin relación alguna con el antiguo oficio de bombero o, en mi caso, de periodista.

Mas yo sé que, aunque sea un parado oficial, jamás he dejado de trabajar. En mis cinco años de paro laboral, nunca he abandonado la escritura ni la música, belleza intelectual y acústica, y aliciente que surge espontáneamente de mi forma de vivir. Cuando se supera la barrera de los cincuenta, y yo ya rebaso los 57, pasa uno a convertirse en un trasto desfasado en esta sociedad competitiva. En ella, yo ya no lucho por mantener mi puesto sino por afianzar mi relación con las letras y la música, que no han dejado de estrecharse y de mantenerme vivo. Llevo publicados cuatro libros de ensayos, más otros no publicados que duermen el sueño de los justos. Y he formado y formo parte de bandas de música, de una sinfónica de la que se ha hecho público el primer disco compacto, y de un conjunto de metales o instrumentos de viento. Jubilado, sí, y sin derecho a un trabajo como los demás, pero con una actividad más movida que nunca.

miércoles, 3 de enero de 2007

3 de enero. El rey, gesticulando en la tele.

Entre los personajes con aires fantasmagóricos que se asoman estos días a la pequeña pantalla, vislumbro el del Rey, vestido de gala y repitiendo los mismos gestos en cada aparición pública. Dicen que representa a la Monarquía española. Por lo visto, ésta no precisa del voto de las urnas. Su aparición y el empleo de sus tópicos me producen siempre sueño y sopor. Sobre todo cuando bajo el volumen del aparato receptor. Su voz se queda muda mientras observo cómo mueve sus labios y sus manos y hasta me imagino los hilos invisibles por los que recobra vida, gesticulando ante millones de televidentes. Su presencia en la pequeña pantalla me recuerda cierto tiempo de mi vida pasada.

Tenía yo treinta y dos años cuando moría el dictador y se imponía esta monarquía, de una costilla de Franco. Muy pocos apostaban por este Rey, arropado por el General que había cuidado para que siguiera sus pasos. Y el 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte de quien hizo que le llamaran Caudillo, Juan Carlos I era proclamado Rey de España por unas Cortes franquistas hasta la médula y juraba sobre los Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional.

Trece años más tarde, alguien mencionaba al Rey con estas palabras: Su Majestad es Rey por herencia y por bragueta. Era el comentario que hacía, en abril de 1988, el que fuera senador del PSOE por Cantabria, Juan González Bedoya. Se trataba del defensor de Alfonso Guerra en el escándalo por utilizar un avión Mystère de las Fuerzas Armadas para volver con su familia desde Portugal, en donde pasaba las vacaciones, salvando así un fuerte atasco de tráfico. Bedoya se lamentaba que nadie se metiera con su Majestad, el Rey, cuando utilizaba el avión o el helicóptero para ir a esquiar a Baqueira o para sus viajes privados y que, en cambio, sí se metieran con Guerra, elegido directamente por el pueblo. Claro que hay una diferencia entre el compañero Alfonso Guerra y su Majestad –añadía Bedoya–. Y es que aquel ha sido elegido por el pueblo, mientras que éste lo fue por herencia y por bragueta. No debemos escandalizarnos. Es absolutamente razonable decirlo y hay que decirlo.

El senador Bedoya no había dicho en voz alta más que lo que él y no pocos de sus compañeros de partido opinaban en voz baja, pero fue suspendido por la secretaría de Organización del PSOE a un mes de militancia. Sus manifestaciones fueron consideradas irrespetuosas con la figura del Rey y lo que representa.

Otros políticos se declaraban oficiosamente republicanos. No conozco ningún partido de izquierdas en España –sostenía en estas fechas Enrique Curiel, del PCE– que, doctrinariamente, se manifieste monárquico Todos los partidos de izquierdas en ese momento se manifiestan republicanos. Otra cosa bien distinta es que, en la actual situación política con el pacto institucional vigente y en la actual coyuntura, los partidos doctrinariamente republicanos se manifiesten a favor de la reforma constitucional inmediata para modificar la forma de gobierno En el inicio de esta democracia, Felipe González, en una entrevista concedida a Jacques Piquet en Hedo, revista suiza de información general, había pronunciado unas frases que hoy posiblemente no quiera recordar: Si el pueblo español escoge la vía de la Monarquía, nosotros respetaremos esta decisión, pero continuaremos manteniendo nuestras posiciones republicanas. Porque el Rey sigue siendo para nosotros el heredero de la dictadura.

