España ganó a Argentina y logró el segundo Mundial de su historia.
Entregar el trofeo de la FIFA suele ser un trámite rápido. La autoridad de turno entrega la copa, da la enhorabuena y se retira a un segundo plano para ceder todo el foco a los verdaderos protagonistas. Pero Trump tenía el domingo otros planes. Tras entregar el galardón dorado al centrocampista madrileño junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el mandatario norteamericano, se quedó congelado en el podio. Buscaba colocarse en el centro de la imagen que abriría periódicos y portadas en todo el planeta el pretendía así plasmar su imagen para la historia. Pero el momento de euforia en el que preveía tener un papel hegemónico acorde con su egolatría, la situación se hizo tan incomoda que uno de los jugadores más decisivos de la Roja, Mikel Merino, entendió propicia para el troleo. Las redes se hicieron eco de ese instante en el que el jugador vasco, durante unos segundos, se mofó del icónico baile del presidente de EEUU. Y Rodrigo Hernández, Rodri, el capitán de 'La Roja', le plantó cara con suma elegancia para evitar que el presidente estadounidense eclipsara la foto que ya forma parte de la historia del fútbol español. Demostrando galones y experiencia, aguantó con la copa de oro entre sus manos sin llegar a levantarla. Rodrie le pidió con modales que “se hiciera a un lado” y esperó a que se despejara el encuadre. El propio Infantino tuvo que intervenir para echar un cable al futbolista español y guiar al dirigente estadounidense hacia un lateral de la plataforma. Solo cuando comprobó que el marco estaba limpio de intromisiones políticas, Rodri alzó los brazos para tocar el cielo de Nueva Jersey.
Juanlu Sánchez lo puso de relieve en Al día: “Cómo
escapar a un momento de explosión colectiva. Debajo de qué piedra meterse,
detrás de qué barrera, dentro de qué burbuja. Imposible. Por eso es mejor abrir
los brazos y dejarse atravesar, celebrar una alegría total, infantil, entre
tantas alegrías matizadas, adultas. Disfrutar de un éxito colectivo que tiene
la ventaja de no haber supuesto en realidad ningún sacrificio personal. Es la
felicidad a cambio de casi nada, es poder sentir que has ganado un Mundial solo
con desarrollar un sentimiento de pertenencia con quienes realmente lo han
ganado, y sí, además hay que olvidar durante un rato lo incómoda que puede ser
la simbología nacionalista y el sectarismo de la testosterona. Pero no hay que
racionalizarlo demasiado: como casi todos los folclores populares, el fútbol no
es perfecto, ni remotamente. Es una excusa, una tradición como tantas otras que
llenan las calles en primavera, o en el último día del año. Es, en este caso,
una enorme excusa para poder ser feliz con mucha otra gente, a la vez. Un éxito
donde no cabe ni la envidia. Así que celebremos fuerte que hemos ganado el
Mundial. Y sí, lo hemos ganado en la tierra de Trump y sus amigos de la FIFA.
Quedémonos un rato en esta sensación”.
España ganó el Mundial.
Una selección que representa la diversidad, la integración, el trabajo
colectivo por un bien común e, incluso anoche, la lucha contra las injusticias
y el establishment. El fútbol es lo más importante de las cosas menos
importantes. Ojalá este ejemplo y pasión colectiva en las cosas “importantes de
las cosas importantes”.



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