miércoles, 14 de marzo de 2007

14 de marzo. El Butanito.

Nace en Madrid, en noviembre de 1944, pero se siente asturiano de corazón. Su madre y sus abuelos, son de Asturias. Incapaz de apuñalar a nadie por la espalda, te mira a la cara, buscando la sinceridad. A los doce años, descubre que le gusta contar cosas y decide ser contador de realidades. Más que inteligente es listillo. Pero, sobre todo, inquieto y travieso. Es un estudiante regular. Aprueba con dificultades. Pero le encanta practicar, ver y describir el deporte. Juega bastante bien y es un gran aficionado al periodismo. ¿Adivinan de quién estamos hablando?

A los 18 años se presenta en Radio España de Madrid en donde emiten el programa “Quien cantó los cuarenta”, una especie de estudio sociológico, y enseguida le fichan. Luego, Emilio Romero le contrata en Pueblo, en el que disiente con el jefe de la sección deportiva, Miguel Ors, con quien pasan ciertas cosas desagradables. En 1963, se sienta por primera vez, ante los micrófonos de Radio España y, poco después, se convierte en reportero del programa de Bobby Deglané, su gran maestro. Pero su voz amariconada, su dicción imperfecta y su baja estatura le obligan a refugiarse “full time” en el periódico Pueblo, aunque sigue haciendo algo para televisión, siempre con su chubasquero y su gorro color butano. De ahí el apodo, “El Butanito” que se gana a pulso.

De l972 a 1982, trabaja en “Hora 25” de la Cadena Ser. “Fue una etapa muy dura –me comentó en 1993, cuando, al fin, tras una espera de medio año, lograba entrevistarme con él– porque entonces funcionaba la censura y teníamos que mandar los guiones con 24 o 48 horas de antelación, incluso los de deportes. Lo que pasaba es que casi nunca coincidían las preguntas enviadas a la censura previa con las que hacía a los personajes. Pero teníamos que cumplir con ese trámite”.

El 23 de febrero de1981, cuando se produce el intento del golpe de Estado, no duda en salir de su despacho con un micrófono para entrevistarse con los políticos cerca del Congreso.”Me ofrecí a llevar una de las unidades móviles hasta el Hotel Palace. Y, al llegar al primer control de Policía, como era muy popular y había mantenido una lucha titánica con Pablo Porta, el famoso Pablo, Pablete y tal, me aproximé a un capitán quien, tras saludarme, me preguntó: ¿A dónde vas, José María, si aquí no está Pablo Porta” Pero me dejaron el paso libre sin ofrecer resistencia y pude colar la unidad móvil desde donde empecé a trabajar. Facilité todas las informaciones hasta que, a las dos y media de la madrugada, recibí una llamada de Tomás Martín Blanco, quien me dijo que los redactores de nacional se mostraban un tanto recelosos de mi presencia porque estaba acaparando mucho la atención. Así que cogí y volví a la redacción, desde donde me entero que a Tierno Galván le ha dado un amago de infarto. A las seis y media de la mañana, anunciaron que había que llevar otra unidad móvil porque estaba mal. Y me atreví a llevarla yo, advirtiéndoles “Voy, pero no me muevo” Y allá estuve hasta el final”.

En 1982, al estar obligado a no poder hablar del entonces ministro de Cultura, Pío Cabanillas, decide abandonar la emisora. Aconsejado cordialmente a no hablar de él, se despide diciendo: “Señores oyentes, como habrán observado, del señor Cabanillas, ni pío”. En vísperas del Mundial de Fútbol en España, pasa a la revista “Interviú”, en donde dirige un suplemento en el que se vestía cada semana a un político de futbolista. Y de ahí, a los seis meses, a “Antena 3”. “Sí –nos contestó, entonces–, tuve muchos y grandes deseos de dedicarme al periodismo que aún no había hecho. Y pienso hacerlo antes de morirme. No se trata de periodismo político, sino de información general”. Veinticinco años después, tras un periodo de cinco años de silencio, declara ante Jesús Quintero: “Quiero volver para hacer un programa plural de política y otro de investigación”.

