jueves, 30 de septiembre de 2010

El presidente Chávez se quedó mudo.

(Antes de tratar el resultado y las consecuencias de la huelga general en España, preferimos esperar que los ánimos se calmen. Prometemos tratar tranquilamente el tema en el próximo domingo)




En la noche del pasado domingo, el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) había convocado a la militancia. Esperaban a su líder, pero el mandatario envió a su director de campaña, Aristóbulo Istúriz, quien celebró los resultados como una nueva victoria. En realidad, el chavismo no había alcanzado su meta de 110 bancas del Parlamento unicameral, que le hubieran otorgado una mayoría absoluta y la posibilidad de aprobar leyes sin el consenso de la oposición, sino sólo 98 diputados. La Mesa de Unidad Democrática (MUD), que conseguía 65. Pero Istúriz proclamó: “No se alcanzó la meta, pero este resultado nos reafirma como la primera fuerza del país. Resultado contundente para seguir en la lucha de la construcción del socialismo”. Por su parte, Ramón Guillermo Aveledo, vocero de la opositora MUD, confirmó que esta vez había ganado Venezuela, “porque quería una Asamblea plural y la ha elegido”.

Chávez no sólo no había obtenido las 2/3 partes de la Asamblea (que le permitiría imponer grandes reformas y nombrar los distintos poderes del Estado), sino que también había perdido en número de votos a nivel nacional, algo que sucedía por segunda vez, tras 11 años de gobierno y 13 elecciones. Pero había aplicado una rara ecuación. La diferencia entre los votos del PSUV y los del MUD era de apenas 100.000. Sin embargo, la diferencia de escaños con los de la oposición era de 33, distancia mantenida gracias a la Ley Electora retocada a favor de Chávez, “una desviación perversa”, según la calificó el propio Aveledo. No era proporcional favorecer a los estados del interior, donde Chávez era mayoría, y cambiar la histórica división de estados por circuitos electorales confeccionados por la mayoría chavista “a su capricho e interés”, según denunciaba Pérez Vivas, gobernador del Táchira, uno de los grandes vencedores de la noche.

Tras retrasar ocho horas el comunicado de los resultados, Chávez felicitó a sus seguidores a través del Twitter: “Hemos obtenido una sólida victoria. Suficiente para continuar profundizando el socialismo bolivariano y democrático. Debemos continuar fortaleciendo la Revolución. Es una nueva victoria del pueblo”. La oposición venezolana no sabía si reír o llorar. Y, como si la locura se hubiera vuelto su compañera, Chávez había preparado, de manera paralela, otro plan consistente en tomar juramento a tres mil mujeres que eran las “guardianas” que ayudarían a garantizar el triunfo electoral. Había advertido que, ante cualquier intento por descalificar el proceso, este grupo “defenderá la revolución en todos los terrenos, en todos los espacios, en todos los momentos”. Pero, pese al montaje del dispositivo, los cálculos le fallaron. Perdió las mayorías cualificadas en el Parlamento que permiten los cambios constitucionales y los nombramientos de altos cargos. Y el presidente, siempre tan locuaz, enmudeció. Veinticuatro horas más tarde, proclamaba su “amarga” victoria y retaba a la oposición. Dicen que, en tres meses, antes de que el nuevo parlamento se renueve, es capaz de hacer todo lo que pensaba de haber conseguido una nueva mayoría.