domingo, 7 de agosto de 2016

Tras los pasos de Saint-Exupéry, en España.

Montse Morata (Madrid, 1976), periodista, investigadora, doctora y profesora colaboradora en la Universidad Complutense de Madrid, estudió en su tesis doctoral la obra periodística de Antoine de Saint-Exupéry, para lo que se trasladó a París, permaneciendo allí durante un año. Fruto de esta investigación, acaba de publicar “Aviones de papel”, biografía del escritor francés, que resultó finalista del Premio de Biografías y Memorias 2016 de la editorial Stella Maris. Como periodista ha trabajado en la agencia Europa Press, así como en prensa y televisión. Es autora de artículos académicos y de poemas recogidos en diversas antologías.

“La mañana en la que Antoine de Saint-Exupéry desapareció a bordo de su avión –publica Dialogados.com/contacto/– no había relámpagos entre las nubes ni soplaba el viento del Norte, pero el mundo conocido hasta entonces se desmoronaba bajo sus pies […]. Acababa de cumplir cuarenta y cuatro años, las mismas puestas de sol que un día, estando muy triste, había contemplado ‘El Principito’ desde su asteroide. Pero esta vez lo que Ícaro buscaba era su propia llama… Verdad y fantasía coexisten en armonía en sus páginas como lo hicieron en la vida de su autor. Saint-Exupéry nunca escribió un libro para niños. Su mito no elevó la figura del personaje, por el contrario, su vida y obra –inseparables en quien hizo de su vida su mejor obra de arte– desbordan generosamente las etiquetas con que la crítica lo ha clasificado, como si el recuerdo de ‘El Principito’ hubiese sido gestionado por el Geógrafo del sexto planeta que visitó. Por ello, esta obra, necesaria sobre la vida y la obra de este discreto genio en sus múltiples caminos, este fascinante viaje de la mano de Montse Morata, consagrada a la labor de romper con los estereotipos para dejar al descubierto la verdad del personaje, nos conduce inexorablemente a conocer más a fondo la personalidad del autor. El hondo significado de su obra narrativa, la puesta en valor de su trabajo periodístico, del que esta investigación ofrece textos inéditos; el revelador vínculo entre las vocaciones de aviador y escritor, unidas como el haz y el envés de una hoja; el fuerte compromiso del escritor en la guerra donde perdió la vida, o la conflictiva relación entre el librepensador y la voluntad de control del poder político, son sólo algunos de los ámbitos de investigación en que se adentra la periodista y autora madrileña de Aviones de papel, que nos ofrece un Saint-Exupéry desconocido. ¿Qué mejor para comprender una obra que comprender a su padre y creador?”


“Montse llegó a mis Encuentros de Creación Afectiva’ –escribe Carlos Villarrubia, escritor, periodista, compositor, guionista, autor multimedia– de la mano de Santiago Castillo, escritor y periodista de Efe (…). Nunca olvidaré las tardes en los bajos de Ecocentro… Allí se forjaron numerosos proyectos a modo de ágora generadora. La voz poética de Montse se abría paso en palabras con alma y paisaje, senderos del azar amoroso, visiones más allá del cuerpo a cuerpo y de labios afilados. Y, en el hilo de las afinidades, con el tiempo, imaginamos trabajo multidisciplinar en colaboración con cruces históricos en los mapas madrileños del sonido. Ciudad de ciudades en el nevado enero del 2009 por el Reina Sofía, mirando Atocha… pasos esquimales entre copos-maná de un atardecer venturoso. Confidencias, creaciones, estímulos para el lenguaje rítmico, entre risas cómplices y una boinita roja jugueteando en el restaurante italiano. Años después, París –mi querido París– en su vida y en mi memoria. Louvre, Concorde, soledades de café, cuadernos a orillas del Sena. Canción francesa en la barca-hogar, bohemia añorada pero eterna en el alma de feriante. Montse convierte sus aviones de papel, en constelaciones de palabras; sabe vislumbrar memorias concéntricas con la sutil sabiduría de la perseverancia… Bajará sin duda el risueño aviador a velar por sus vaivenes en las noches de incertidumbre. Intuitiva y siempre cercana, Montse colaboró en la presentación de mi libro ‘Zona sensible’ en Blanquerna (Madrid) y luego, con Jordi Jaria, vestimos Malasaña de animada conversación. Las distancias nunca las impone la sintonía anímica; quiere la vida orillar la calle del adiós para no despistarnos en golpes de fortuna. Aviones de papel surcarán el cielo con tic tac voluntarioso y un toque de superada provisionalidad”.


