Mi más enconado enemigo.
Fue hace unos años cuando
comencé a sufrir los primeros síntomas de una enfermedad maléfica. La lentitud,
torpeza, pérdida de olfato y algunos trastornos del sueño me despertaron la
sospecha de que mi cuerpo podía estar afectado por el párkinson. Cierto temblor
de mi brazo izquierdo me imposibilitaba seguir escribiendo con normalidad en el
teclado de mi ordenador. Esos primeros síntomas me ayudaron a reconocer a mi
más enconado enemigo.
Sin embargo, el inicio
del párkinson estaba asociado con otras molestias, a veces más sutiles, a
cambios en la vida diaria y a síntomas que no llamaban tanto la atención. Los síntomas
fundamentales eran la torpeza motora progresiva, una lentitud inhabitual al
caminar o una sensación de pérdida de agilidad que se manifestaban en
actividades tan comunes como vestirme, levantarme o salir del coche. De ahí la
importancia de una detección precoz, una mirada amplia para recordar que la
enfermedad no siempre se presenta como cree la mayoría. Mirar más allá del
temblor no solo me ayudó a entender mejor qué era el párkinson, sino también a
reconocer antes señales que podían acelerar la consulta y orientar las sospechas.
El temblor podía aparecer,
pero no monopolizaba ni explicaba por sí solo el cuadro. A veces el primer
aviso no era una mano que temblaba, sino en una marcha lenta, una rigidez que iba
a más o en una pérdida de agilidad que alteraba poco a poco la rutina. Uno de
los grandes retos del párkinson era que no siempre empezaba con síntomas
fáciles de encajar. Según explicaba el doctor García
Ruiz-Espiga “la mayor parte de pacientes presentan fenómenos no motores,
como estreñimiento, depresión o dolor muscular…pero estos síntomas son muy
inespecíficos y pueden darse en personas con otras enfermedades e incluso en
personas neurológicamente sanas”. Esa precisión era crucial para no convertirlo
en una lista alarmista: había síntomas no motores, pero muchas veces eran
señales inespecíficas y podían generar falsas alarmas si se interpretaban fuera
de contexto.
“Los síntomas no motores
más específicos eran la pérdida severa de olfato y la alteración de sueño REM
(movimientos bruscos durante el sueño que podían originar caídas de la cama)”. Eran
datos con valor divulgativo porque desplazaban la conversación hacia el olfato,
los trastornos del sueño y otras pistas específicas que rara vez formaban parte
de la imagen popular del párkinson, pese a que podían resultar muy orientativas
cuando aparecían junto a otros cambios.
Yo sabía que, cuando esos
cambios se sumaban a una torpeza progresiva o a una lentitud llamativa, el
cuadro empezaba a adquirir otra dimensión. Y que, donde sociedad mejor
informada, menos atrapada por el tópico del temblor, podía favorecer una mirada
global, una sospecha razonable y una consulta temprana. “Ante un paciente que
se muestra con torpeza y pérdida de agilidad progresiva, en especial, marcha
muy lenta o que necesita ayuda para tareas comunes (vestirse, comer, levantarse
de la silla, salir del coche), merece la pena considerar remitir al neurólogo
para valoración”. La frase era especialmente valiosa porque habla el lenguaje
de la atención primaria, no describe solo una teoría, sino escenas reconocibles
de la vida cotidiana”.
Quien empezaba a moverse
peor podía pensar que estaba atravesando una época de cansancio; quien tarda
más en abrocharse una camisa podía atribuirlo a la edad; quien se levantaba con
dificultad podía no interpretarlo como parte de un problema neurológico. Eran
cambios cotidianos, a menudo sujetos a normalización, que exigían una buena
sospecha clínica cuando progresaban, persistían y empezaban a restar autonomía.
Y el párkinson sin temblores podían esconderse detrás de esas pequeñas
renuncias de cada día.
´pLa idea se reforzó aún
más cuando explica cuál era, a su juicio, la herramienta decisiva: “La
herramienta más útil es la experiencia de un neurólogo acostumbrado a tratar
esta enfermedad. Existen técnicas de apoyo, pero en la mayoría de los casos, no
son necesarias. Únicamente es altamente recomendable realizar una prueba de
imagen (TAC o RNM) ante la sospecha de párkinson para descartar otras
enfermedades (multiinfarto cerebral, hidrocefalia, etc.)”. Era una explicación
que devolvía el foco al ojo experto, a las técnicas de apoyo y a las pruebas de
imagen en su justa medida: útiles para apoyar o descartar, pero no sustitutivas
de una valoración bien entrenada. En ese terreno, la experiencia pesaba mucho.
Y cuanto más se sabía que el párkinson podía empezar sin temblor, más fácil era
que la cadena entre paciente, familia, atención primaria y neurólogo se activase
a tiempo.
El especialista introduce
un mensaje importante de equilibrio entre realismo y acompañamiento:
“Ciertamente -reconocía el especialista- es un impacto conocer la presencia de
la enfermedad, por eso es necesario dejar claro al paciente y la familia que es
una enfermedad tratable (como la diabetes), y que la actitud del paciente es
básica para su mejoría”. Convenía insistir en que se trataba de una enfermedad
tratable y que la primera aproximación importaba tanto como la información que
se transmitía. A partir de ahí, el doctor añade un elemento muy concreto que
hoy se considera central en el abordaje: “No solo cuenta el tratamiento médico.
También cuenta la actividad y el ejercicio físico del paciente. Un paciente
activo, que anda a diario, que se mueve, que va al gimnasio evolucionará mejor.
El paciente es en buena parte responsable de su futuro”.
Me hago estas reflexiones
diez días después de celebrar el Día Mundial del Párkinson. “Esta enfermedad es
tratable con medicación, con actitud positiva y ejercicio físico”, resume el
dotor García Ruiz-Espiga. Y añade a continuación una palabra que conviene no
perder de vista en esta enfermedad crónica y neurodegenerativa: ‘Esperanza’.
Porque la conciencia social, la detección precoz y un mensaje de esperanza
pueden cambiar la experiencia del paciente desde el mismo momento en que
empieza a buscar respuestas. En los últimos 20 años el tratamiento ha avanzado
de forma notable, pero tal vez el avance práctico mayor ha sido conocer y
confirmar que el ejercicio físico es altamente recomendable en esta enfermedad”.

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