miércoles, 11 de agosto de 2010

Viaje a Francia (I)


A los pies de los Pirineos, en el océano abierto, la bahía de Sain Jean de Luz.
He viajado durante una semana hacia el exterior sin salirme de mí mismo y he experimentado sensaciones nuevas y enriquecedoras. La primera parada, tras recorrer 468 kilómetros y atravesar la frontera francesa, fue Saint Jean de Luz, pueblo galo en el que recibí una lluvia a rachas. En el hotel de La Poste en donde me alojé, me acosté pronto, cansado de mi primer recorrido en coche. Mi vecino desconocido, sin duda un español como yo, mantuvo el televisor encendido y me obligó a tragarme buena parte de un programa televisivo. Oí, a través del muro que nos separaba, el altavoz a un volumen suficientemente alto como para distinguir claramente a los personajes de “¡Aquí no hay quien viva!”, personajes de la serie española que llegaba a Francia e impedían abrazarme sin fuerzas a un sueño que me acosaba.

Ignoraba la hora que era –me había negado a llevar el reloj de pulsera– o, mejor dicho, no había querido hacerme con otro desde que se me extravió entre mis papeles o lo presté a mi hijo, Toni, que lo necesitaba para cronometrar el tiempo de un examen de filosofía. Fue la mejor manera de no quedar atrapado por los nuevos tiempos. Y, tras un primer desliz en las arenas movedizas de mi sueño, las voces del televisor de mi vecino seguían, altas y claras, desvelándome. Maldije la hora en que un compatriota me sorprendía en el extranjero y la serie televisiva que pretendía unirnos en la contrariedad. Después de todo, no quería más que encontrarme a mi mismo, solo y desnudo, y mirarme de frente. Vano intento, por el momento, y a 468 kilómetros de Madrid, ciudad de la que había huido en vano.

De pronto, en mi segundo desvelo de aquella primera noche de “vacaciones”, la tele de mi vecino había enmudecido. Pero el insomnio se había apoderado de mí en esa primera madrugada fuera de mi casa y de mi país. La noche, avanzada, seguía lanzándome su reto mientras escuchaba un refrescante gotear sobre los cristales de mi ventana y las ráfagas del viento sobre mi alma desvelada.

Poco antes del amanecer, al abrir la ventana, descubría cómo, no muy lejos de donde había luchado por alcanzar el sueño perfecto, se hallaba, silencioso, un cementerio, muy próximo al hotel, pero ya no pude seguir durmiendo.