El Mundial del miedo.
Estados Unidos llevaba 32
años esperando volver a organizar un Mundial. Lo que nadie imaginaba es que
acabaría convirtiéndolo en una exhibición planetaria de vigilancia migratoria,
controles fronterizos y miedo institucionalizado. La FIFA intenta vender el
torneo como una celebración global del fútbol. Pero Donald Trump lo utiliza
como escaparate político de su modelo: orden, policía y deportaciones. Y en
medio quedan millones de personas preguntándose algo bastante más básico que
quién ganará el campeonato: si podrán entrar al país, si se atreverán a ir al
estadio o si volverán a casa después sin cruzarse con el ICE.
La tensión ya estalló
antes del primer partido. En Los Ángeles, una de las sedes estrella, más de
2.000 trabajadores votaron autorizar una huelga mientras exigían garantías de
que el ICE no actuará dentro ni alrededor de los estadios. No es paranoia.
Muchos de esos trabajadores de limpieza, restauración, seguridad o logística
son latinos con situaciones migratorias vulnerables o familias mixtas donde
algunos tienen papeles y otros no. El miedo no está solo en una redada
espectacular. Está en algo más cotidiano y mucho más eficaz: una identificación
rutinaria, un control en el metro, un dato compartido desde una acreditación
laboral o un agente federal demasiado cerca del aparcamiento del estadio.
Por eso organizaciones
migrantes y grupos de derechos civiles ya están organizando redes de respuesta
rápida, teléfonos de emergencia y formación legal para aficionados y
trabajadores. Porque mientras la FIFA prepara fan zones y campañas publicitarias
sobre diversidad cultural, miles de personas revisan documentos, consultan
abogados y calculan si merece la pena exponerse por ver a México, Colombia,
Argentina o Brasil jugar en territorio estadounidense. Ese es el verdadero
ambiente del Mundial de Trump: menos carnaval futbolero y más sensación de
frontera permanente.
(Spanish Revolution)

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