jueves, 1 de septiembre de 2011

Castellón, un aeropuerto fantasma, pero con millones.


Francisco Camps y Carlos Fabra, en la inauguración del aeropuerto.


Pilotos, haciendo prácticas en el aeropuerto.


Un operario camina solo por el interior del aeropuerto.



En el aeropuerto de Castellón, ningún avión aterriza ni despega desde su inauguración, hace cinco meses, por parte de los entonces presidentes Francisco Camps, de la Generalitat, y Carlos Fabra, de la Diputación. Pero, según la última licitación publicada hace unas semanas por el BOE, el aeródromo contratará un servicio de seguridad privada por el que está dispuesto a pagar hasta 5,5 millones de euros. Y eso sin contar con lo más importante, los permisos de vuelo. El BOE del pasado 21 de julio licitaba los servicios de tránsito aéreo en la torre de control, tareas por las que Aerocas (Aeropuerto de Castellón, S.L., participada por la Generalitat Valenciana y la Diputación de Castellón) desembolsará 5,1 millones de euros. La compañía tecnológica también entra en el suministro de radio-ayudas y equipamiento de torre por otros 629.312. La electricidad, licitada en su día por 8,6 millones de euros, costará 325.570 euros adicionales. Y todo ello, a expensas de que el aeropuerto consiga los permisos. El aeródromo “fantasma” es propiedad de la Sociedad Proyectos Temáticos de la Comunidad Valenciana (SPTCV), junto a Terra Mítica o la Ciudad de la Luz, y el informe asegura que la entidad seguirá en causa de disolución si no se adoptan “otras medidas adicionales”, además de las dos ampliaciones de capital realizadas ya por la Generalitat.

Antes de solicitar las autorizaciones para recibir vuelos, Aerocas licitó al artista Juan García Ripollés una escultura de bronce para su colocación en la rotonda de entrada del aeropuerto. La factura de la misma era de 300.000 euros sin IVA. Pero, parte de la obra de este escultor –un homenaje al propio Fabra– fue robada en mayo pasado de su taller. Los ladrones –cuenta Efe – se llevaron un brazo y dos dedos de la megaestatua de 25 metros, realizados en latón y cobre y con un peso aproximado de dos toneladas.

A mediados de agosto, la asociación ecologista Gecen (Grupo para el Estudio y Conservación de los Espacios Naturales) solicitaba al Ministerio de Fomento que no autorizara la puesta en marcha del aeropuerto hasta que se cumplieran las medidas correctoras que exige la Declaración de Impacto Medioambiental. Según la organización, no se cumplen los condicionantes relativos a la protección del sistema hidrológico (contaminación de acuíferos y tratamiento de residuos), prevención de ruido, defensa contra la erosión y recuperación ambiental, entre otros. Pero el proyecto, que ya ha absorbido una inversión próxima a los 150 millones de euros, se convirtió en su momento en una suerte de atracción turística cuando el presidente de la Diputación de Castellón insistió en que los castellonenses se acercaran a pisar las pistas en tanto se obtenían las autorizaciones. Y aseguraba: “Hay quienes dicen que estamos locos por inaugurar un aeropuerto sin aviones. No han entendido nada. Durante mes y medio cualquier ciudadano que lo desee podrá visitar esta terminal o caminar por las pistas de aterrizaje, algo que no podrían hacer si fueran a despegar o a aterrizar aviones”.

Días después, deshacía el entuerto y garantizaba que la infraestructura se había realizado “para aviones y no para hacer carreras de bicicletas”. En todo caso, el proyecto requeriría cierto tiempo para funcionar a plena capacidad. “Es factible –decían los responsables de la gestora de Aerocas– desarrollar el aeropuerto en varias fases, de modo que las infraestructuras vayan creciendo a medida que lo hagan la demanda de tráfico aéreo y las necesidades de los usuarios, alcanzando su máximo desarrollo cierto tiempo después de haber empezado a ser operativo”. Hoy, este aeropuerto, cuyo objetivo era que su zona de influencia alcanzase a los países del norte de Europa, podría convertirse en la imagen contradictoria de lo absurdo y disparatado de una época.