miércoles, 30 de diciembre de 2009

Mi madre



Las Navidades me han hecho retroceder en el tiempo y en el espacio. He regresado a Mallorca, lugar en donde nací, para pasar unos días con mi madre y hermanos. Ella se halla tan viva y risueña como siempre. Pese a sus 85 años, hace habitualmente su sesión de gimnasia y natación, camina mucho, baila como una jovencita y dice sentirse como si tuviera sólo 70. Pasa gusto comiendo, eso sí, siempre con moderación, y hace todo lo que le apetece. Cuando va al mercado, no lleva nunca ningún papelito escrito sobre lo que debe comprar. Recuerda puntualmente cada alimento que debe conseguir, los teléfonos a donde suele llamar y sólo una cosa no ha conseguido aún: recordar el número de cuenta del banco en donde cobra la viudedad. Una viudedad que, si no fuera por nuestra ayuda, no conseguiría cubrir ni medianamente.

Pese a sus años vividos y los que piensa recorrer, mi madre nunca se aburre. Duerme poco. Entre cinco y seis horas. Y sus mejores sueños los realiza despierta. Conoce cada uno de sus ocho hijos, diecisiete nietos, y cinco biznietos. Se deshace por cada uno de nosotros y sus mejores momentos es cuando nos reunimos para recordar los viejos tiempos. Entonces recrea su vida y resucita los mejores y peores momentos de su existencia.

Siempre tiene algo que hacer, pero con orden. Cada cosa a su debido tiempo. Sin prisas pero sin pausas. Y, en los ratos de ocio, sabe perder las horas haciendo su “sopa de letras”. Un juego que, por su nombre, me recuerda sus platos cocinados. Es una buena cocinera. Aprendió a medida que vivía, empujada por las necesidades que se presentaron en su vida. Le gusta bailar y cantar piezas aprendidas en su juventud. Y, a parte de sus recuerdos, se pasa las horas charlando, riendo o leyendo algún libro. También la he visto llorar en momentos cruciales, como cuando murió mi padre, hace siete años. Mi madre vive cada día como si fuera el primero y el último de su existencia en una Mallorca que ella vio crecer, enriquecerse, quejarse y lamentarse de sus recesiones, mientras sigue apuntada a la tercera o cuarta edad, qué sé yo, y recorre la isla como una eterna “forastera”.