Alfonso de Borbón, el príncipe indeseable.
“Pregunten…
-comienza este nuevo capítulo en Público de Borbolandia, de Nieves
Concostrina- pregunten a un amigo, a una
compañera, a un pariente o a cualquiera a quien crean medianamente informado
cómo se llamaba el Príncipe de Asturias durante el reinado de Alfonso XIII.
Pocos darán la respuesta correcta, y es probable que una mayoría responda que
fue Juan de Borbón. Y es cierto. Juan, el abuelito biológico de Felipe (el
putativo era Franco) y padre del defenestrado Juan Carlos, fue designado por
Alfonso XIII como sucesor al trono de España en 1933 pese a ser el penúltimo de
la fila. Cierto que acabó siendo el último, porque el hermano pequeño, Gonzalo,
murió en un accidente de tráfico en 1934 (...)
“A Juan de Borbón lo
conocemos todos porque es el que nos han metido por los ojos para que
borráramos como integrantes de la familia real a los otros dos gamberros.
Alfonso fue un absoluto caradura, y Jaime un tipo con muchas ínfulas y pocos
escrúpulos. A Gonzalo, al morir con 19 años, solo podemos tacharlo de
irresponsable por conducir sin el correspondiente permiso. Alfonso de Borbón y
Battenberg, el llamado a ser Alfonso XIV, nació en el Palacio Real de Madrid en
1907. Fue un crío bastante flojeras, y continuó siéndolo en su infancia, su
adolescencia y su juventud. No así en su madurez, porque no llegó. Alfonso era
muy rubio y con los ojos muy azules por parte de mamá, pero también hemofílico
perdido. Se percataron de que algo no iba bien cuando a los pocos días de nacer
lo circuncidaron y no había forma de parar la hemorragia. La enfermedad que
impide que la sangre coagule como debe, también la legó mamá, circunstancia
esta que jamás perdonó papá.
“Aquí comenzó una cascada
de desgracias de la pareja formada por el play boy Alfonso XIII y la british
renegada Ena. Si una no fuera tan atea como es, diría sin ningún género de
dudas que su dios los castigó. Y con toda la razón, porque no se puede estar
tocando las narices a la divinidad creyendo una cosa hoy y otra al día siguiente.
Ena dio la espalda a su dios anglicano para abrazar al católico, y Alfonso
XIII, no es que pasara del suyo, es que se pitorreaba de él saltándose todos
los mandamientos dos o tres veces por semana. Es tradición borbónica. Alfonso,
príncipe de Asturias, sin embargo, acabó expulsado de la familia real y
degradado a vulgar conde de Covadonga, un título que nació y murió con él para
poder endosarle una pensión que le permitiera seguir viviendo del cuento. A un
Borbón lo apeas de sus privilegios y de los gajes que consiguen gracias a su
apellido, y al segundo día en el mercado laboral caen en profunda depresión.
“¿Qué había pasado? ¿Qué
clase de extravagancia era esa de despojar al heredero al trono de España de
sus legítimos derechos sucesorios, darle un condado cutre y largarlo con viento
fresco? Pues pasó que Alfonso no se casó con quien debía, sino con quien
quería. Alfonso XIII y toda la prole salieron expulsados de España por
sinvergonzones en 1931, pero los reyes gustan de mantener las formas incluso en
el exilio. Mucho más los borbones españoles, a quienes la experiencia les ha
demostrado que por mucho que la pifien, se corrompan y avergüencen a este país,
tarde o temprano los traerá de vuelta un golpe de estado o un dictador. Se
imponía, por tanto, casar cuanto antes al príncipe de Asturias para que la
máquina de fabricar herederos siguiera en producción. La elegida para Alfonso
fue la princesa Ileana, hija de los reyes de Rumanía. La pareja no se conocía,
ni falta que hacía, porque se trataba de asegurar un matrimonio que no violara
la ley dinástica que los borbones están obligados a contemplar desde el siglo
XVIII y que prohíbe el matrimonio morganático. Amantes, pueden tener las que
les salga de su real bolo, pero tienen que casarse con quien deben, no con
quien quieren. Hasta ahora han violado su propia ley dos príncipes de Asturias:
Alfonso y Felipe, y total, para casarse con dos ciudadanas plebeyas, las
señoras Sampedro y Ortiz, que salieron ranas. Al menos las princesas llevan las
testas fortalecidas por siglos de cornamentas, y encastrados en los genes la
resignación y el aguante. Me darán la razón María Cristina, Ena, Mercedes y
Sofía… todas ellas cornudas consentidoras.
“Durante los primeros
meses del exilio de los borbones, el príncipe Alfonso se enamoró en Suiza de la
señorita Edelmira Sampedro, cubana e hija de un emigrante cántabro, e informó a
su padre de su intención de casarse. Ni de coña, dijo Alfonso XIII, eres
príncipe heredero y la asignada es Ileana de Rumanía… luego tú te echas las novias
que haga falta, como hemos hecho todos. A tu mujer la pones a parir y con las
demás te echas unas risas. Si te casas con esa cubana, vino a decirle su padre,
tú y tus hijos seréis apeados de la línea de sucesión tus derechos sucesorios,
y tus hijos no podrán llevar el apellido Borbón. Serías el primero que se
saltara la ley a la torera desde que la promulgó tu tatarabuelito Carlos III.
Serías la vergüenza de la familia. ¿Qué barbaridad sería la siguiente si
consintiéramos este matrimonio? Se abriría la veda de los cazafortunas…
Periodistas, jugadores de balonmano, influencers2… ‘¡Rotundamente no!’, le
espetó a su hijo” (....)

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