El fútbol que Florentino Pérez no representa.
A cientos de kilómetros
del ruido formado por Florentino Pérez en la prensa madrileña, mezcla de
emperador romano y tertuliano agraviado, en Asturies, otro club celebraba el haber conseguido sobrevivir. El histórico
Unión Popular de Langreo, recién descendido a Tercera Federación y asfixiado
por las deudas, logró salvarse gracias a una campaña de microfinanciación
colectiva bajo el lema Salvemos al Unión. Aportaron dinero aficionados,
comercios, exjugadores y vecinos. Entre ellos, David Villa, “El Guaje”, que
volvió a echar una mano al club donde empezó a jugar de niño. El objetivo no
era fichar una estrella ni construir un palco VIP. Era algo mucho más
elemental. Se trataba de que el club no desapareciera.
Nos
lo contaba el pasado viernes
Ismael Juárez Pérez en Nortes.me. “Mientras el fútbol de
élite parece girar cada vez más alrededor de fondos de inversión, derechos
televisivos y guerras de poder, todavía existen clubes donde el fútbol sigue
siendo otra cosa. O donde el fútbol es apenas una excusa para algo más grande. En
el barrio gijonés de Ceares y en el ovetense Rosal lo tienen bastante claro.
“Yo creo que el fútbol es la excusa”, resume Xosé Estrada, vicepresidente del
UC Ceares.
Hace años, el UC Ceares
estuvo a punto de desaparecer. La gente que lo llevaba estaba agotada y el club
parecía encaminarse lentamente hacia el cierre, una historia bastante habitual
en el fútbol regional. Pero ocurrió algo distinto. Un grupo de personas decidió
rescatarlo y convertirlo en algo más parecido a un proyecto comunitario que a
una simple entidad deportiva.
En Rosal, en Oviedo, la
historia tiene un tono parecido, aunque más caótico, artesanal y divertido.
“Aquí todo el mundo hace de todo”, resume María Xosé Martínez, conocida en el
fútbol asturiano simplemente como Pepa. Presidenta del Rosal desde 2017,
exfutbolista y una de las pocas mujeres al frente de un club asturiano, Pepa
habla del equipo como quien habla de una mezcla entre familia numerosa, grupo
de amigos y pequeño milagro logístico. Ella recoge ropa, organiza cosas,
responde mensajes de Instagram de chavales que quieren jugar el año siguiente y
hace prácticamente todo lo demás. “Somos menos de diez personas llevando el
club”, afirma. “Y la única persona que cobra es el entrenador”. En el Rosal,
asegura, cualquier comentario racista, machista, homófobo o xenófobo implica
expulsión inmediata del club. “Y nunca tuvimos ningún problema”, añade.
En el Ceares, Estrada
habla de tres pilares fundamentales: el voluntariado, la masa social y el apoyo
de la hostelería y del pequeño comercio del barrio. “Si toda la gente que
trabaja en el club cobrara, sería imposible sostenerlo”, admite. Y aun así
siguen adelante. “Mientras tanto, en campos modestos de Asturies siguen
ocurriendo escenas mucho menos espectaculares y quizá bastante más humanas. Una
presidenta recoge ropa después de entrenar. Un vicepresidente organiza rifas y
asambleas. Un grupo de vecinos defiende a una pensionista antes de un partido.
Unos aficionados gijoneses acaban por accidente en un campo nevado de Stockport
y regresan años después para reencontrarse con amigos ingleses. Un exfutbolista
millonario se acuerda del club donde empezó todo.
“Pero quizá sea
precisamente ahí donde todavía sobrevive algo parecido al viejo romanticismo
del fútbol. No en los discursos grandilocuentes ni en las guerras televisadas
entre magnates, sino en lugares donde todavía hay gente que dedica horas,
dinero y energía a un club simplemente porque siente que forma parte de él.
Porque, al final, tal vez Xosé Estrada tenga razón y el fútbol solo sea la
excusa”.
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