viernes, 20 de diciembre de 2019

Los burros no son tontos, sino tremendamente inteligentes.


Dilfenio Romero trabajó casi 40 años en el Canal de Isabel II y hace 24 creó Burrolandia, la Asociación Amigos del Burro.

Sergio C. Fanjul escribe sobre burros en El País, en donde cuenta la historia de Dilfenio Romero, de 66 años: “Tiene un aire a Chanquete, el de Verano Azul, con su gorra, su barba blanca, su rostro curtido por el tiempo, los ojos vivarachos. Trabajó casi 40 en el Canal de Isabel II y hace 24 creó Burrolandia, la Asociación Amigos del Burro, por la zona de Tres Cantos. Se pasea campechano por sus dominios, rodeado de burros, caballos, cabras, perros y otros animales, con un bastón en la mano. Los domingos los visitantes humanos, entre rebuznos, dan zanahorias y lechuga a los burros, más de 50 ejemplares (leoneses, zamoranos, extremeños, africanos…) que Romero ha rescatado, ahora que la mecanización les ha sustituido en las labores del campo: están en peligro de extinción. Con ayuda de sus colaboradores les recoge, les cuida, les cura, les proporciona una existencia plácida”.

Usar burro como sinónimo de tonto no pega en la explicación que se da de los borricos. “Es un mito. El burro es más inteligente que el caballo, y con diferencia. Si tienes siete caballos y metes un burro, a la semana todos los caballos siguen al burro. Cuando no había topógrafos ni ingenieros de caminos mandaban a un burro y, por donde pasaba, construían el mejor camino. Son tremendamente inteligentes. Aquí tratamos de reubicarlos, por ejemplo, mediante la burroterapia, que ayuda a niños discapacitados. Es un animal muy dócil, muy cariñoso, a los niños no les da miedo. Con esa función esperamos que se mantengan”. Fanjul nos lo recuerda: ·Les recogemos, muchas veces abandonados. No solemos traer caballos, pero el otro día nos llamaron porque había una cuadra abandonada, la mitad estaban muertos. No tenemos mucha ayuda, nos llaman las instituciones para recoger animales y luego se olvidan de ti. Que al menos nos den sacos de pienso para que coman los animales.

Empezó a a recoger madera y construyó casetas y cuadras. Algunas todavía aguantan desde el principio. En 2018, un incendio arrasó las oficinas, pero ya las volvió a construir. “Hace poco le llamaron para recoger una burra que andaba perdida por un pueblo de Cuenca, de un lado para otro, atravesando las carreteras. Los chavales del pueblo se montaban encima, le daban vino, le hacían putadas… Fui para allá con el remolque y me la traje. Se llama Cecilia”.

Cuenta que un médico rural leonés que iba por el mundo, de pueblo en pueblo, visitaba a enfermos montado en su burra Margarita. “Cuando nacían niños y celebraban, los aldeanos le invitaban a aguardiente. Se cogía unos melocotones que no podía ni andar. Así que le subían a la burra, le ponían una manta encima y decían: ‘Margarita, pa’ casa’. Y la burra le llevaba a casa, a veinte kilómetros, o más, por el monte. Fíjate si son listos”. Está convencido de que la gente está más concienciada ahora con los animales, aunque no todo el mundo. “¿Sabes quienes está más concienciados? No los chavales jóvenes, sino las personas mayores, las que han convivido con ellos”. Y la gente culta, añadiría yo. La que ha disfrutado leyendo “Platero y yo”, un libro escrito en 1914 por Juan Ramón Jiménez,​ que recrea poéticamente la vida de Platero, cuyo primer párrafo comienza: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal”…

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