Javier Tussel, en un artículo en El País, señalaba que la sociedad española seguía siendo el escenario de tensiones colectivas importantes y graves, aún siendo muy inferiores a las de hace medio siglo. Pero la existencia de una institución como la monarquía –resumía el historiador–, punto de confluencia y unión de quienes están separados por tantas divergencias, es, sin duda, muy positiva. Y quien, gratuitamente, arremete contra ella, comete un pecado de irresponsabilidad; lo hace no contra un apersona, sino contra la totalidad de la sociedad española. Todo esto no quiere decir que la monarquía o quien la desempeñe, no deban estar sometidos a crítica. Afortunadamente, una monarquía como la que tenemos no sólo lo permite, sino que, al impedirlo, la haría desnaturalizarse de forma sustancial.

Pero ¿qué sucede cuando un periodista se aleja del folklorismo habitual para criticar objetiva y fríamente la figura del Rey? Juan José Fernández, en un artículo titulado Spain is not different, en Punto y Hora del 18 de junio de 1982, así lo hacía: Este mundial –escribió, haciendo referencia al Mundial de Fútbol celebrado en ese año– va a servir para hacer aún más propaganda del Rey de España, representándolo como la democracia en persona. Por supuesto, ocultará que la monarquía fue restaurada por Franco. Se ocultará también la foto de Juan Carlos presidiendo el mitin fascista en la Plaza del Oriente, justificando los fusilamientos de los opositores en 1974, atacando la democracia europea. Dicen que la memoria no es política. Por lo visto tampoco es político que haya quien esté en la cárcel (Amuriza, Idígoras y Goróstidi) por disentir del Rey. A lo mejor no decir ‘amén’ a todo lo que digan y hagan el Borbón y su Corte es antidemocrático. A lo mejor resulta que el ‘Esuko Gudariak’ es un himno fascista. En cualquier caso, los presos políticos, el pasado fascista del Rey, las bases y composición de esta monarquía, el ruido de sables, y lo que haga falta, se esconderán bajo alfombra. España es una unidad de... ¡perdón! Es una democracia ejemplar, donde el pueblo está unido en torno a un rey demócrata de toda la vida. El Tribunal Supremo condenó a Juan José Fernández a seis años de cárcel por injurias al Rey en este escrito.

Hay otras condenas como la de los ocho meses de prisión dictaminados por la Audiencia Nacional contra Marciano Delgado Francés por haber llamado al Monarca hijo de puta durante una parada militar en la plaza de Cibeles de Madrid. Delgado, un cocinero cuarentón en paro, negó que hubiera insultado al Rey, aunque reconoció que había criticado al Gobierno por el exceso de gastos. El policía que le detuvo afirmó que había oído de su boca el insulto contra su Majestad y que, cuando se dio la vuelta, el procesado estaba atacando al Gobierno. Sea lo que sea, a mí no me extraña nada su reacción. Y lo que me parece inverosímil es que un parado como este, con el estómago vacío y sin posibilidad de trabajar, pudiera explayarse en un aplauso ante un desfile militar con cornetas, paso marcial, pompa y platillo.

En los tiempos en que nos movemos, cuando alguien pronuncia el nombre del Rey en vano, los guardias se plantan firmes, se ponen muy nerviosos, y los jueces castigan al delincuente con todo el peso de la Ley, sin atender apenas las circunstancias especiales que puedan rodear el caso. Hay magistrados, policías y hasta periodistas, tan embargados de celo real que intentan de esta manera salvar a la realeza. Y el Tribunal no para mientes hasta considerar que estos hechos constituyen un delito de injurias al Jefe del Estado, pues no puede entenderse la libertad de expresión como derecho absoluto, y, por tanto, no puede ser utilizado para desacreditar a personas o instituto alguno y menos al jefe del Estado, pues con ello se lesiona una parte del honor y dignidad de la más alta magistratura de la Nación, y, por otra parte, la fortaleza y vigor que debe tener tal magistratura.

Pese a todo, me pregunto qué honor y qué dignidad puede lesionar un pobre hombre sin trabajo, con el estómago vacío, e indignado contra una exhibición militar. En todo caso, se podría tener en cuenta el insulto de una persona totalmente cuerda, sin dificultades económicas y no herido por los latigazos de la vida. Pero las palabras e insultos de un pobre diablo asolado por el hambre, no ofenden a quien quiere, sino a quien puede. Lástima que los jueces no lo entendieran así e interpretaran que el insulto, en cualquier circunstancia, es siempre insulto, provenga de quien provenga.

