"Un hidalgo de teta y bragueta".
“Apenas dos meses y medio
llevaba viuda María Cristina de Borbón cuando le echó el ojo a uno de sus
guardaespaldas. Se lo llevó a su recién adquirida finca de ‘Quitapesares’,
pegadita al Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, en Segovia, y le dijo ‘Fernando,
tú vas a ser para mí. Pero no para un rato… no. Tú vas a ser para mí para
siempre’. Así comienza en Público la periodista y escritora Nieves Concostrina
un nuevo capítulo de Borbolandia. “A ver… majestad -debió de decir Fernando
Muñoz-, que usted es la reina regente, que yo soy vuestro guardaespaldas, que
soy de Tarancón y que soy el hijo del estanquero del pueblo. Esto no puede
salir bien”.
“¿Qué no? Te digo yo a ti
que sí. No me digan que no tiene guasa que te líes con uno de tus guardias de
corps en una finca que se llama ‘Quitapesares’ cuando no hace ni tres meses que
has dejado a tu marido Fernando VII pudriéndose en El Escorial. La
reina regente nombró a su noviete gentilhombre de cámara, le puso un sueldo de
30.000 reales, le apañó una habitación cerquita de la suya, y diez días después
de haberle tirado los tejos se estaban casando a escondidas a las siete de la
mañana en un cuarto apartado del palacio real de Madrid. Ejercieron como
testigos el marqués de Herrera, la modista Teresita Valcárcel y la moza de
retrete Antonia Robledo. Como oficiante, un cura pánfilo y recién ordenado,
paisano del novio, llamado Marcos Aniano. Vivía este joven de 23 años en una
pensión de Madrid, e imagino el susto cuando fueron a buscarle para decirle que
tenía que celebrar una boda con alguien de su pueblo, en palacio y en secreto.
Susto que pasaría a soponcio cuando comprobara que la novia era la reina
gobernadora María Cristina de Borbón, aun guardando supuesto luto por la muerte
del mastuerzo.
“¿Cómo tramitar la documentación
del matrimonio? ¿Dónde registrarlo? ¿A quién pedir los permisos? Naaaa… le dijo
la reina. Tú nos casas y te olvidas. Se trata de no afrentar a dios, que del
gobierno de España, de los españoles y de la legalidad vigente ya me ocupo yo
pasándomelos a todos a la vez por mi real arco del triunfo. El curita Aniano
cumplió órdenes, guardó silencio y celebró la boda secreta pese a las
advertencias del obispo de Cuenca y el nuncio apostólico de que esa boda no iba
a ninguna parte. En recompensa fue nombrado capellán de honor de la casa real,
administrador del hospital del Buen Suceso y deán de la Santa Iglesia de La
Habana, todo ello bien regado con unos cuantos miles de reales al año. También
se convirtió en el único confesor de María Cristina a partir de entonces y por
motivos evidentes. De verdad que, si dios existió alguna vez, el mismo día que
dio vida a los gamusinos, también creó la hipocresía, le puso dos patas y dijo,
vosotros seréis mi tribu.
“La boda fue un secreto a
voces, como cuando el convicto Juan Carlos I, meritorio tataranieto de María
Cristina, manejaba amantes y comisiones a cuatro manos, pero, por respeto a su
ignominiosa majestad, todos los políticos, tan demócratas como machirulos, y
todos los directores de los medios de comunicación y no por ello menos
machirulos (Juan Luis Cebrián, Pedro José Ramírez, Luismari Anson…) bien que
cuidaron de salvaguardaron la inmoralidad del corrupto adúltero hurtándole la
verdad a sus lectores.
“La salud constitucional,
el acatamiento de las leyes morales y civiles y el respeto a los españoles no
fueron tenidos en cuenta ni por María Cristina, la que puso en marcha el
envilecimiento de la dinastía Borbón, ni por su discípulo y digno continuador
Juan Carlos I de España. Por eso la corrupción tiene un apellido común en este
país desde hace 180 años: María Cristina, Isabel, Alfonso XII, Alfonso XIII,
Juan, Juan Carlos y… ¡ah no! Calla… este no… que ahí sigue el artículo 490.3
del Código Penal. Felipe VI es honradísimo, honestísimo y fidelísimo. ¿La
ironía también es punible? Espero que no.
“Aquella unión fullera de
María Cristina de Borbón con el hijo del estanquero de Tarancón espeluznó a las
Cortes, porque no se había dado autorización para ese matrimonio morganático
que, además, violaba la ley dinástica de los borbones. La reina gobernadora
había quedado automáticamente inhabilitada legalmente para regir el país en
nombre de la heredera, su hija Isabel, pero gozó de la protección por parte de
ministros, políticos y eclesiásticos para continuar con su indecorosa vida
privada, con sus tejemanejes y dejando de lado el cuidado y el adiestramiento
de la futura soberana, que creció y se desarrolló con los mismos vicios y
carencias que su madre y heredó las vilezas de su padre.
“María Cristina de Borbón y Fernando Muñoz, que empezó a ser conocido sarcásticamente como Fernando VIII, se dieron de inmediato a la fornicación más desenfrenada, a la vez que la familia del novio inició un ascenso también desenfrenado: el estanquero de Tarancón fue nombrado vizconde de Sabiñán y conde de Retamoso, le hicieron caballero de la Orden de Santiago y lo instalaron como administrador del Real Cortijo de Aranjuez. El hermano, José Antonio Muñoz, pilló un pedazo de cargo como contador del Patrimonio de la Real Casa y, por supuesto, al propio Fernando hubo que regarle con títulos y cargos, aunque eso no evitó que siguieran señalándolo como el ‘hidalgo de teta y bragueta” (...)..

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