El 4 de junio del 84, “Butanito” era condenado por la sección 5ª de la Audiencia Provincial de Madrid a la pena de dos meses y un día en cumplimiento de un delito de desacato por haber llamado “payaso” al entonces ministro de UCD, Pío Cabanillas. La sentencia dictaba la “remisión condicional”, es decir, el incumplimiento de la condena, si no volvía a delinquir. José María García me explicaba así lo sucedido: “Cuando fue nombrado ministro responsable del Deporte, me llamó a su despacho para decirme: ‘Lleva usted una campaña tremenda sobre la utilización que hacemos de los polideportivos y además sobre el abuso que los políticos cometemos. Yo le puedo prometer que esto no volverá a suceder y que los pocos recintos que hay cerrados van a ser para el deporte y no para los políticos. Doy las órdenes oportunas a mi Director General para que esto no vuelva a suceder’. Tres meses más tarde, Píos Cabanillas cierra un polideportivo en Galicia en un fin de semana para dar un mitin político. Le permite dar otro a Fraga. Y el palacio de Deporte madrileño queda cerrado durante unas vacaciones para el circo. Entonces le llamé ‘payaso’

Tres años después, el 25 de noviembre de 1987, la Audiencia Provincial de Zaragoza dicta contra José María García otra condena por desacato, al haber acusado a José Luis Roca, ex presidente de la Federación de Fútbol y diputado en las Cortes de Aragón, de cobrar indebidamente dietas por importe de 600.000 pesetas. El Tribunal Constitucional rechaza el 6 de junio de 1990 el recurso interpuesto, lo que supone el cumplimiento en prisión de la pena impuesta, dos meses, y la reapertura de la condena en suspensión que pesaba sobre él desde 1984. “Yo creo que no estoy en la cárcel –comenta García– porque tuve la inmensa fortuna de que el juez entendiera que él no me iba a meter en ella para que el Consejo de Ministros me sacara.. Y, dentro del cumplimiento estricto de la Ley, intento dilatar al máximo mi ingreso en la cárcel para que el indulto del Consejo de Ministros llegara a tiempo”. No es que el Butanillo prefiera estar de pie en la cárcel que de rodillas en la calle. No, prefiere estar absolutamente de pie en la calle. Y se le inmutan estas dos condenas por la multa de 300.000 pesetas cada una y la condición de no volver a delinquir en el tiempo normal del cumplimiento de la condena. “Además –añade, convencido –, lo más fácil del mundo es presentar una querella”.

A lo largo de estos años, el Butano saca del riquísimo vocabulario español, más rico que otros idiomas, que por cierto no habla, una serie de adjetivos, fuertes e inhabituales, que utiliza habitualmente en su programa. Se le oye repetir habitualmente en las ondas: “ineptos”, "caciques", “capitostes”, “incapaces”, “mangantes”, “golfos”, “vividores”, “sinvergüenzas”, “figurones”, “politicones”, “gorrones”, siempre dirigidos a alguien en concreto. “Yo no me he inventado nada –se justificaba– Cuando le llamas a alguien ‘abrazafarolas’ o a un árbitro ‘chufletero’ evidentemente, él sabe lo que estás llamándole, porque no es lo mismo silbar que suflar.

Recuerdo que, cuando le mencioné lo que se había dicho de él, el profesional mejor pagado del periodismo, de “voz aflautada, antibarcelonista, visceral, ultraconservador y adorador de sí mismo”, se levantó de golpe para preguntarme quién lo había dicho. “Alguien cuyo nombre no recuerdo en estos momentos”, le contesté. “Pues seguro que no me conoce”.

Antes de despedirnos, le recordé lo que había dicho en una entrevista, en 1983: “Me imagino que, a menudo que el tiempo avanza, poco a poco, la situación irá cambiando y no estaremos siempre en un reinado de caciques, de ineptos y de capuchones”. Aproveché para preguntarle: “¿Crees que esto ha cambiado o sigue igual?”. Me contestó escuetamente: “Yo creo que estamos peor”. Me figuro que la misma respuesta le hubiera dado el otro día a Jesús Quintero, si éste se lo hubiera preguntado.