Montse Morata escribe en Fronterad, revista digital, ‘Saint-Exupéry, el reportero olvidado de la Guerra Civil Española’, un largo artículo del que entresacamos estas ideas: “En el silencio de aquella noche de abril de 1937, Antoine de Saint-Exupéry acompañaba a una patrulla formada por un teniente, un sargento y tres milicianos republicanos por los alrededores del frente de Madrid, con la misión de descender hasta un estrecho valle que los separaba del adversario. La patrulla, a la que se había sumado un comisario, avanzó a través de los campos hasta llegar a un murillo de piedra que les llegaba a la altura del pecho. En aquel puesto de vigía dormitaba un centinela entumecido. ‘Sí, aquí, algunas veces, ellos responden... Otras veces son ellos los que nos llaman... Otras, no responden. Depende de cómo estén de humor’, les confesó… Entonces se les unieron tres o cuatro hombres que velaban, resguardados en los alrededores. Uno de ellos se levantó y, formando un altavoz con sus manos, gritó con fuerza: ‘¡An... to... ni... o!’. El eco resonaba en el valle. ‘Agáchate’, se apresuraron a recomendarle al reportero, ‘algunas veces, cuando los llamamos, comienzan a disparar...’. Esta vez no hubo disparos, pero tampoco respuesta. Sin embargo, aquellos hombres tampoco podían jurar que nada hubiesen escuchado. La noche entera cantaba ‘como una concha’, relata el aviador. Así que volvieron a intentarlo: ‘¡Eh! ¡Antonio... o!... ¿Estás...?’. Los segundos pasaron y gritaron de nuevo hasta que se escuchó una voz lejana, una frase que se había perdido por el camino con un mensaje indescifrable. ‘Tienen sed de nuestras palabras, como nosotros tenemos de las suyas. Pero nada sabemos de nuestra sed, salvo que se manifieste, evidente, en esa misma escucha’, reflexiónó Saint-Exupéry. En ese instante, los mismos que tan sólo unos minutos antes habían disparado al vuelo a un cigarrillo, les lanzaron, a pleno pulmón, un ‘maternal consejo’: ‘Callaos... Acostaos... Es hora de dormir’. Y el mismo miliciano que había conseguido hacer hablar a Antonio volvió a gritar, como si lanzara hacia lo desconocido una pasarela que uniera las dos orillas del mundo, para formular la pregunta fundamental: ‘¡Antonio! ¿Tú por qué ideal luchas?’, tras lo que excusó su pudor ante el invitado, diciéndole por lo bajo que era ‘una pregunta irónica’. La respuesta llegaría de inmediato desde el otro lado como una confidencia seccionada por el viaje, ‘como una inscripción roída por los siglos’: ‘... ¡España!’. ‘...Tú’, se escucharía después. ‘... ¡Por el pan de nuestros hermanos!’. Pero lo más asombroso se produjo cuando, desde ambos frentes, se despidieron con un: ‘... ¡Buenas noches, amigo!’. Entonces, el escritor pensó que ‘bajo la apariencia de palabras diversas’, aquellos dos bandos se habían gritado las mismas verdades... Pero una comunión tan alta no excluía morir juntos”.


