domingo, 12 de abril de 2009

Silencio, los redobles de tambores de Calanda y más silencio.


Ayer, mientras el Gobierno de España alardeaba de quedarse sin vacaciones de semana santa –“la semana del orgullo católico”, como dice Ignacio Escolar. “¡Y luego los mismos se quejan de las carrozas de los gays!”– y los nuevos y antiguos ministros daban el callo laboral –incluso Manuel Chaves, que el pasado jueves “despachaba” con el sol y la arena en la playa de La Antilla hasta que fue descubierto por “El Mundo”–, fue una jornada de silencio para la mayor parte de la prensa escrita. Un día sin noticias, sin comentarios, dedicado a la meditación, como el día previo a una elección legislativa, aunque en este caso no se elegía nada porque en el reino de la Iglesia no solo se ignoran las elecciones sino que estás proscritas. En cambio, proliferaron por doquier las procesiones multitudinarias y se exhibieron cantidad de imágenes de una iglesia que se apoderó durante toda la semana de las calles. ¿Será por esto que los “hermanos” de las cofradías más importantes de Sevilla –como dice un comentarista– llegan a pagar hasta 2000 € por ir debajo del paso? ¿A dónde va ese dinero negro? Son las dos caras de esa sociedad –la que llora y se embelesa con las imágenes de culto y la que ha dejado de creer o nunca lo hizo, sospechando ante el espectáculo mostrado por los jerarcas de la iglesia y sus admiradores, y acusando de que aquí hay gato encerrado.


No es que, durante el sábado, los medios escritos no salieran por falta de noticias, sino que decidieron descansar, previo acuerdo entre ellos para no hacerse la competencia. Y un día así, sin comunicación, sin noticias que leer o que comentar en la radio o en la televisión, que viven, en parte, de lo que los medios escritos publican, fue, en el fondo, una jornada a agradecer. No porque no pasen cosas, que pasan, como todos los día, sino porque no hubo nadie que se dedicara a catalogarlas, a publicarlas según la opinión de cada periódico, a .ponerlas en portada, a comentarlas en cadena. Algo que, sin duda, se agradece en un país en donde diariamente salen a puntapala, y en donde los lectores las leen de carrerilla, casi a ojos cerrados, como se leen casi siempre. Claro que los periódicos, más que de los lectores, dependen exclusivamente de sus propios juicios y principios, siempre controlados por la criba de sus censores y de acuerdo con las conveniencias de la publicidad. Pero, durante el sábado, dichos medios se dedicaron a pasar sin pena ni gloria porque quienes escriben estaban de vacaciones. Por cierto que el primero en disfrutarlas fue el propio Rey, quien se relajó en Mallorca, viajando en su Bribón mientras que los ministros del Gobierno continuaban en sus puestos, dando el callo.


Las únicas noticias emitidas fueron las de las ondas hertzianas o las pantallas televisivas. En ellas multiplicaron los minutos dedicados a dichosa semana en la que los obispos invitaban a participar activamente y a exponer sus “lazos blancos”. Una jerarquía eclesiástica que dicta las normas y las hace cumplir a rajatabla. Fue una larga semana cargada de procesiones interminables, de tamboradas ensordecedoras, de toques lúgubres de trompetas, de marchas fúnebres y de “exhibiciones” con redobles y “piques” entre peñas, de increíbles costumbres turístico-religiosas, con lluvias intempestivas, flagelaciones sangrientas y muertes crueles en primavera, seguidas de triunfantes resurrecciones que vuelven con el repique de campanas y recomienzan el ciclo mientras crecen sus dominios y propiedades.

Al igual que en otros pueblos de Aragón o de Castilla La Mancha, el tambor y su estremecedor sonido recobró fuerza y actualidad en estos días. A las 12 del mediodía del viernes empezó la tamborada de todos los años en Calenda (Teruel), una arraigada tradición descrita por un cineasta y escritor calandino universal, en su libro de memorias “El último suspiro”, donde dejó constancia de estas fiestas. “A las doce de la mañana –escribía Luis Buñuel– la hora quedará rota y los tambores, fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo los pies. Al amanecer las manos sangran de tanto redoblar”. Su hijo, Juan Luis, realizó un corto “Les tambours de Calanda” y utilizó ese redoble profundo e inolvidable en varias películas, especialmente en “La edad de Oro” y en “Nazario”. En esta película, Buñuel logra imágenes conmovedoras cuando, al final, se oye el redoble de Calanda, acompañando al cura solitario que ha perdido toda confianza en los valores de la religión y la moral. El redoble de más de 2000 tambores en duelo de ritmos hizo estremecer los cimientos de este pueblo. Bastaba con poner la mano en la pared de una casa para sentirla vibrar. Y el ritmo de los tambores se prolongó durante toda la noche hasta el amanecer del día siguiente. A la primera campanada de las dos de la tarde del sábado, todos los tambores enmudecieron hasta el próximo año.