Otros casos de condenas por insultar al Monarca se han registrado. Como el del locutor de la emisora pirata Radio Eguzki, con ocasión de la visita real efectuada a Navarra. Así como el del comandante de Caballería, Juan Miláns del Bosch, hijo del ex teniente general, condenado en 1981 a dos meses y un día de arresto militar por llamar al Rey cerdo e inútil.

Al contrario de no pocas leyes, que han cambiado y se han adecuado a los nuevos tiempos, en ésta, seguimos como en la época de Franco. Y sin embargo, como indica el editorial de un periódico, ni el rey se considera un dictador que sólo acepta palabras de lisonja, ni el respeto de una Monarquía parlamentaria puede defenderse con la conservación de normas del pasado. Es una de las consideraciones que el propio Rey, en aras de su actualidad y buen hacer, debiera tener en cuenta cuando sale por la tele. Por eso sigo convencido de que mantener la concepción represora de la figura del Jefe del Estado es un flaco servicio a la Corona.

lunes, 1 de enero de 2007

1 de enero del 2001. Odisea en negro sobre blanco.


Estoy hasta las narices de ver en la tele, oír en la radio o leer en la prensa escrita, chorradas presentadas como grandes verdades. Por ejemplo, esa que, desde hace varios días, enuncian como un gran acontecimiento social. Iniciamos la semana, el mes, el año, el siglo y el milenio, presagian en tono solemne los testigos del cambio de rumbo del mundo, sin darse cuenta de que siguen el curso de los que dan lo mismo de lo mismo para que todo siga igual. Llevan ya una semana con este estribillo que huele a chamusquina. Y hasta el último minuto del año que acabamos de pasar han insistido en la gran parida que ha servido para despedir los viejos tiempos e inaugurar el nuevo Año.
No me siento afortunado por el hecho de vivir en lo que ellos llaman el "ombligo del mundo", siempre en el punto geográfico más céntrico y simétrico, sin caer en la cuenta de que existen tantos ombligos como puntos geográficos hay en nuestro mundo. Y aunque hablo su mismo idioma, intento salirme de sus términos y adjetivos manipulados y me resisto a comulgar con sus ruedas de molinos y a participar de sus paridas ideológicas.

Testigo soy de un país considerado por ellos como uno de los de mayor bienestar económico y social del mundo. Uno de los de más baja mortalidad infantil, el tercero en cuanto a la esperanza de vida y decimocuarto con la riqueza mejor repartida. Pero también uno de los de los de mayor desigualdad de riquezas y de renta de la Unión Europea; el que gasta menos fondos públicos en temas sociales; uno de los más bajos en gastos educativos, con un mayor fracaso escolar y con un alto nivel de ancianos desasistidos. Un país, en fin, que tiene las mejores escuelas privadas pero también las peores públicas, y que aparta sistemáticamente a sus profesionales por el hecho de haber superado los cincuenta años.

De esta manera, he pasado una jornada más sin sobresaltos ni falsas esperanzas, sin triunfos cantados, sin palabras ahogadas por el champagne ni iluminadas por castillos de luces artificiales. De espaldas a los periódicos, a la radio y a las televisiones. Y he transformado esta "2001, Odisea del Espacio", presagiado por Stanley Kubritck, en mi particular odisea en negro sobre el blanco papel, siguiendo los pasos de Julio Cortázar en su vuelta al día en ochenta mundos.

Antes de acostarme, me observo un instante en el espejo y contemplo esta figura triste y con las arrugas marcadas por ciertos desengaños. "Tal vez mañana -trato de convencerme- haya más suerte y encuentre un trabajo. Aunque ya no eres un niño ni un mozo cualquiera. Tienes una calva incipiente y numerosos cabellos blancos, así como arrugas que delatan tus fracasos. Y pronto rallarás el definitivo otoño". Intento burlarme de esta referencia. Reírme un poco de mí mismo y de cuanto me rodea.

Pero reconozco la decepción, escondida en el fondo de mis pupilas. Me miro fijamente y sin pestañear, pese a las contradicciones y a los golpes acumulados en mi rostro y presiento que mi imagen, bañada por la inseguridad profesional, desprende cierto desengaño.

De algo estoy, sin embargo, totalmente seguro: de que nací cincuenta y siete años antes de finalizar el siglo XX y de que moriré a principios de este nuevo siglo XXI. De todo lo demás, me pesa una terrible duda.