Saint Exupéry relatará esta experiencia de la Guerra Civil Española un año y medio después de regresar de Madrid, en la serie de artículos que publica a principios de octubre de 1938, sólo unos días después de la firma de los Acuerdos de Múnich, en el diario Paris-Soir bajo el título de ‘¿La Paz o la guerra?’. En estos artículos, el escritor muestra su inquietud por la tensión bélica creciente en Europa, pero tampoco rechaza la guerra en caso de ser necesaria para preservar la paz. Sin embargo, sostiene que, antes de elegir, había que conocer al hombre de la guerra, sus verdaderas motivaciones profundas, que él había descubierto en la contienda española. Nacido con el siglo, en 1900, Antoine había llegado al periodismo a los 32 años, después de perder su trabajo como piloto en el que había pasado los mejores años de su vida. Para entonces se había casado con la salvadoreña Consuelo Suncín, viuda del escritor y periodista guatemalteco, Enrique Gómez Carillo. Instalados en París, los derechos de autor cobrados por las dos novelas que hasta entonces había publicado (“Correo Sur” y “Vuelo de noche”) no eran suficientes para costear el elevado tren de vida que el atormentado matrimonio llevaba. Perseguidos por los acreedores, con permanentes cambios de domicilio, habiendo vendido hasta los muebles de su casa, Saint-Exupéry comprendió que había llegado el momento de aceptar el consejo de sus amigos y empezar a escribir para los periódicos, que por entonces pagaban bien las firmas de prestigio como la suya. Lo hizo sin vocación, pensando que tanto el periodismo como los guiones de cine que también escribía eran “vampiros” de la literatura. Sin embargo, el periodismo le permitió conocer algunos de los escenarios más importantes de su tiempo, como la Unión Soviética de Stalin y la Guerra Civil Española. A través de la reescritura de sus trabajos periodísticos también configuró la obra literaria que lo consagró en vida como escritor, que no fue su famoso “El Principito”, cuyo éxito no llegó a conocer, sino “Tierra de los hombres”. “Entre 1932 y 1938 –escribe Montse Morata– Saint-Exupéry colaboró con algunos de los principales diarios franceses de su tiempo, como Paris-Soir y L’Intransigeant, así como con el semanario político y literario Marianne, fundado por Gaston Gallimard, y con otras publicaciones especializadas. Su aportación resulta singular, y sin traicionar su modo de entender la escritura, como consecuencia de la propia acción. ‘No hay que aprender a escribir –decía con 23 años a su amiga, Renée de Saussine– sino a ver. La escritura es una consecuencia’. Y este mismo principio lo aplicó al periodismo, que nace de su propia experiencia. ‘Reportajes vividos’ les llamaba él a las crónicas que escribe para la prensa de la época, entre las que se encuentran las que publicó tras estar en dos ocasiones en la Guerra Civil Española, de cuyo comienzo se cumplen ahora 80 años”.



Por España pasaron entonces estrellas del periodismo y la literatura como Ernest Hemingway, John Dos Passos, George Orwell, Gerda Taro, Martha Gellhorn, André Malraux o Robert Capa, todos ellos ampliamente recordados en la mitología literaria de la contienda que, sin embargo, con frecuencia olvida de Saint-Exupéry. “Quizá –advierte Montse– porque el aviador mantuvo un punto de vista neutral en lo ideológico, nunca en lo humano. Interesado en conocer las verdaderas razones del hombre para ir a la guerra, aquellas que, camufladas bajo el discurso ideológico, no disponían de un lenguaje con el que revelarse, sus impresiones aparecen impregnadas de humanismo y poesía, aportando una visión única del conflicto, vigente y universal por las reflexiones que realiza. Nada más estallar la contienda, el diario L’Intransigeant le propone cubrir la guerra de España. El escritor acepta y el 10 de agosto de 1936 parte hacia Cataluña, pilotando el avión privado del vespertino. Dos días después aparece la primera de las cinco crónicas que publica bajo el título de ‘España ensangrentada’. En aquellos textos, en un primer momento, Antoine busca la ‘frontera invisible’ de una guerra fraticida a la que se acerca con los ojos de un explorador curioso, pero no la encuentra. Lo hace tras sentarse en la terraza de un café de Barcelona y observar cómo los anarquistas se llevan a un hombre acusado de fascista al que van a fusilar. Evoca también la atmósfera que se vive en las calles de Barcelona, una ciudad que le parece un fortín en el que se fusilaba más de lo que se combatía. ‘Esos hombres –piensa el escritor– no van al asalto con la ebriedad de la conquista, sino que luchan sordamente contra un contagio. Y en el campo contrario, sin duda, es igual’, Y dice que “una nueva fe es como la peste. Ataca desde el interior”.


