martes, 14 de septiembre de 2010

En México, a por Buñuel.



El 29 de julio de 1983 moría Luis Buñuel en Ciudad de México, un español nacido en Calanda (Teruel), en 1900. Con un total de 32 películas, era considerado como el director de cine español, naturalizado mexicano, más conocido en el mundo. Y uno de los más originales directores de la historia del cine. La casualidad lo trajo a México, en 1946, en donde rodó películas como “Los olvidados”, declarada Memoria del Mundo por la UNESCO, o “El ángel exterminador”. El Ministerio español de Cultura ha comprado a sus hijos la que fue su vivienda, que habilitará como centro cultural y de cooperación cinematográfica entre ambos países.

El golpe de estado franquista le sorprendió en Madrid, siendo siempre fiel a la democracia de la República. Lo que no fue óbice para ayudar a amigos suyos del bando franquista cuando estuvieron en peligro de muerte. En septiembre de 1936, salió de Madrid en un tren abarrotado hacia Ginebra, vía Barcelona. Allí lo había citado Álvarez del Vayo, ministro de Asuntos Exteriores de la República, quien lo mandó a París como hombre de confianza de Luis Araquistáin, embajador en Francia, para realizar diferentes misiones. Durante 1937, se encargó de supervisar para el gobierno republicano el pabellón español de la Exposición Internacional de París. El 16 de septiembre de 1938, viajó a Hollywood, encargado por el gobierno republicano de la supervisión, como consejero técnico de dos películas acerca de la Guerra Civil que se iban a rodar en Estados Unidos. Pero, terminada la Guerra, en 1941, la asociación general de productores estadounidenses prohibió toda filmografía en contra de Franco, lo que significó el fin del proyecto en el que estaba implicado. Acepta el encargo que le ofrece el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, como productor asociado para el área documental y supervisor y jefe de montaje. Dos años después, a raíz de la publicación del libro “La vida secreta de Salvador Dalí”, donde el pintor tachaba a Buñuel de ateo y hombre de izquierdas, era despedido.

Consigue la nacionalidad mexicana y logra sus primeras obras de verdadero éxito. En 1955, firma un manifiesto en contra de la bomba atómica estadounidense, lo que, unido a su apoyo a la revista antifascista “España Libre” (posicionada en contra de EE. UU.), supone su inclusión en la lista negra estadounidense. A partir de ese momento, cada vez que pasan por EE. UU. es interrogado. Y cuando alguien le pregunta si es comunista, contesta que es un español republicano. En 1961, presenta Viridiana al Festival de Cannes, como representante oficial de España y consigue la Palma de Oro, pero, el periódico vaticano, “L'Osservatore Romano”, condenara la cinta, tachada de blasfema y sacrílega, y la censura española la prohíbe, sin que se pueda proyectar oficialmente hasta 1977.

Durante toda su vida, Buñuel fue un rebelde y, hasta el último momento, estuvo luchando contra sí mismo. Decía que era “ateo, gracias a Dios” y su interior le dictaba unas normas sobre la muerte, la fe, el sexo... que su conciencia no podía aceptar. No le gustaba viajar, pero disfrutaba al visitar los sitios que le traían buenos recuerdos. El aragonés, según cuenta Armando Casas, director del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la Universidad Nacional Autónoma de México, se adaptó “muy bien” a la industria cinematográfica mexicana. Filmaba rápido, cumplía los plazos y usaba una técnica nada común entre sus contemporáneos que facilitaba mucho la edición. Buñuel no se vinculó a la política mexicana ni tuvo militancia partidista, aunque conservó su ideología comunista. Sí estuvo muy integrado en la comunidad cultural y cinematográfica del país. Como otros intelectuales españoles exiliados, “influyó mucho en la cultural nacional e interaccionó con artistas mexicanos”.

Ayer la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, en México, visitaba la vivienda mexicana del genio aragonés que aceptó ser presidente del Centro de Capacitación Cinematográfica de México, en la que vivió desde 1952 hasta su muerte. Una vivienda en donde se reunirán su objetos personales, sus documentos y fotografías, conservados por otros cineastas, y se abrirá la investigación sobre su trabajo.