martes, 19 de mayo de 2026

El fútbol que Florentino Pérez no representa.

 

Afición del Unión Popular de Langreo.

Xosé Estrada, vicepresidente del UC Ceares. Foto Alisa Guerrero

A cientos de kilómetros del ruido formado por Florentino Pérez en la prensa madrileña, mezcla de emperador romano y tertuliano agraviado, en Asturies, otro club celebraba el  haber conseguido sobrevivir. El histórico Unión Popular de Langreo, recién descendido a Tercera Federación y asfixiado por las deudas, logró salvarse gracias a una campaña de microfinanciación colectiva bajo el lema Salvemos al Unión. Aportaron dinero aficionados, comercios, exjugadores y vecinos. Entre ellos, David Villa, “El Guaje”, que volvió a echar una mano al club donde empezó a jugar de niño. El objetivo no era fichar una estrella ni construir un palco VIP. Era algo mucho más elemental. Se trataba de que el club no desapareciera.

Nos lo contaba el pasado viernes Ismael Juárez Pérez en Nortes.me.  Mientras el fútbol de élite parece girar cada vez más alrededor de fondos de inversión, derechos televisivos y guerras de poder, todavía existen clubes donde el fútbol sigue siendo otra cosa. O donde el fútbol es apenas una excusa para algo más grande. En el barrio gijonés de Ceares y en el ovetense Rosal lo tienen bastante claro. “Yo creo que el fútbol es la excusa”, resume Xosé Estrada, vicepresidente del UC Ceares.

Hace años, el UC Ceares estuvo a punto de desaparecer. La gente que lo llevaba estaba agotada y el club parecía encaminarse lentamente hacia el cierre, una historia bastante habitual en el fútbol regional. Pero ocurrió algo distinto. Un grupo de personas decidió rescatarlo y convertirlo en algo más parecido a un proyecto comunitario que a una simple entidad deportiva.

En Rosal, en Oviedo, la historia tiene un tono parecido, aunque más caótico, artesanal y divertido. “Aquí todo el mundo hace de todo”, resume María Xosé Martínez, conocida en el fútbol asturiano simplemente como Pepa. Presidenta del Rosal desde 2017, exfutbolista y una de las pocas mujeres al frente de un club asturiano, Pepa habla del equipo como quien habla de una mezcla entre familia numerosa, grupo de amigos y pequeño milagro logístico. Ella recoge ropa, organiza cosas, responde mensajes de Instagram de chavales que quieren jugar el año siguiente y hace prácticamente todo lo demás. “Somos menos de diez personas llevando el club”, afirma. “Y la única persona que cobra es el entrenador”. En el Rosal, asegura, cualquier comentario racista, machista, homófobo o xenófobo implica expulsión inmediata del club. “Y nunca tuvimos ningún problema”, añade.

En el Ceares, Estrada habla de tres pilares fundamentales: el voluntariado, la masa social y el apoyo de la hostelería y del pequeño comercio del barrio. “Si toda la gente que trabaja en el club cobrara, sería imposible sostenerlo”, admite. Y aun así siguen adelante. “Mientras tanto, en campos modestos de Asturies siguen ocurriendo escenas mucho menos espectaculares y quizá bastante más humanas. Una presidenta recoge ropa después de entrenar. Un vicepresidente organiza rifas y asambleas. Un grupo de vecinos defiende a una pensionista antes de un partido. Unos aficionados gijoneses acaban por accidente en un campo nevado de Stockport y regresan años después para reencontrarse con amigos ingleses. Un exfutbolista millonario se acuerda del club donde empezó todo.

“Pero quizá sea precisamente ahí donde todavía sobrevive algo parecido al viejo romanticismo del fútbol. No en los discursos grandilocuentes ni en las guerras televisadas entre magnates, sino en lugares donde todavía hay gente que dedica horas, dinero y energía a un club simplemente porque siente que forma parte de él. Porque, al final, tal vez Xosé Estrada tenga razón y el fútbol solo sea la excusa”.

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