Curiosamente, en las horas en las que se oía el largo redoble de Calanda, enmudecía María del Socorro Tellado, más conocida por su nombre de batalla, Corín Tellado. Fallecía en la madrugada del sábado en Gijón, a los 81 años de edad. La autora española más leída, después de Miguel de Cervantes, figuraba en el Libro Guinness de los Records de la edición de 1994 como la escritora más vendida en lengua castellana. A lo largo de 56 años, desde que publicó su primera novela, el 12 de octubre de 1946, escribió unos 4.000 títulos y vendió más de 400 millones de ejemplares de sus novelas de amor y desamor, perfiladas por la censura y traducidas a varios idiomas. Fue la única mujer de cinco hermanos y comenzó a interesarse por la literatura en edad escolar, prosiguiendo con su etapa universitaria de psicología, que nunca llegó a terminar. “No soy romántica –proclamaba la escritora–, ni soñadora ni visionaria (...) pero alguien tenía que hacer novelas de amor y si las hice yo, eso que tienen por adelantado”. En de enero de 2005, en el Teatro Jovellanos de Gijón, se la proclamó “Dama de la novela sentimental por excelencia”.

Corín Tellado

Otro silencio, roto por el dolor y las lágrimas, es el provocado por la tragedia nacional, registrado en la región italiana central de Los Abruzos. Durante la visita a esta zona, afectada por el terremoto, Silvio Berlusconi, acostumbrado a no callarse nunca y a meter hartas veces la pata, tuvo tiempo hasta de bromear con sus palabras. En una entrevista con una corresponsal de televisión, el primer ministro italiano aconsejó a los miles de supervivientes del seísmo, alojados provisionalmente en tiendas de campaña (unas 17.000 personas), que se lo tomaran “como un fin de semana en el camping”. “Están bien aquí –explicó Berlusconi–. Reciben un magnífico apoyo y amabilidad por parte de nuestros equipos de salvamento. No les falta de nada. Tienen medicamentos y alimentos, comida caliente”. Posteriormente, las sacudidas del terremoto se volvieron a notar. Y Berlusconi comentó a Sergio Basti, el corresponsal nacional de emergencia: “Esto es mucho más grave de lo que yo creía y va a costar más caro reconstruirlo de lo que mi ministro me dijo”. Basti aclaró: “No sé cuánto se tardará en que puedan regresar aquí los 10.000 habitantes que viven en esta zona, pero, en cualquier caso, habrá que medirlo en años y no en días”. Como compensación por la metedura de pata, Berlusconi declaraba dos días más tarde: “Ya que muchas personas han ofrecido sus propias casas para ayudar a los evacuados del terremoto, yo también haré lo que pueda, ofreciendo las mías”.

Silvio Berlusconi, un cómico sin gracia convertido en primer ministro italiano, entre guardias

Desde mediados de febrero hasta finales de abril, el lobo entra en celo y aúlla todas las noches su amor. Y, cuando en cacerías legales o ilegales, lo maten, los supervivientes siguen aullando a la luna, más tristes aún si cabe. César-Javier Palacio, en su “Crónica Verde” nos lo recuerda. “Lo hacen para comunicarse, para señalar su territorio, para atraer hembras, para ahuyentar machos, para tranquilizar a sus lobeznos. El aullido es para ellos una caricia sonora que rompe la noche, un homenaje a los caídos en esta desigual guerra sin cuartel por la supervivencia bajo el fuego, las balas, el veneno, la violencia inusitada del odio atávico que los humanos sentimos hacia su especie. Cuenta una leyenda que una vez la luna se enredó en un árbol y un lobo se puso a jugar con ella, arrancándola de su eterna soledad. Pero el animal se fue y la luna, indignada, le robó su sombra. De ahí que los lobos le aúllen por las noches pidiéndole que se la devuelva”.


Cuando la política es trasladada al cosmos, el silencio puede jugar muy malas pasadas. Sucedió hace unos días con el cosmonauta ruso Gennady Padalka quien denunciaba públicamente que la vida, en la Estación Espacial Internacional, “ha dejado de ser un oasis de armonía multinacional debido a la mezquindad de los estadounidenses”, que le han denegado el derecho a compartir recursos como su bicicleta estática para mantenerse en forma, e incluso su váter. Según la versión de Padalky, se ha generado un ambiente crispado debido a las disputas que han vuelto a enfrentar en la Tierra a rusos y estadounidenses. Padalky considera especialmente ofensivo que los norteamericanos hayan decretado una especie de “apartheid” higiénico, de tal manera que los rusos sólo pueden usar su viejo modelo de retrete, mientras los estadounidenses tienen derecho exclusivo al nuevo váter que han instalado, mucho más cómodo y lujoso. “Los cosmonautas estamos por encima de estas peleas entre las autoridades de nuestros respectivos países –asegura Padalka– Somos personas adultas, bien educadas y con buenos modales, y sabemos usar nuestro cerebro para mantener relaciones cordiales con nuestros compañeros. Son los políticos y los burócratas los que no se ponen de acuerdo, no los cosmonautas y los astronautas”.

De izquierda a derecha, el cosmonauta ruso Gennady Padalka, el turista Charles Simonyi, y el astronauta estadounidense Michael Barratt, antes de su lanzamiento a la ISS. Reuters

Humor de Felizardo (Lluvia de preservativos), de Hadmud Eshonkulov, René Bouschet, Snail, Kap y Pep Roig








Pobres banqueros.

Terminamos rompiendo este y otros silencios con palabras de un actor-presentador televisivo que dejan un buen sabor de boca y hacen sonreír al más pintado de los ascetas. Nos referimos a Buenafuente hablando de la crisis.