Montse Morata advierte que, en el intento de Saint Exupéry por comprender a los anarquistas, cometerá la imprudencia de acudir una noche a la estación de trenes mientras se estaba realizando un cargamento secreto de mercancías. “La oscuridad favorece su indiscreción, pero es descubierto por un grupo de milicianos a los que su corbata les parece una prenda sospechosa en aquel contexto. Confundido con un espía, y sin suficientes conocimientos de español para explicarse es conducido hasta un sótano en el que lo retienen sin saber qué será de su suerte. Hasta que cae en la cuenta de que no tenía cigarrillos y le pide a uno de sus carceleros, que estaba fumando, que le pasara uno mediante un gesto con el que esboza media sonrisa. Aquel hombre lo mira por primera vez a los ojos, se pasa lentamente la mano sobre la frente y, con una maravillosa timidez, acaba devolviéndole la sonrisa y dándole el cigarrillo. Fue como la salida del sol. El milagro no provocó el desenlace del drama; lo borró, con total sencillez, como la luz a la sombra”. Aquella sonrisa que, en apariencia, nada había cambiado, lo transforma todo en sustancia. Luego, tras pasar por Barcelona, el escritor se traslada al frente de Lérida, donde se introduce en la guerra junto a un grupo de socialistas franceses que tratan de interceder para liberar a varios prisioneros, entre ellos un clérigo al que estuvieron buscando por varios pueblos que cambiaban de bando de la noche a la mañana, como si la frontera de la guerra esta vez fuese “una puerta abierta”. Finalmente, consiguen dar con él y evitan que lo fusilen… Aquellos campesinos bonachones de ojos claros que a ellos los reciben, como extranjeros, con una cortesía grave, también son capaces, desde una extraña condición de “criminales”, de fusilar a los curas, a los sacristanes y hasta a sus criadas. Impresionado por lo que ha presenciado en Cataluña, Sanit Exupéry regresa a París y se encuentra su país dividido ante la decisión que ha tomado el primer ministro francés, el socialista Léon Blum, de seguir a Inglaterra y no intervenir en España. Esta postura exaspera al aviador, pero no por motivos ideológicos sino porque piensa que Blum ha optado por el camino más fácil y cree que nada es más corrupto que la facilidad.


En abril de 1937, Saint-Exupéry regresa a la Guerra Civil Española, esta vez enviado a Madrid por el diario Paris-Soir, el vespertino más vendido de su tiempo, que le ofrece unas condiciones inauditas para la época: 80.000 francos a cambio de una serie de diez reportajes. El 11 de abril parte hacia España, pilotando de nuevo el avión privado del periódico. Primero, se dirige a Valencia para solicitar los permisos que le permitieran visitar el frente, ya que lo que le interesaba no era visitar una ciudad que estaba siendo bombardeada para luego irse a dormir tranquilamente a la cama de su hotel. Tampoco quería entrevistar a generales. Lo que realmente buscaba era conocer a los hombres que se dejaban la piel en la aquella guerra. En Madrid, se encuentra una ciudad que está siendo duramente asediada por las tropas franquistas, instaladas en el cerro de Garabitas. En un primer momento, se instala en el Hotel Florida de la Plaza de Callao, al que solían llegar los corresponsales extranjeros que enviaban sus crónicas desde el cercano edificio de la Telefónica, en la Gran Vía, donde se encontraba la Oficina de Prensa Extranjera dirigida por Arturo Barea. En el Florida, coincide con algunos de los más grandes reporteros del momento y, con ellos, vive la recordada noche del 22 de abril de 1937, cuando el proyectil de un obús que impacta junto al hotel, provoca que todos los huéspedes salgan apresurados de sus habitaciones. En el vestíbulo, entre la polvareda y los cascotes, coinciden varios de aquellos reporteros en una pintoresca escena: John Dos Passos aparece con un batín de cuadros escoceses; a Saint-Exupéry se le ve repartiendo pomelos a las damas desde lo alto de la escalera ataviado con una bata de color azul satén y Martha Gellhorn es descubierta saliendo de la habitación de Hemingway, dejando al descubierto una relación amorosa hasta entonces secreta. Montse Morata cuenta que el aviador no encuentra lo que buscaba de la guerra en aquel ambiente y ni siquiera dejó testimonio alguno de su paso por el Hotel Florida, lo que en ocasiones ha hecho dudar de que realmente estuviera allí. Un dato que, sin embargo, queda confirmado al descubrirse recientemente en el Archivo de Salamanca el carné de prensa del reportero, perdido desde el final de la guerra, y en el que se indicaba este hotel como su dirección en Madrid, según informaba el pasado 3 de julio el diario ABC.


