martes, 8 de septiembre de 2015

El señor Jiwert. *


El señor Jiwert fue el ser humano más mediocre que uno pueda imaginarse. Falto de luces, siempre se dijo de él que era una cueva repleta de recovecos imposibles. Su oscuridad se manifestaba en un halo negro que rodeaba lo que hacía y que provocaba el apagón de todas las bombillas. Tropezaba con todo: con los árboles y mandaba cortarlos; con la gente y también mandaba cortarla; con los muebles, sobre todo con las librerías, que caían a su paso, provocando un desparramo infernal de letras y palabras, que escapaban para refugiarse en la nada.

El señor Jiwert carecía de luces porque procedía del mundo de lo oscuro, de ese inframundo donde la luz es peligrosa y ver está reservado a unos pocos elegidos; donde la ceguera está impuesta a la mayoría, porque ver conduce al discernimiento y a la posibilidad de libre elección. Pensar con claridad no estaba bien visto en su inframundo. En realidad, pocas cosas estaban allí bien vistas, porque ver se podía poco.

El sueño del señor Jiwert fue siempre provocar un agujero negro lo suficientemente potente como para absorber y eliminar toda la luz del universo. Desde luego no tenía talento para tanto, en realidad no tenía talento para nada, pero no dejaba de soñar con el apagón universal.

Durante la dinastía de los mandarines populares, estando en el gobierno el emperador Mar-Ia-Ning, Jiwert se convirtió en un hombre clave. Mar-Ia-Ning odiaba la inteligencia y todo lo que tuviera que ver con ella le resultaba sospechoso. Por eso eligió a Jiwert, para llevar cabo el Gran Oscurecimiento Popular. Una tarea ciclópea que consistía en imponer al mundo el imperio de las tinieblas, un imperio en el que las ideas morirían y sólo existiría la sospecha. Mar-Ia-Ning encomendó a Jiwert la tarea de arrasar la luz, de acabar con ella y terminar con cualquier destello que pudiera iluminar el universo.

Empezó por apagar las luces de las escuelas, las universidades, academias, museos, institutos de investigación y creación; ordenó cegar a los maestros y a los sabios, así como a todo aquel que pudiera ver más allá de lo inmediato; cortó el suministro de palabras limpias y se contaminaron los mensajes, se dio un tinte azul oscuro a los discursos, se prohibió la lectura de todo lo que no estuviera dictado y hasta se prohibió que amaneciera.

Se buscó incluso alargar la noche y evitar que la luz del sol escapara de control e iluminara cualquier cosa. Se convocó a consultas al mismísimo sol, porque su luz permitía ver las oscuras maniobras del gobierno. El sol entonces, que ya estaba muy quemado, dio un portazo y se marchó del país. Las calles y paseos se volvieron tan oscuros, que al pasear, la gente no alcanzaba a verse el rostro, solo había siluetas sin nombre cuya identidad se confundía en una masa de la que resultaba difícil escapar.
El señor Jiwert, una vez cumplida su misión, fue premiado con un dorado retiro. Le enviaron a un país donde aún había luz y el sol aún permitía alumbrar revoluciones. Se dice que él eligió el destino y que el deseo le fue concedido, pero hay quien dice que fue enviado allí por Mar-Ia-Ning como embajador, con el fin de comenzar el zapado, minado y destrucción de los países del entorno.

Como la ambición de Jiwert no conocía límites y su osadía era comparable a su propia ignorancia, hizo sus maletas y las llenó de una Nada mortífera capaz de acabar con cualquier brillo. Persiguiendo su sueño de convertirse en el hombre que apagó la luz del universo, se instaló a cuerpo de rey en su retiro, empeñado en provocar la implosión final que acabase con la luz del pensamiento.

Lo que no sabía aquel embajador de las tinieblas es que, mientras él dormía arropado por una manta negra, la noche había empezado a deshacerse y en el horizonte se anunciaba el regreso de un sol que parecía habernos abandonado, pero en realidad sólo había ido a dar una vuelta. Ahora regresaba para acabar con una noche que amenazó con ser eterna, pero que ya había empezado a disolverse.

La gente se asomaba a las ventanas y clamaba mirando al horizonte: “Amanece, que no es poco”.


(*) Pepe Viyuela, actor, firmó este artículo en Cuartopoder. / Ilustración: Daniel Miñana 

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