sábado, 29 de noviembre de 2025

Juan José Millás define como “kafkiano” el fallo del Tribunal Supremo.

 

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El caso García Ortiz no es solo una condena. Es la ruptura pública del consenso sobre qué es real y qué no. Millás lo llamó “kafkiano”. Y cuando un país empieza a nombrar a Kafka en presente, es que algo profundo se ha roto.

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Condenar al fiscal general sin hacer públicos los motivos es un salto cualitativo. No es una irregularidad. Es una forma de poder. Una sentencia sin relato es un mensaje: “no necesitamos explicarnos”.

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El escritor lo dijo claro: “Kafka es el tribunal”. El problema no es el adjetivo. Es la estructura. En El proceso, Josef K. era culpable antes incluso de saber qué delito había cometido. ¿Os suena?

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Millás añadió algo aún más inquietante: “Hemos perdido pie”. Porque cuando la justicia deja de razonarse, deja de ser común. Y un país sin realidad compartida es un país con dos ciudades superpuestas y enemigas.

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No se trata solo del fiscal. Se trata de que, si la verdad deja de ser verificable, deja de ser democrática. Y lo que queda es voluntad, relato y ruido. Mucho ruido.

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Mientras tanto, la derecha mediática vive instalada en una distopía imaginaria donde el Gobierno controla la justicia… justo cuando la justicia muestra su independencia castigando al Gobierno.

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La dimisión del fiscal, sin conocer aún los argumentos de la sentencia, es la imagen perfecta del problema: se ejecuta castigo sin explicación. Una liturgia, no un procedimiento.

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Cuando Millás dice que ya no sabemos si discutimos sobre un micrófono o una cuchara, está señalando algo más que polarización: está señalando esquizofrenia política inducida.

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Si no hay marco compartido, no hay democracia compartida. Y lo urgente no es gritar más fuerte, sino reconstruir ese suelo común.

(Spanish Revolution)


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