En los días que pasa en el centro de la ciudad, Saint-Exupéry escribe una sola crónica en la que deja constancia de la crueldad de los bombardeos que presencia en Madrid, cuestionando cualquier justificación para esa guerra. “He visto –cuenta– las amas de casa destripadas; a los niños desfigurados; a esa vieja vendedora ambulante limpiar con una bayeta los restos de ese cerebro que habían salpicado sus tesoros...”. “¿Un papel moral?”, se pregunta. “¡Pero si un bombardeo se vuelve contra su objetivo! Con cada golpe de cañón, algo se refuerza en Madrid. Así, la indiferencia que oscila se determina. Pesa mucho un niño muerto cuando es tuyo. Un bombardeo me parece que no dispersa nada: unifica. El horror hace apretar los puños y todos nos reunimos bajo el mismo horror”. Ante aquel permanente asedio la ciudad se le aparece como un navío sobre las aguas negras de la noche, como un rostro blanco y duro, de virgen que, con los ojos cerrados, recibe uno a uno los golpes sin responder. Con frecuencia recurre a la imagen poética como semilla de pensamiento, como ese lenguaje mediante el que mostrar lo inexpresado, esa realidad que se oculta a simple vista. “El golpe resuena sobre el yunque: un herrero gigante forja Madrid”. Saint-Exupéry consigue abandonar el Florida y salir de la ciudad gracias a su amigo el periodista Henri Jeanson, enviado especial del periódico “Le Canard enchainé”. Jeanson conoce al líder de la Federación Anarquista Ibérica, Buenaventura Durruti, que organizaba el traslado de los periodistas al frente, a bordo de un Rolls Royce conducido por un chófer que lleva a los dos reporteros franceses hasta las trincheras de Carabanchel. Jeanson se ve allí sorprendido por la exaltación que manifiesta su compañero, que no duda en participar en algunos de los juegos con los que aquellos milicianos probaban su valor. Como una especie de ruleta rusa con palos de dinamita encendidos que habían inventado los anarquistas. Pero lo que en verdad impresiona a Saint-Exupéry es el coraje de aquellos hombres que aceptan la muerte y le indigna la miseria del pueblo español a la vez que sospecha que aquel desastre llevaría a su perdición.

Cuando “El Principito” conoció España… y se horrorizó.

“En Europa hay doscientos millones de hombres que no conocen el sentido de sí mismos y que querrían nacer. La industria los ha arrancado del lenguaje de sus linajes campesinos y los ha encerrado en esos ghettos enormes que parecen cocheras, repletas de trenes de vagones negros. En el fondo de las ciudades obreras, ellos querrían despertar”, dice Saint Exupéry en los artículos que publica, en octubre de 1938, en el diario Paris-Soir. Montse Morata interpreta, en aquellos textos, que el autor reflexiona sobre la tensión del momento en Europa, que se debate entre la paz y la guerra, tras las anexiones de Hitler, y recuerda sus experiencias en España. “El año pasado visitaba el frente de Madrid y me parecía que el contacto con las realidades de la guerra era más fértil que los libros. Me parecía que sólo del hombre de la guerra era posible sacar enseñanzas sobre la guerra. Pero para encontrar lo que hay en él de universal es preciso olvidarse de los bandos y no discutir en absoluto de ideologías”. Pone el ejemplo de Franco, que decía bombardear en nombre de los valores cristianos mientras los cristianos asistían, sin poder comprender,  a una carnicería de mujeres y niños. “Olvidad esas divisiones que, una vez admitidas, conllevan todo un Corán de verdades inquebrantables y el fanatismo asociado a ellas”. Creía que sólo dando un sentido a la vida de los hombres éstos podrían alejarse de la embriaguez del sentimiento que los llevaba a desfigurarse en dominios de una patria, una religión o unas ideas. “Se pueden desterrar los ídolos de madera y resucitar los antiguos mitos que, mejor o peor, probaron su eficacia (...). Se puede embriagar a los alemanes con la idea de ser alemanes y compatriotas de Beethoven.  Podemos hincharlos hasta el sombrero. Y eso, sin duda, es más fácil que extraer de la cala a un Beethoven. Pero tales ídolos son ídolos carnívoros”. Lo que Saint-Exupéry presencia en España supone, de algún modo, para Morata, el despertar de su conciencia política, ya que había comprobado lo que las ideologías podían llegar a hacer con los hombres, así que, a partir de entonces, se interesa por saber lo que estaba ocurriendo en Europa, presintiendo que la contienda española sería un preludio del cataclismo mundial que se avecinaba. Pero no llega a tomar partido por ninguna de las corrientes políticas en pugna de su época. Defiende la grandeza del hombre como especie, como aventura colectiva, mientras que piensa que las luchas políticas tienden por su misma naturaleza a rebajarlo. Lo que le interesa de cada régimen político es si funda al hombre y no el régimen político en sí. La dictadura franquista le niega el visado para cruzar por España hacia Portugal, rumbo a su exilio en Nueva York, durante la Segunda Guerra Mundial. “Aquella decisión se debió no sólo al contenido de sus crónicas y artículos sobre la Guerra Civil Española sino también a que, como había llegado a España pilotando el avión privado de los periódicos que lo enviaron, los franquistas sostendrán más tarde que había ayudado a los republicanos escoltando para ellos aviones franceses”.

