martes, 28 de abril de 2026

“Disparen al presidente”.

 

Así explica David Torres en Público el significado del título: “Disparar al presidente es una especie de deporte nacional en los Estados Unidos, igual que linchar negros, deportar inmigrantes a patadas u organizar campeonatos de zampar hamburguesas. De Lincoln en adelante, hay unos nueve presidentes tiroteados mientras desempeñaban el cargo y cuatro de ellos muertos a resultas de los disparos, lo cual demuestra que, como dijo Trump tras su tercer atentado fallido, la suya es una profesión de alto riesgo. Quizá de ahí las bromas del propio Trump sobre si debería proclamarse rey de los Estados Unidos, ya que los reyes suelen morir de gota, de exilio, de guillotina o de asco, pero rara vez de una indigestión de plomo.

“Una de las primeras propuestas para instaurar la monarquía en Estados Unidos está en ‘Sin perdón’ —la obra maestra de Clint Eastwood—, cuando Bob el Inglés, un pistolero contratado para limpiar los trenes de chinos, sugiere que deberían elegir un rey para evitarse problemas. La propuesta resulta doblemente ofensiva al plantearse el Día de la Independencia. Bob el Inglés dice que, al apuntar al rey, la majestad de su figura le llevaría probablemente a fallar el tiro. Pero ¿un presidente? ¿Qué problema hay en disparar a un presidente?

“Es verdad que este intempestivo consejo sobre cambiar la república de las barras y estrellas por una monarquía parlamentaria viene envuelto en el guion de una película. Sin embargo, no lo es menos que al lado de Bob el Inglés, de William Munny o de Little Bill, Donald Trump —parece un personaje de dibujos animados. Después del primer atentado contra su vida en mitad de un mitin, con un balazo que le pasó rozando la oreja—, y del segundo —menos conocido, donde un atacante fue sorprendido con un rifle en unos arbustos, cerca de donde el presidente jugaba al golf—, este último ha resultado una auténtica chapuza. Frente a la imagen heroica de Trump alzando el puño con un arañazo de sangre en el rostro, ahora lo vemos derrumbándose en brazos de los agentes de seguridad, víctima de un tropezón o un síncope.

“Los comentarios acerca de que todo este incidente podría ser un montaje, una farsa destinada a justificar sus desmanes en política exterior e interior, no tienen en cuenta que, a la hora de perpetrar desmanes, Trump no necesita justificaciones de ningún tipo. Más bien responden al anhelo de quienes ven incapaces de parar el trumpismo si no es a base de tiros, una fantasía materializada en el asesinato de Charlie Kirk e instrumentalizada por la Casa Blanca sin importar un pimiento quién apretó de verdad el gatillo. La imagen del atacante reducido en el suelo, esposado y con el torso desnudo, muestra tanto la impotencia de la oposición violenta a Trump como la inutilidad misma de la violencia ejercida como arma política.

“Al igual que sus dos predecesores (Thomas Matthew Crooks, Ryan Wesley Routh) y que otros célebres asesinos presidenciales (John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald) a Cole Thomas Allen lo han identificado con el nombre completo, para evitar confusiones, sí, pero también para alinearlo en el ilustre panteón de los magnicidas estadounidenses. De este modo, con tres intentos de homicidio en su haber, Donald Trump se coloca muy por delante de Lincoln, de Garfield, de Kennedy y de Reagan, aunque en su fuero interno ya los ganaba por goleada. Para sus admiradores -empezando por él mismo, que se admira más que a nada en el mundo-, Trump juega en la misma liga de Napoleón, Carlomagno, Federico el Grande, Julio César y Alejandro Magno. Pese al gatillazo de Irán y a otros diversos fiascos, estamos a dos balazos de que el imperio estadounidense tenga un emperador a su altura”.

Por su parte, Diego Cañamero Valle duda incluso del atentado. “No me creo nada del supuesto ‘atentado’ contra Donald Trump en la cena de los corresponsales de La Casa Blanca. Esto huele a montaje. Toda una preparación para convertir al verdugo tirano en víctima. Es tanto el desprecio que ha acumulado desde que es presidente de EEUU que necesita rehabilitarse ante la opinión pública mundial. Pero todo es una farsa.  ¿Quién se puede creer que una persona entre en el hotel con pistola en mano pegando tiros, con cientos de controles, policía secreta, guardaespaldas… Estos yankis son capaces de darle la vuelta a todo”.

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