El banderillero Javier Andana, bajo el toro "Fundidor" en la corrida del Corpus celebrada en la Real Maestranza de Sevilla a la que el Rey Juan Carlos y la Infanta Elena también asistieron.
Frente a los que defiende con uñas y dientes las corridas y apelan por la raigambre de la tradición y por el supuesto arte del toreo (los toreros siempre me han parecido hacer gala del coqueteo con la muerte, convirtiéndolo con orgullo en su profesión. Cuantos más toros muertos en sus vidas, más arrogantes e endiosados se sienten), me permito recordar las razones de quienes abogan por la supresión de la lidia. Entre ellas, las aportadas por Fernando Álvarez, etólogo, profesor de investigación (CSIC, Estación Biológica de Doñana):
- El toro sí sufre durante las corridas. Al no poder huir, no puede expresar su rechazo a la lidia. Le sigue la abundante hemorragia y los desgarros producidos por la puya y las banderillas en músculos, nervios y huesos, hasta que las repetidas estocadas y el consiguiente encharcamiento pulmonar y asfixia acaban con su vida.
- El toro no disfruta de una especial buena vida ni de una muerte digna. Como el cerdo ibérico que lleva en la dehesa la mejor vida para producir buenos jamones, las condiciones del toro en el campo son las elegidas por el ganadero para su uso en la plaza. En el concepto de muerte digna, no cabe el morir acuchillado en un espectáculo, sino ser bien tratado hasta el último momento, evitándose el sufrimiento. ¿Qué hacer, además, con la picaresca del afeitado de los cuernos, la irritación de las pezuñas o las purgas debilitantes?
- La supresión de la lidia no implica la extinción del toro bravo ni de su hábitat. Ambos se conservan con fines económicos y, de suprimirse la “fiesta”, serían conservados, como lo son otros ecosistemas y razas bovinos, incluido el uro primigenio. El sufrimiento de los humanos y de otros seres no justifica la tortura del toro en la plaza. Ocuparnos ante todo del sufrimiento de otros seres humanos no es pretexto para continuar produciendo dolor en los animales.
- El aspecto artístico y tradicional de la lidia no justifica su componente sádico. Puede quizás expresar un cierto sentimiento heroico de la vida y algunos experimentan una emoción estética en el ambiente colorista de la plaza. Para muchos otros, esa emoción la anulan los mugidos y jadeos del animal desesperado y los chorros y vómitos de sangre. La machacona alabanza de la “fiesta” en prensa, radio y televisión, habitúa desde la infancia al ciudadano, quien llega a no ver al toro como un ser que siente. Hasta las instituciones del Estado participan en este embotamiento, subvencionando o asistiendo sus cabezas visibles a las corridas.
- El beneficio económico de la lidia está manchado de sangre. Y justificar el espectáculo del sufrimiento con el beneficio económico es inmoral. La campaña a favor de la lidia está a cargo de críticos taurinos, ganaderos, toreros y empresarios.
- La oposición a la lidia ha sido una constante en la historia de España. Isabel la Católica, Lope de Vega, Tirso de Molina y Quevedo, mostraron su aversión por los toros. Para los ilustrados, la “fiesta” era bárbara, sangrienta y cruel, y varios reyes borbones la prohibieron. Su restauración por José I y Fernando VII fue fuertemente protestada. A los taurófobos escritores del 98 les siguió el afán taurino de los poetas del 27, deslumbrados por el enfrentamiento hombre-animal. Ferrater Mora fue la discordante voz anti-taurina en la dictadura.
- Si la lidia ha iluminado grandes obras pictóricas y poéticas, fue mayúsculo en sus autores el olvido del toro, sacrificado a sus entelequias. En contrapartida, se han manifestado respecto a ella, como “fiesta” bárbara de desprecio al animal, figuras extranjeras y de cultura ibérica. Entre las últimas, Balmes, Campomanes, Jovellanos, Blanco White, Larra, Joaquín Costa, Pío Baroja, Caro Baroja, Jacinto Benavente, Leopoldo Alas, Ramón y Cajal, Unamuno, Gregorio Marañón, Sorozábal, Ferrater Mora, Francisco Umbral, Haro Tecglen, Rodríguez de la Fuente, Salvador Pániker, Esperanza Guisán, Eduard Punset, Rosa Montero, Lucía Etxebarria. Muños Molina, Jesús Mosterín, Manuel Vicent y Saramago).