Saint Exupéry, auotr del Principito.
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“Con el tiempo –concluye Montse Morata–, Saint-Exupéry será criticado por no haber tomado partido político y me pregunto si también olvidado por ello. No sólo en el caso de la Guerra Civil Española sino también como combatiente aliado de la Segunda Guerra Mundial, en la que se comprometió hasta dejarse la vida luchando contra el nazismo. Lo hizo oponiéndose a los planes del general Charles de Gaulle, al que se negó a apoyar porque desconfiaba de sus intenciones. Lo veía como a un dictador en potencia, una especie de general a lo Franco que, lejos de liberar Francia, aspiraba a hipotecar el futuro político del país, haciéndose con el poder. Aquella postura le costó ser calumniado durante los últimos años de su vida y, en ocasiones, acusado de colaboracionista a pesar de que su libro “Piloto de guerra” fue prohibido en la Francia ocupada y leído clandestinamente entre la Resistencia, además de contribuir a que la opinión pública norteamericana fuese favorable a la intervención de Estados Unidos en la guerra, a lo que también se oponía De Gaulle. Y también le costará ser falseado tras su muerte, a través de ‘El Principito’, un libro erróneamente considerado una lectura juvenil. Como sostiene el escritor Pedro Sorela, los seguidores del general, ante la imposibilidad de borrar el recuerdo del escritor más leído del siglo XX, secuestraron su fama reduciéndola a la de un autor juvenil”.

El brazalete que llevaba cuando murió y fue rescatado de los restos de su avión.

Más de siete décadas después de su misteriosa desaparición, el 31 de julio de 1944, a bordo de un avión aliado, durante una misión de reconocimiento fotográfico, Antoine de Saint Exupéry sigue resultando un escritor a la vez reconocido y extraño.  Un escritor quien, pese a ser el autor del “Principito”, uno de los libros más vendidos y traducidos de todos los tiempos, “continúa –según Montse Morata– secuestrado bajo las etiquetas levantadas por el dogmatismo al que se enfrentó, tan vigente como su propio mensaje, con el que se convirtió en un visionario de nuestro tiempo. Un tiempo de hormiguero, del robot y de la propaganda, decía, en el que el Hombre sería condenado al uso que se hacía de él. Un tiempo en el que seguimos preguntándonos sobre un tipo de hambre cuyo verdadero lenguaje desconocemos”. Su fallecimiento sigue siendo, a día de hoy, una incógnita, ya que su cuerpo nunca apareció después de que se perdiese la señal de su avión mientras sobrevolaba el Mediterráneo durante una misión de reconocimiento de las posiciones alemanas en Normandía. Suicidio, accidente, asesinato… La hipótesis que más fuerza ha ganado con el paso del tiempo es la de que fue abatido: la aparición del testimonio de Horst Rippert, que había sido piloto alemán durante la guerra, fue clave. “Si hubiera sabido que era él, no habría derribado su avión”, llegó a declarar. El fuselaje y una pulsera con el nombre del escritor fueron repescadas del mar, pero nunca se pudo localizar el cadáver de Saint-Exupéry, algo que sólo sirvió para engrosar su leyenda y dar pie a una avalancha de especulaciones.


