viernes, 25 de julio de 2008

25 de julio. Mis tres bautismos: el de agua, el de socorro y el de sangre.

Ibiza, isla de mi infancia.

Hoy cumplo, entre los míos, el sexagésimo quinto aniversario de mi nacimiento que, unido al santo, Santiago Apóstol, me trae recuerdos biográficos y fotográficos de mis primeros años en Mallorca e Ibiza. Ha sido 22.625 días vividos, desde que naciera y viviera en estas islas del Mediterráneo, recién terminada la Guerra Civil y en una España destruida por la contienda.

En mi infancia, llena de mentiras y proselitismo, recibí por tres veces el bautismo. El primero, el de agua, fue en Mallorca, cuando sólo tenía unos días. Por la fuerza de las costumbres cristianas, mis padres me llevaron en brazos a una iglesia para que aceptara sin rechistar todas sus normas y preceptos. Y aunque no recibí más que unos chorritos de agua bendita sobre mi tierna testa –por fortuna no fui sumergido en ninguna fuente o pila–, se supone que me introdujeron en el misterio de la religión cristiana, tan rica en misterios sublimes y situaciones inexplicables como en cambalaches públicos y trapicheos privados.

Fosa séptica, abierta.


Mi segundo bautismo, el de socorro, recibido a los ocho años, recién hecha la primera comunión, de la que tampoco me pidieron mi parecer, ocurrió de una forma incruenta pero de forma horrenda en San Joan (Ibiza), en donde mi padre estuvo destinado. De esa edad tengo un recuerdo que, no por ser infantil, resulta menos fuerte y macabro, del que nunca he podido borrar de mi mente. Me refiero al de un día caluroso en que jugué al fútbol con mis compañeros. Nos divertíamos con una pelota confeccionada con un calcetín relleno de viejos periódicos apretujados, más de acuerdo con mi triste realidad que con mis aspiraciones deportivas, cuando me dirigí al retrete, instalado fuera de casa. Abrí la puerta y me introduje, de repente, en lo insondable de aquel agujero negro. Sin que nadie me lo hubiera advertido y en un lamentable descuido, caí en la fosa séptica, abierta, sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, hasta quedar totalmente sepultado por los excrementos. Por fortuna ya había aprendido a nadar y salí de aquel marrón como buenamente pude. No suelo recordarlo con cariño, pero reconozco que dejó en mi alma el estigma y el coraje para sobrevivir a todas las calamidades de esta vida, llena heces y de olores nauseabundos.


Mañana. El bautismo de sangre (y II)

5 comentarios:

Sota dijo...

Felicidades, yayo!

Santiago Mirö dijo...

Gracias, sota.

Santiago mirö

Anónimo dijo...

Felicidades Santiago, y torna a la banda, que pasa por unos momentos dificiles. Hace falta una candidatura -tras la dimisión de la junta- y quizá tu pudieras...
chiflos.
(nota: no podía ni imaginarme como estaba la cosa)
chiflos.

Santiago Miró dijo...

Lo siento, Chiflos, por la banda pero, en estos momentos, aunque sigo tocando la trompeta, no puedo volver atrás. Es curioso pero, a menudo que pasan los años, tengo menos tiempo para lo que quiero hacer y no tengo más remedio que selecionar e incluso inventarme el tiempo que me queda. ¡Es tan corta esa vida!...

Santiago Miró dijo...

Lo siento, Chiflos, por la banda pero, en estos momentos, aunque sigo tocando la trompeta, no puedo volver atrás. Es curioso pero, a menudo que pasan los años, tengo menos tiempo para lo que quiero hacer y no tengo más remedio que selecionar e incluso inventarme el tiempo que me queda. ¡Es tan corta esa vida!...