“No sé –se lamenta Pep Roig en el artículo ‘Un televisor incompatible con los políticos embaucadores’, publicado hoy en ‘Ultima Hora’– si es que mi televisor se ha quedado antiguo o si es que no existen los mecanismos necesarios para complacer al usuario. Lo digo porque llevo años intentando evitar que, en mi pantalla doméstica, aparezcan personas o hechos indeseables, del mismo modo que no consigo que el cuadrilátero sea difusor de placeres diversos. Y eso que lo pagué al contado. O será por eso, que una vez has pagado, te aguantas con lo que hay. Ya he desistido de mi petición al dependiente que me vendió el aparato, de que en todos los partidos que ofrecieran por la tele siempre ganara el Barça. Ya me lo advirtió el empleado, que también pretendía lo mismo sin haberlo conseguido. Aun así, yo confiaba en que, por mi condición de cliente, sería complacido, pero no. Por lo visto existe una fuerza mayor, y comercial, que lo hace imposible en mi televisor y en los demás.  A pesar de todo, estoy convencido de que, en el mando a distancia, existe un botón o combinación de botones que posibilitan que se produzca un automático cambio de canal cada vez que aparece un deslenguado político con el consabido y cínico discurso, tratando de que traguemos cuanta sarta de sandeces, mentiras y contradicciones, brotan por su boca desde sus desalmadas entrañas. Tengo que ser yo el que cambie de canal cuando, por ejemplo, Rajoy pretende meternos miedo con la catástrofe, si el no gobierna. O el tal González (Felipe), desde su yate, apelando a que hay que dejar que gobierne un partido acosado por la corrupción (supuesta) permitida. Y quien dice Rajoy dice Sánchez, Rivera, o Iglesias. A Esperanza Aguirre no la cuento, ni a Aznar”.

 La Sociedad Protectora de l'Humor, excluida de la recepción real.

“Ha vuelto a suceder –se lamenta Pep Roig– y parece, y eso ya es preocupante, que la cosa no tienes visos de corrección. Un año má,s no he sido invitado a la recepción anual que los reyes de España, el anterior y el actual, ofrecen a la sociedad balear en Palma. Entendería no ser invitado como persona particular o dibujante de humor, pero es que yo, como presidente de la Societat Protectora de l’Humor, fundada y registrada el 2008, represento a toda una masa social de cinco personas adultas y legalmente inscritas como socios, exceptuándome a mí, que soy el presidente por elección propia, Toni Rotger “Calatravinetxo”, que es el secretario, y tres personas de mi familia que ejercen de tesorero, vocal uno y vocal dos. Socios rasos no hay, no porque no queramos sino porque los españoles o europeos no se han animado a pagar la cuota”.




El último mono. Fotos y dibujo de Anabel Juarez, inician las fotomontajes de esta semana. Le siguen: Los PPajarracos, Rokambol, A malos tiempos, por cara de Rajoy,  Nuestra Señora del desempleo, Tranquilo, Mariano, seguro que hay más amiguitos que quieran jugar contigo, Quién paga las vacaciones de los reyes y Muere Felipe VI, Que comiencen los Juegos…










Los dibujos de humor en la prensa: El Roto, Forges, Peridis, Ferrán, A. López, Indígoras and Pachi, Manel F., Malagón, Oreu, Pat…























Pep Roig:  Peras al olmo, Título de la película: “Los tramposos”, Hedor, Desvaríos, Ni soñarlo.









Aparece en el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca el carnet de prensa de Saint Exupery Radio Televisión de Castilla y León
   
Hallazgo en el Archivo histórico de Salamanca - Descubren documento del Autor de El Principito VIDEOSDIARIOS 
El Principito (en francés: Le Petit Prince), publicado el 6 de abril de 1943, es el relato corto más conocido del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry. Lo escribió mientras se hospedaba en un hotel en Nueva York y fue publicado por primera vez en los Estados Unidos. Ha sido traducido a ciento ochenta lenguas y dialectos, convirtiéndose en una de las obras más reconocidas de la literatura universal.
   
Un policía de fronteras israelí ha sido suspendido del servicio temporalmente tras la difusión de un vídeo en el que se ve cómo le quita la bicicleta a una niña palestina de ocho años y la expulsa de la calle en la que jugaba en la ciudad palestina de Hebrón. El vídeo, grabado por un voluntario con la cámara que la ONG israelí. Betselem. ha proporcionado a palestinos en zonas con mayor fricción con el Ejército, muestra al agente, armado con una automática, corriendo hacia la menor que se asusta y salta de la bicicleta. El policía inmoviliza entonces el vehículo infantil con el pie, impidiendo a la niña cogerlo, y le grita en hebreo: “¿Qué estás haciendo aquí?”, ante lo que la pequeña, identificada como Anwar Burqan, se va del lugar llorando y gritando desconsoladamente. En las imágenes aparece un segundo agente que tira la bicicleta a un arcén, dejándola prácticamente invisible entre los arbustos. Esta semana el parlamento aprobaba una ley que permite encarcelar a menores de 14 años. Border Police officer grabs girl’s bike, tosses it into bushes, Hebron, July 2016 btselem

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